—Fue bueno haber venido, Aly —susurró con cariño.
El sonido y las luces de los fuegos artificiales irrumpieron en el cielo, iluminando todo a nuestro alrededor. Sin querer, mis ojos buscaron su rostro. Él observaba el espectáculo con una sonrisa tranquila, ajeno a las voces de mis amigos que se mezclaban con el ruido, como si el mundo se hubiera reducido a ese instante suspendido entre colores y estruendos.
Al verlo así, sonreí también.
El frío de la noche se colaba entre la ropa y me froté los brazos con disimulo. Él lo notó y, sin decir nada, se quitó la chaqueta para colocarla sobre mis hombros con un gesto natural, casi automático. No protesté. Hacía años que había aprendido a aceptar esos pequeños cuidados sin cuestionarlos, aunque siempre me dejaran una sensación extraña en el pecho.
—Siempre hacías eso —murmuré.
—¿El qué?
—Cuidarme —respondí, sin mirarlo.
Él soltó una risa baja, breve.
—Alguien tiene que hacerlo.
No dije nada. A veces, el silencio entre nosotros decía más de lo que cualquiera de los dos se atrevía a pronunciar. A nuestro alrededor, las risas, los abrazos y los brindis se sucedían con entusiasmo. Personas prometiéndose cosas para un año que apenas comenzaba, parejas sellando el cambio de calendario con besos largos, deseos lanzados al aire con la ingenua esperanza de que el universo escuchara.
Nosotros no pedimos nada.
Nos quedamos ahí, compartiendo el momento como siempre lo habíamos hecho: sin promesas, sin etiquetas, sin explicaciones. Solo nosotros, como si el tiempo no hubiera pasado o como si, de alguna forma, nunca hubiera terminado de avanzar entre nosotros.
—¿En qué piensas? —preguntó de pronto, girando el rostro hacia mí.
Dudé un segundo ante de responder.
—En lo rápido que pasa todo —dije al final—. En cómo, sin darte cuenta, un año se convierte en un recuerdo.
Asintió lentamente.
—Sí… —susurró—. Y algunos recuerdos se quedan más tiempo que otros.
Nuestros ojos se encontraron apenas un instante. Lo suficiente para entender que ambos pensábamos en lo mismo, aunque ninguno lo diría en voz alta. Desvié la mirada antes de que el peso de ese entendimiento se volviera demasiado.
Fue entonces cuando ocurrió.
Sin darme cuenta, regresé a ese último año de secundaria. Al día en que lo conocí. Al momento exacto en que empezamos a ser amigos.
Y el presente, con sus luces y su ruido, se desdibujó.