Después de la boda

Capítulo 22: Epílogo — el amor en los tiempos de la paz armada

Dos años después.

La lluvia fina de primavera dibujaba carreras serpenteantes en el ventanal del café. No era el local viejo de la universidad, ni uno de esos lugares caros y silenciosos a los que Adrián solía llevarla. Era un café de barrio, cerca del parvulario, con sillas de plástico de colores y dibujos infantiles pegados con imanes en la nevera. Ruidoso. Desordenado. Vivo.

Elena estaba sentada en la mesa del rincón. Esta vez no esperaba a nadie. Tenía a Mateo en el regazo, intentando atrapar con sus manos regordetas las gotas que resbalaban por el cristal. El niño había heredado el pelo castaño oscuro y rebelde de ella, pero sus ojos grises —serios, atentos— eran un reflejo innegable de los de Adrián. Cada vez que los veía, a Elena se le encogía el pecho por un instante. No por miedo, sino por una mezcla compleja, ya domesticada, de duelo y de un amor tan feroz que borraba cualquier rastro de rencor.

La puerta sonó con un tintineo barato.

Lucas entró sacudiéndose la lluvia de los hombros de su chaqueta de trabajo, gastada en los codos. Llevaba bajo el brazo una carpeta de planos manchada de tiza y, en la otra mano, un cohete de plástico color naranja fosforito. Su rostro, marcado por años de tensión y noches cortas, se iluminó al verlos, una transformación que aún le quitaba el aire a Elena.

—¡Mi piloto espacial de guardia!

Mateo lanzó un chillido de alegría pura, abandonando el espectáculo de la lluvia por el nuevo tesoro.
—¡Tito Lu!¡Cohete! —balbuceó, estirando los brazos.

Lucas le despeinó el pelo con una caricia rápida y se sentó, dejando la carpeta a un lado. Elena le deslizó la taza de café —negro, sin azúcar— que ya había pedido para él. Un ritual intacto.

—Primero lo importante —dijo Elena, su voz baja pero firme, pasando una mano protectora por el cabello de Mateo—. ¿Cómo fue la visita en el centro cívico hoy?
Lucas suspiró, bebiendo un sorbo largo como si intentara arrastrar consigo la tensión de la mañana.
—Tensa. Protocolaria. Como siempre —dijo, y su mirada se perdió por un instante en la lluvia del ventanal—. Impecable, por su parte. Traje, corbata, sonrisa de catálogo. Saludó a Mateo como si estuviera recibiendo a un pequeño socio en la junta. El supervisor del juzgado no le quitó ojo de encima ni un segundo.

Las visitas supervisadas eran ahora el único frente activo. Una vez al mes, en una habitación acristalada de un centro cívico. Adrián nunca faltaba. Puntual. Educado. Distante como un glaciar. Jugaba con Mateo con juguetes de diseño escandinavo, le hablaba de constelaciones y estructuras tensadas a un niño de dos años, y al final, siempre, dejaba un sobre cerrado con dinero extra para Elena. Por encima de la pensión legal.

Una forma elegante, impersonal, de recordar que su poder —económico, al menos— seguía ahí, pulsando en la periferia de sus vidas.

—¿Y Mateo? —preguntó Elena, su voz suave, pero con un filo de preocupación maternal.
—Bien. Se concentró en un puzle de animales. Parecía… interesado, no asustado. Pero cuando el supervisor dijo «se acabó el tiempo», vino directo a mí. Se agarró a mi pierna. Sin mirar atrás.

Lucas dijo esto último con una sonrisa apenas esbozada, un destello de triunfo silencioso que valía más que cualquier sentencia.

Elena asintió, el gesto de alguien que ha aprendido a medir las victorias en centímetros. La guerra legal seguía, lenta, burocrática, un agujero negro que consumía horas y facturas del señor Vallejo. Pero la sentencia era firme: custodia compartida muy desequilibrada a su favor, visitas supervisadas para él. Era el máximo territorio que podían defender y mantener. Adrián no se rendiría jamás, pero la ley, por ahora, era un muro que los sostenía.

Hubo un silencio. Un momento para dejar que el peso de ese tema se asentara, para que el calor del café y la presencia del niño lo amortiguaran. Luego, Elena señaló con la barbilla la carpeta manchada de tiza, cambiando deliberadamente el aire de la conversación.
—¿Y la entrega de los planos? —preguntó, con una sonrisa ligera que invitaba a un territorio más seguro—. ¿Todo bien por ese frente?
—Sí, eso fue fácil —dijo Lucas, y un poco de la luz habitual volvió a sus ojos, esta vez teñida de orgullo profesional—. Firman el contrato definitivo la semana que viene. El proyecto de los lavaderos sale adelante.

La vida, entretanto, terco y magnífico, había seguido.

Elena trabajaba media jornada desde casa para una galería pequeña y valiente que valoraba su ojo clínico, no su apellido. Lucas, tras una temporada de trabajos precarios, había logrado levantar, ladrillo a ladrillo, un estudio modesto de arquitectura social. No ganaban mucho, pero era suyo. Cada proyecto era una pequeña redención. Vivían en un piso pequeño, soleado, lleno hasta el techo de libros, juguetes de madera, plantas que a veces sobrevivían y una luz cálida y desordenada que jamás había existido en la casa de cristal de la colina.

No eran una familia convencional.
Tampoco una pareja.
El trauma compartido y el amor extraño, profundo y no romántico que los unía, había creado algo distinto: un clan. Una trinchera elegantemente amueblada. Lucas era el padrino, el protector, el amigo que se había quedado a vivir en el corazón de la fortaleza. Para Mateo, era simplemente «Tito Lu», una presencia tan fundamental y natural como la gravedad.

Mateo, agotado por la emoción del cohete y la lluvia, empezó a frotarse los ojos con los puños, su cabecita cayendo pesadamente contra el pecho de Elena.




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