Faltaba una o dos semanas para la fiesta de graduación cuando una amiga me invitó a su casa para pasar la tarde. Éramos varios del salón. Entre ellos estaban Jannette y Luis. Me sorprendió verla allí, pero decidí no darle importancia.
El tiempo pasó entre conversaciones triviales y risas forzadas, hasta que empecé a sentirme incómoda. Tan incómoda que, sin saber exactamente cuándo, terminé encerrada en el cuarto de Antonia con el celular en la mano y un nudo en la garganta.
Le escribí a Raúl.
—¿Estás?
Su respuesta fue inmediata.
—Estoy.
El emoticón de ojitos mirando me sacó una sonrisa.
—¿Qué estás haciendo?
—Preparándome para salir con mi mamá y mis hermanos a ver a mi abuelo.
Iba seguir escribiendo cuando llegó otro mensaje.
—¿Por qué?
—Por nada. Solo quería saber.
—Mmm… ¿dónde estás?
—Donde Antonia, pasando un rato.
—¿Te estás aburriendo?
Suspiré. Una parte de mí quería decirle que viniera. La otra sabía que no tenía por qué hacerlo.
—Un poco, pero todo está bien.
—Vale. Estoy ahí en cinco minutos.
Me quedé mirando la pantalla.
—¿Vas a venir?
—Sí. Espérame.
La palabra desconectado apareció debajo de su nombre. Eso fue suficiente para saber que hablaba en serio.
Antonia entró al cuarto poco después. Me miró con preocupación.
—¿Te sientes mal? Yo invité a Karen, pero no sabía que vendría Jannette. Lo siento. Sé que las cosas están tensas desde la pelea.
—No te preocupes —respondí—. Raúl también viene.
—¿Raúl viene?
Asentí. Ella sonrió, entre divertida y sorprendida.
—Está bien.
Exactamente cinco minutos después, Raúl llegó en un taxi. La sorpresa fue general. Yo, en cambio, me sentí segura al instante. Saludó a todos y vino directo hacia mí. Fue suficiente para que el día cambiara.
—¿Estás bien? —preguntó con preocupación, sentándose a mi lado en el sillón del patio. Los demás estaban dentro.
—Ahora sí —sonreí a medias—. Estaba incómoda.
—Lo supe cuando escribiste “por nada”.
Su risa fue baja.
—¿Cómo es eso? —lo miré, sorprendida.
—Te conozco bacalao…
—Aunque andes disfrazado —completé, riéndome.
—Cuando dices “por nada” o “nada”, siempre hay algo. Por eso vine. Iba de camino a la casa de mi abuelo.
—Pero dijiste que te estabas preparando para salir —respondí, acomodándome en el sillón para mirarlo de frente.
—Si te decía que ya iba en camino. Hubieras escrito “qué bueno, que te vaya bien” y ya.
Imitó mi voz. Negué con la cabeza, riéndome.
Antonia apareció y habló un rato con nosotros antes de volver a atender a los demás. Ser anfitriona debía ser agotador.
Cuando llegó la tarde, el hambre empezó a sentirse. Me ofrecí a cocinar y Raúl me acompañó. Entre risas y conversaciones simples, preparamos la comida. Por un rato olvidé que había más gente en la casa.
Cuando llegó el momento de irnos, decidimos caminar juntos hasta la parada de autobús. Tal vez para alargar un poco más la tarde.
El celular de Raúl sonó.
—Dígame, mamá.
Su voz era tranquila, cariñosa. Escuchaba mientras caminábamos.
—Sí, llegué bien… se me olvidó escribirle. Sí, ella está bien. No, ya comí acá. No se preocupe.
Sentí que invadía su espacio y le indiqué con un gesto que siguiera caminando. Miré alrededor hasta que colgó.
—¿Cómo está tu mamá? —pregunté.
—Bien. Parece que se quedarán hasta mañana donde mi abuelo. Yo decidí regresar a la casa.
En la parada seguimos hablando de cosas simples, riéndonos como siempre. Cuando llegó el momento de despedirnos, lo convencí de bajarse en la parada de su barriada. Podía tomar el otro bus con calma.
Había hecho mucho por mí ese día.
Así, lo que comenzó siendo una tarde incómoda terminó convirtiéndose en algo tranquilo, familiar.