Después de nosotros

CAPITULO 1 - La secundaria

CUANDO NOS CONOCIMOS

—Puede pasar, señorita.

La voz de la seguridad me sacó de mi ensoñación. Sonreí con cortesía y crucé la entrada del colegio, dirigiéndome al salón de clases. Mientras subía las escaleras, miré por la ventana aún oscura y pensé lo mismo de siempre, ¿quién llega a un colegio a las cinco de la mañana cuando las clases empiezan a las siete?

Mis padres.

Vivíamos después del Puente de las Américas y mi colegio quedaba en la ciudad. Ya estaba inscrita cuando decidieron mudarse al lado oeste de Panamá, así que no hubo mucho que discutir. Aun así, me gustaba ese colegio. No me veía en otro lugar.

El salón estaba completamente oscuro. El cielo también. Apenas podía distinguir las formas, excepto por una silueta sentada en uno de los pupitres. Me detuve un segundo ante de encender la luz, sobresaltada.

Era un compañero.

Llevaba audífonos grandes, un abrigo gris y dormía recostado sobre su pupitre. Al encender la luz levantó la cabeza lentamente, primero mirando al frente y luego hacia mí, con los ojos entrecerrados y el rostro cansado.

—Lo siento —murmuré, apagando la luz de inmediato.

No dijo nada. Volvió a recostarse como si nada hubiera pasado. Yo caminé hasta mi puesto, cerca de la puerta, y me senté en silencio, imitando su postura.

Así comenzaron nuestras mañanas.

Durante los primeros meses de clases seguí encontrándome con él. No hablábamos más allá de saludos cordiales, pero ya sabía su nombre, Raúl. En clases y en el recreo se movía entre distintos grupos de amigos, muchos de ellos también compañeros míos. Era amable, divertido, siempre rodeado de gente. Aun así, nunca habíamos interactuado realmente.

Hasta ese día.

Fue un miércoles de junio. Lo recuerdo con claridad porque esa mañana algo en él era distinto. Tenía los ojos rojos y la mirada apagada. Lo noté enseguida. Sin pensarlo demasiado, me acerqué, me senté frente a él y le pregunté qué le pasaba.

No sé si fue confianza o necesidad, pero me lo contó.

Había terminado una relación de una manera que no le desearía a nadie. Solo conocí su versión, y aun así le creí. No habló de ella con enojo ni con desprecio. Su voz era baja, suave, casi susurrante, pero el dolor era evidente. Escucharlo así me hizo verlo de otra forma. Detrás del chico divertido había alguien sensible, reservado, cuidadoso con lo que sentía.

Por primera vez, quise abrazarlo.

Desde ese momento empezamos a hablar solo en esos instantes tempranos, cuando el colegio aún estaba medio dormido. Él mostraba esa parte de sí que casi nadie veía, y yo simplemente seguía siendo yo. Con el paso de los días comenzamos a competir por quién llegaba primero al salón. Sin darnos cuenta, nuestra amistad se fue fortaleciendo.

Creíamos que nadie lo notaba.

Con el tiempo también empecé a abrirme. Le conté sobre la primera persona que me había rechazado y cómo, aun después de hacerlo, seguía confundiéndome con sus acciones. Raúl se molestó al saber que ese chico era amigo suyo. No por mí solamente, sino porque entendía lo que estaba pasando. A partir de ahí, su relación con él empezó a cambiar.

El día que la profesora de español nos asignó un trabajo en grupo fue cuando nuestra cercanía se hizo evidente. En ese entonces todos hablaban con todos, así que no parecía algo fuera de lo normal. Al menos para mí.

Pero para los demás sí lo era.

Ese día yo estaba en mi puesto y Raúl se sentó en el pupitre de al lado, tan cerca que nuestras conversaciones se volvían inevitables. Hablábamos de cosas simples, cotidianas, cuando de pronto se escuchó la voz de alguien, en tono de broma, pero no del todo:

—Hey, Raúl, deja a la pela. Si tú tienes novia. Siempre estás con ella. Le diré a Rebeca.

Las risas no tardaron en aparecer. Sentí cómo el ambiente cambiaba. La expresión de Raúl se volvió seria de inmediato. Lo supe. Nadie sabía que había terminado con su novia meses atrás, y él era de los que mantenían su vida privada lejos de los demás.

Lo miré y susurré su nombre:

—Raúl.

Él me miró y, tras un segundo, sonrió apenas antes de responder:

—¿Estás celoso Luis?

El chico no dijo nada más. Solo bufó y se alejó. En mí quedó una molestia difícil de explicar. ¿Cómo se atrevía a incomodarse, cuando había sido él quien me rechazó?

Yo no lo sabía entonces, pero ese fue uno de los primeros momentos en que otros comenzaron a ver algo que nosotros aún no entendíamos.




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