Después de la boda

Capítulo 20 — La tormenta perfecta

El artículo anónimo fue como arrojar un guisante en el cristal tranquilo de su reputación. Las grietas no hicieron ruido, pero se propagaron silenciosas, irreparables. En la LinkedIn de Adrián, el silencio era un grito. Algunos contactos de segundo orden desaparecieron de su red. Dos socios menores pospusieron sine die proyectos en común. La junta de su empresa emitió un comunicado de apoyo tibio, burocrático, que sonó a sentencia de muerte corporativa. La mancha de la sospecha, esa que no se limpia con dinero ni abogados, había impregnado el tejido de su prestigio.

Para Lucas y Elena, los días siguientes fueron de vigilancia paranoica, casi militar. Esperaban un ataque frontal. Cambiaron rutinas, Lucas inspeccionaba el coche en busca de dispositivos o sabotaje, Sofía llegaba a horas impredecibles. La tensión era un zumbido de alta frecuencia en los huesos.

Pero la represalia de Adrián no llegó con puños ni con demandas espectaculares. Llegó con la precisión silenciosa de un estrangulador financiero. Atacó los cimientos de su supervivencia.

Primero fue la llamada del estudio de arquitectura donde Lucas trabajaba.
—Lucas, lo siento, colega —la voz de su jefe, Jaime, sonaba apagada, culpable—. Hay que prescindir de tu colaboración. Una reorientación estratégica. Te mandaremos lo estipulado.
—¿Una reorientación? —Lucas sintió que el suelo del apartamento cedía unos centímetros—. Soy el único que conoce los planos estructurales del Teatro Abandonado. El proyecto se para sin mí.
—La orden viene de muy arriba —musitó Jaime, y la línea se cortó.

«Muy arriba.» Adrián. Había usado sus inversiones, sus consejos de administración, su red de favores debidos para cercenar sus ingresos. Un movimiento de manual: aislar económicamente al protector. Sin salario, Lucas pasaba de ser un baluarte a una carga potencial.

Esa misma tarde, el dueño del apartamento 3B, un hombre de mirada esquiva y manos sudorosas llamó a la puerta.
—Se vende el piso. Desalojan en un mes. Aquí el preaviso.
—Tenemos contrato por medio año más —argumentó Lucas, la rabia haciéndole temblar las manos.
—Cláusula 7b: «Rescisión por venta inmobiliaria» —señaló el hombre una línea de letra casi ilegible—. Todo legal. Adiós.

Adrián estaba cortando los cables, uno a uno. Sin trabajo, sin techo, sin estabilidad demostrable, la capacidad de Lucas para proteger a Elena se evaporaba como humo. Era una estrategia de asedio: no un asalto, sino un lento estrangulamiento por hambre y frío.

Al enterarse, Elena no se desmoronó. Su rostro adoptó una dureza de piedra, sus ojos brillaron con una luz fría, calculadora.
—Es su juego —dijo, cada palabra un clavo—. Quiere que entremos en pánico, que tomemos una decisión desesperada. No lo haremos.
—Pero no podemos quedarnos —susurró Sofía, mirando las paredes como si ya fueran a derrumbarse—. Y Lucas… necesita algo.
—Tengo ahorros —dijo Lucas, aunque sabía que eran el equivalente a dos meses de oxígeno en la bestia ciudad—. Aguanta un tiempo. Encontraré cualquier cosa.

Pero la tormenta perfecta —ese huracán de desgracia orquestado— apenas arrancaba.

Al día siguiente llegó una citación oficial, con papel membretado de un nuevo bufete, más agresivo, más caro. Adrián, habiendo despedido a Márquez («demasiado blando»), presentaba una demanda urgente de custodia exclusiva del nonato. Alegaba un «cambio radical de circunstancias»: la inestabilidad laboral y residencial del entorno materno, y la «influencia perniciosa y ahora desempleada de Lucas Rojas».

Era diabólico. Y perfecto.
Utilizaba el caos que él mismo había creado como arma legal contra ellos. Saboteaba su realidad y luego señalaba los escombros como prueba de su ineptitud.

En su despacho, el señor Vallejo parecía haber absorbido el peso de todo un sistema corrupto.
—Es una jugada de alto riesgo… para nosotros —admitió, sus ojos cansados—. Un juez de menores puede ver con muy malos ojos que la madre gestante esté en un entorno precario, aunque esa precariedad sea fabricada por el padre. Tenemos que demostrar el nexo causal. Que él está detrás del despido y del desalojo.
—¿Cómo? —preguntó Elena, su voz un hilo tensado al máximo.
—Con pruebas. Un correo electrónico, una grabación, un testigo que conecte a Adrián con el dueño o con el jefe de Lucas.
Era una misión casi imposible. Adrián operaba a través de capas de intermediarios, sociedades pantalla y abogados que dejaban un rastro de legalidad impecable, no de delito.

Esa noche, en el apartamento con los días contados, el ambiente era de derrota tangible, un sabor a polvo y a futuro robado. Hasta que Sofía, revisando compulsivamente su teléfono, soltó un jadeo.
—¡Miren!

En la pantalla, un mensaje directo de Instagram, de una cuenta recién creada, sin fotos.

«Soy Camila Ríos. La de México. Vi el artículo. Él también. Está furioso. Y yo estoy harta de vivir escondida. Si aún quieren mi testimonio, lo daré. Con nombre y apellido. Y tengo algo más: un correo. De su asistente personal, ofreciéndome un «finiquito mejorado» a cambio de firmar un nuevo NDA más restrictivo. Tiene el logo de Soler & Asociados. Es prueba de que soborna para silenciar. ¿La quieren?»

Era el milagro, llegando por DM. No solo su testimonio de violencia física, sino una prueba documental de su método de encubrimiento y coerción. Lucas respondió en segundos, coordinando una videollamada encriptada con ella y Vallejo para el día siguiente.




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