Después de nosotros

CAPITULO 5 - La llamada

Había llegado Navidad apenas una semana después de la graduación. Mi primo se había quedado en casa para pasar las fiestas con nosotros. Estábamos los dos en el cuarto, acostados sobre la cama, viendo videos sin mucho propósito, simplemente dejando que el tiempo pasara. Más tarde ayudé a mi madre con la cena. Con mi primo las conversaciones podían pasar de lo trivial a lo profundo en cuestión de segundos, y la comodidad entre nosotros era tan natural que incluso el silencio resultaba agradable.

Raúl me escribía todos los días. Hablábamos durante horas hasta despedirnos para dormir, pero esa Nochebuena algo cambió después de desearnos feliz Navidad.

Cerca de las tres de la madrugada comenzaron a llegarme sus mensajes, escritos de forma torpe, con errores evidentes, como si no pudiera coordinar bien las palabras. Yo seguía despierta, hablando con mi primo y jugando con el celular, cuando unos veinte minutos después de su último mensaje recibí una llamada.

—¡Hola, Raúl! —contesté sonriendo. Al fondo se escuchaba música a todo volumen—. ¿Cómo vas?

—Alaia… —su voz sonaba arrastrada— ¡Feliz Navidad! ¿Ya te lo había deseado?

Reí. Era evidente que estaba borracho.

—Sí. ¿Estás borracho, Raúl?

—No, no lo estoy —respondió lentamente, contradiciéndose solo—. ¿Qué estás haciendo que sigues despierta a esta hora?

—Viendo videos con mi primo —miré al aludido—. Se va a quedar estas fiestas con nosotros.

Puse la llamada en altavoz.

—Hola —dijo mi primo con amabilidad—. Soy el primo de Alaia.

—Hola… yo soy Raúl —hubo un suspiro antes de que continuara—. Amigo de Alaia.

—Lo sé —respondió mi primo entre risas.

—¿Y entonces? —bromeé—. ¿A qué se debe tu llamada? ¿Me extrañas?

—Sí…

Su respuesta fue distinta. Demasiado directa. Mi corazón dio un salto sin saber por qué.

—Alaia…

—Dime —respondí, ya seria. Miré a mi primo, que también había dejado de sonreír. Ambos sentimos el cambio en el ambiente.

—Yo sé que todavía puede que te guste Luis… —hizo una pausa—. No sé cómo decirlo… la verdad es que tú…

Me llevé la mano a la boca. No había terminado la frase, pero ya intuía lo que iba a decir. Tomé el teléfono con mi corazón demasiado acelerado y quité el altavoz mientras miraba a mi primo.

—Alaia… —mi nombre sonó tembloroso, como si contuviera el llanto—. Alaia… tú me gus…

La frase se cortó de golpe.

—¿Qué estás hablando, Raúl? Deja de decir borracheras.

La llamada se terminó.

Me quedé inmóvil, con la mano aun cubriéndome la boca sintiendo un vacío en el estómago. Reconocí de inmediato la voz que había intervenido. Era la de Luis.

—¿Qué pasó? —preguntó mi primo, apartándome suavemente la mano del rostro, observando cada una de mis reacciones.

—No puede ser… —dijo—. ¿Se confesó?

—No… sí… no lo sé —respondí, nerviosa—. No terminó de decirlo.

—¿Se confesó o no? —insistió, desesperado.

—No lo sé, Ismael. Sonó a una confesión, pero fue interrumpido.

—Dios mío… ¿y qué vas a hacer?

—Nada.

—¿Cómo que nada? —me miró incrédulo—. ¿No le vas a escribir cuando despiertes?

No supe qué decir. Raúl no había terminado la frase y estaba claramente borracho. Tal vez estaba confundido. Suspire.

—Si él no me escribe sobre la llamada, yo tampoco diré nada. Si me escribe y quiere hablar del tema, entonces lo hablaré.

Ismael negó con la cabeza.

—¿Sabes que estás siendo cobarde?

Lo miré sin responder. Sabía que tenía razón. Tenía miedo. Miedo de confundir las cosas, de que no fuera real. Raúl era importante para mí y no quería arruinar lo que teníamos.

Ese día de Navidad no hablamos.
Al siguiente, todo siguió como si nada hubiera pasado.

Y yo lo dejé así.




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