El parto no ocurrió en un quirófano de acero, sino en la penumbra cálida y densa de un piso alquilado a toda prisa. Olía a pintura nueva, a incienso de lavanda y a esfuerzo humano. Afuera, la madrugada era un manto de silencio helado. Dentro, el universo se había reducido a una sola habitación: una mujer navegando un mar de dolor primigenio, y un círculo de manos que era su único ancla.
Lucas, de rodillas junto a la cama, sostenía la mano de Elena como si de ella dependiera su propio equilibrio. Cada contracción la arqueaba, sacando de su garganta un sonido gutural, animal, puro. Él apretaba sus dedos y le susurraba palabras rotas, un mantra de ánimos y promesas imposibles. Sofía, al otro lado, le enjugaba la frente con un paño. Maribel, la comadrona, era un pilar de calma operativa, midiendo, guiando, sosteniendo el espacio.
—Así es, Elena. Perfecto —murmuraba, su voz un rumor de tierra firme—. Tu bebé está haciendo su camino. Ya casi está.
Entre oleadas, Elena jadeaba, sus ojos vidriosos de esfuerzo y miedo buscaban los de Lucas.
—La audiencia… —logró articular—. Es hoy…
—Olvídalo —ordenó él, secándole el sudor salado—. Solo existe esto. Solo tú. Solo él.
Pero no podía. En un juzgado de menores, a pocos kilómetros, su futuro y el de ese niño que forcejeaba por nacer se jugaban en ese mismo instante. Vallejo estaría allí, solo ante el sistema, con las pruebas de Camila como escudo. Adrián también, impoluto e impasible, intentando arrancar una custodia sobre un ser que ni siquiera había visto la luz.
Otra contracción. Más larga, más profunda, una montaña que subir a pulmón vacío. Elena gritó, un grito que venía de las entrañas de la tierra. Lucas sintió que los huesos de su mano podían triturarse bajo la presión de la suya, y deseó que así fuera, si eso aliviaba su dolor.
—¡Ya asoma la coronilla! —anunció Maribel, y en su voz serena hubo un destello de emoción pura—. Un último empujón, Elena. Con toda tu alma. Por tu hijo.
Elena reunió los fragmentos de su fuerza. Su cuerpo, martirizado por meses de terror y asedio, encontró una reserva ancestral, salvaje, invencible. Con un grito que era a la vez queja y victoria, que rasgó el aire y la fatiga, empujó.
Y entonces, sucedió.
Un llanto nuevo, agudo, impertinente. Un sonido cargado de una furia vital tan potente que barrió de un soplo toda la tensión acumulada en la habitación.
Maribel levantó un cuerpecito rojo y tembloroso, lo aspiró con suavidad experta y lo depositó, suave como una pluma, sobre el pecho desnudo y sudoroso de Elena.
—Es un niño —dijo, sonriendo con los ojos brillantes—. Un niño fuerte. Muy fuerte.
Mateo.
Ahí estaba. Con el cabello oscuro, empapado, pegado al cráneo, los puños apretados como si ya agarrara el mundo, anunciando su llegada con una tozudez que parecía decir: «Aquí estoy. Tratad de ignorarme ahora».
Elena lo miró y todas las lágrimas que había congelado durante meses se derritieron en un torrente silencioso. Lo acunó contra su piel, sus dedos tremulosos, reverentes, recorriendo la curve de su mejilla, su nariz diminuta, el arco perfecto de sus párpados cerrados.
—Hola, cielo —susurró, su voz rota y completa a la vez, un susurro de posesión y de rendición total—. Hola, mi Mateo.
Lucas observaba, un nudo de emociones tan feroz que le cerraba la garganta. Su corazón latía al unísono con aquel pequeño pecho que se alzaba y caía, aferrado al de Elena. Todo el dolor, toda la lucha, toda la espera infinita encontraban su sentido absoluto, su justificación última, en ese instante.
Sofía lloraba abiertamente, sin pudor, tomando fotos discretas con el teléfono. Maribel limpiaba y pesaba al bebé con una delicadeza que era un arte. Tras el primer berrido de protesta, Mateo se calmó, buscando instintivamente el calor, el olor, el latido familiar de su madre.
La paz fue un paréntesis dorado, denso y quieto. Duró cuarenta minutos.
Luego, vibró el teléfono de Lucas. Era Vallejo.
—¿Ha nacido? —preguntó, sin saludo, su voz tensa, en el filo de la batalla.
—Sí. Niño. Están bien.
—Bien. Escucha. La audiencia está a punto de empezar. Voy a presentar todo y a pedir suspensión por nacimiento. Pero necesito algo más. Algo irrefutable.
—Dime.
—Una foto. De ella con el bebé. Ahora mismo. Será la prueba A-1. La prueba de que hay una madre, un hijo y un vínculo que ningún expediente, por grueso que sea, puede romper.
Lucas miró a Elena, exhausta, pálida, bañada en una luz sudorosa y triunfal, con Mateo dormido, confiado, sobre su corazón. Se lo explicó con miradas. Ella asintió, con una sonrisa cansada, pero de una claridad absoluta. Sofía tomó la foto: Elena, con el rostro marcado por el esfuerzo y la emoción, los ojos llenos de un amor feroz, protector, definitivo, sosteniendo a su hijo envuelto en una manta de algodón. Perfecta. Irrefutable. La verdad más simple y poderosa.
Lucas la envió. Luego puso el teléfono en altavoz, y el sonido del juzgado invadió la habitación del parto.
En silencio, escucharon la batalla paralela. Voces apagadas: el juez, formal, distante; Vallejo, nítido, incisivo, desgranando el correo de Camila, su declaración, el patrón de coerción y silencio. Luego, la voz de Adrián, fría, lógica, despreciativa, desechándolo todo como «ficción vindicativa».