Muchas cosas ocurrieron desde el inicio de ese viaje. No fue una transición limpia ni ordenada, sino una acumulación de decisiones, circunstancias y responsabilidades que llegaron sin pedir permiso.
Primero vino la elección de la carrera. Una decisión que, en teoría, debía marcar mi futuro, pero que en la práctica me encontró llena de dudas. Luego llegó la enfermedad de mi madre, y con ella una realidad que me obligó a crecer antes de tiempo. Después, la inmadurez que aún cargaba y que me hacía sentir incapaz de sostener todo lo que estaba pasando. Y, finalmente, las responsabilidades que se instalaron sobre mis hombros como consecuencia directa de lo anterior.
Aun así, fue un viaje que tuvo momentos buenos. No todo fue peso ni desgaste. Hubo personas importantes que dejaron huella, hubo risas en medio del cansancio, discusiones que enseñaron, silencios incómodos y noches de estrés acompañadas de lágrimas que no siempre supe explicar. Viví los altos y bajos de una etapa que me exigió más de lo que yo creía poder dar.
La carrera la terminé en siete años. Una carrera diseñada para completarse en cuatro. Ese dato, por sí solo, dice mucho de mis tropiezos, de las pausas obligadas y de las veces que estuve a punto de rendirme. Hubo momentos en los que pensé seriamente en abandonar, en aceptar que quizá no era capaz. Sin embargo, a pesar de todo, el apoyo no faltó. Siempre hubo alguien recordándome que podía continuar, incluso cuando yo ya no lo creía.
Con el paso del tiempo, y como suele ocurrir cuando la vida avanza, también llegaron las pérdidas. Personas importantes se fueron quedando atrás. Algunas por decisión propia, otras porque simplemente ya no había espacio para coincidir. Dolió, pero entendí que muchas de esas partidas eran necesarias. Entre ellas estuvo él.
Raúl.
Aunque ya no manteníamos contacto, conservé su número con un cuidado que nunca supe justificar del todo. Veía sus estados, fragmentos de su vida, pequeñas ventanas que me permitían saber que seguía ahí. Sin embargo, nunca me atreví a escribirle. Muchas veces me pregunté por qué. La respuesta no era sencilla. Su rumbo parecía alejarse cada vez más del mío. Lo veía perderse en fiestas, tomar decisiones que no encajaban con la imagen que yo tenía de él. En mi memoria, Raúl no era así. Pensaba que algo debió ocurrir, algún catalizador que lo empujó a ese punto.
Ambos estábamos en la universidad, cada uno cargando sus propios problemas. Si acaso, nos enviábamos un mensaje esporádico durante el año, y luego pasaban meses sin saber nada del otro. Hasta que llegó una noticia que me entristeció profundamente. Algo cambió dentro de mí en ese momento. Una sensación difícil de explicar, como si cualquier posibilidad de reencuentro se hubiera cerrado definitivamente.
No lograba entender del todo lo que sentía. Mi mente racional se resistía a procesarlo, a ponerle nombre o significado. Preferí ignorarlo, como había hecho tantas veces antes.
Y así, sin darme cuenta, pasaron trece años.