Después de nosotros

CAPITULO 2 - La pelea

Los meses pasaban y nuestra cercanía era cada vez mayor. Pasábamos demasiado tiempo juntos y, lejos de molestarme, se había vuelto algo cotidiano. Tan normal que nunca me cuestioné nada. Nuestras conversaciones eran sanas; risas, bromas, silencios cómodos. Nada que pudiera malinterpretarse… al menos para mí.

Éramos un chico de diecisiete años y una chica de dieciocho. Nunca hubo algo que pudiera considerarse fuera de lugar. Aun así, era nuestro último año de colegio y las hormonas estaban a flor de piel. Los chicos actuaban como si el mundo fuera suyo; las chicas, como si quisieran conquistar todo lo que se moviera. En medio de todo eso, había una que nunca supe por qué no me soportaba. Ese día lo dejó claro.

Uno de los profesores nos pidió decorar un estand por salón para el evento de los países. Al inicio estuvo con nosotros, pero luego tuvo que irse y me dejó a cargo de que todo se hiciera tal como lo había indicado. El tiempo era limitado y las instrucciones habían sido claras.

Jannette, una de las chicas más conocidas del salón, quiso hacer cambios que no tenían nada que ver con la temática asignada. Me negué.

No por capricho.
Por responsabilidad.

—Tú no mandas aquí, Alaia —dijo, manoteando el aire.

Algunos chicos levantaron la mirada hacia nosotras. Respiré profundo. Sabía que no podía permitir que la situación se saliera de control, especialmente por mi condición.

—No es que yo mande —respondí, cruzándome de brazos—. Estoy a cargo porque así lo indicó el profesor, y él fue muy claro en que no se cambiara la temática por falta de tiempo.

Su rostro se enrojeció.

—Además —añadí sin pensar demasiado—, lo que quieres agregar es vulgar y no va con lo que nos tocó.

Eso fue suficiente.

Los gritos comenzaron y yo no me quedé callada. Le grité de vuelta. Las cosas que me dijo me hicieron hervir la sangre. Quise golpearla. Lo iba a hacer.

Raúl se interpuso entre nosotras.

Eso solo empeoró mi enojo.

—¡Cálmate, Alaia! —dijo, alzando la voz.

No era un grito, pero así lo sentí. Nunca me había hablado de esa manera.

—¿Que me calme? —le grité—. ¿Que me calme por esa imbécil? ¡Quítate y así le callo de una vez! ¿Crees que le tengo miedo?

Hice el amague con las manos. Sentí miradas de otros salones asomándose por las puertas.

—¡Te dije que te calmes! —esta vez sí gritó.

—¡No me grites! —respondí, furiosa—. ¿Quién te crees que eres?
Lo miré, dolida, aunque en ese momento no quería admitirlo.
—¿Por qué la defiendes a ella?

Eso fue lo que más me dolió.

No esperé respuesta. Me di la vuelta y salí del salón. Sentía que iba a llorar del enojo. La garganta seca, la cabeza caliente. Necesitaba agua. Crucé el pasillo hacia la fuente, aunque sabía que estaba lejos.

Escuché pasos detrás de mí.

—Alaia —dijo, ya sin alzar la voz.

Lo ignoré. Aceleré el paso. No quería que me siguiera… aunque, en el fondo, me tranquilizaba saber que lo hacía.

—Espera —intentó tomarme del brazo.

Me solté bruscamente y seguí caminando. Llegué a la fuente y bebí toda el agua que pude, sin mirarlo, sabiendo que estaba a mi lado. Cuando terminé, intenté irme, pero esta vez me sujetó con suavidad.

—Alaia, hablemos —su voz era baja, tranquila—. No quiero seguir discutiendo.

Suspiré. Me giré. Quité su mano y me crucé de brazos.

—Hablemos —dije aún molesta—. ¿Qué quieres decir?

—No quería gritarte. Perdóname —dijo despacio—. Cuando vi que ibas a pegarle, lo único que pensé fue en detenerte.

Casi me reí. Me sentía como un perro a punto de atacar.

—Entiendo eso —respondí—. Lo que no entiendo es por qué te pusiste de su lado.
Lo miré de frente.
—¿Estaba yo mal cuando fue ella quien empezó?

Aparté la mirada. Él guardó silencio unos segundos.

—No la estaba defendiendo a ella —dijo al fin—. Ni siquiera la miré. Te estaba mirando a ti, con el puño levantado —respiró hondo—.
—Sabes que estás condicional. Si te llevaban a la dirección, podían expulsarte.

Su voz tenía preocupación real.

—Me importa un carajo Jannette —continuó—. Yo también quise empujarla cuando se te acercó así, pero no lo hice. Cuando reaccionaste, no escuchabas nada. Solo la veías a ella. Tenía que actuar.

Me miró con seriedad.

—No quiero pelear contigo por culpa de ella. No me gusta que me ignores. Volvamos a estar bien, ¿sí?

Con cuidado, apartó un mechón de mi cabello detrás de la oreja. Entonces lo entendí. No estaba preocupado por ella. Estaba preocupado por mí.

Asentí.

Se acercó, me besó la frente y me abrazó. Yo le devolví el abrazo.

Entonces se escucharon aplausos y vitoreos. Al girarnos, varios estudiantes de otros salones nos miraban desde el pasillo.

—¡Que vivan los novios! —gritó alguien.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.