Después de nosotros

CAPITULO 8 - Año nuevo

Mi grupo y yo acordamos celebrar Año Nuevo en la casa de la única que estaba casada. Junto con ella me encargaría de la comida de ese día. El día llegó.

Comenzaron a llegar uno por uno. Mi amiga y yo, enfrascadas en la cocina, ya teníamos todo listo; estábamos bañadas y preparadas para recibir al grupo. Pronto comenzaron la música, las charlas, las risas, y todos —aunque intentaran disimularlo— estaban atentos a la llegada de Raúl.

Llegó pasadas las nueve de la noche. Yo ya lo sabía: saldría del trabajo, iría primero a la casa de su padre para ayudar a su hermana en la cocina y luego se encontraría conmigo. Al llegar lo recibí y lo llevé al patio, donde estaríamos todos conversando. Al principio el grupo se mostró un poco silencioso, pero poco a poco se fueron soltando. Seis de nosotros veníamos de la misma escuela; teníamos historia, recuerdos y una base sólida para la conversación.

Era la primera vez que Raúl estaba con mi grupo de amigos íntimos, y tenía que admitir que yo también estaba nerviosa. Habíamos acordado que, al vernos, intentaríamos ponernos al día con los años que no nos habíamos visto en persona.

Uno de ellos era mi primo, el mismo que había estado presente en aquella llamada. Él propuso que jugáramos y todos aceptamos. Eso relajó mucho el ambiente. Luego vino el intercambio de regalos, que ya estaba planeado desde hacía tiempo, y las fotos que inmortalizaban el momento.

Llegó la medianoche y los fuegos artificiales comenzaron a asomarse en el cielo oscuro, iluminándolo con destellos de colores intensos y hermosos. Las felicitaciones y los buenos deseos no se hicieron esperar. Todos salimos al frente de la casa para apreciarlos; cada uno con su pareja, mientras él se quedó a mi lado. Hablábamos entre el estruendo de la pirotecnia y el olor de la pólvora que impregnaba el aire.

—¿Qué deseo tienes para este año? —me preguntó.

Podía sentir su mirada sobre mí mientras yo mantenía la mía fija en los fuegos artificiales, sonriendo.

—Ninguno.

Se echó a reír.

—¿En serio, Alaia?

—Sip.

Giré el rostro hacia él, todavía sonriendo.

—No cambias —dijo, negando con la cabeza con una sonrisa suave.

—Bueno… la verdad sí tengo cosas que quiero hacer —admití—, pero no me aferro a ellas. Si es la voluntad de Dios que se cumplan, perfecto. Y si no, también será perfecto, porque vendrán otras cosas.

—Eso es cierto —asintió—.

—Sabes que después me frustro si me aferro demasiado a lo que quiero cumplir y no se da.

—Lo sé.

Su respuesta me sorprendió. Lo miré, y él sostuvo mi mirada por un instante antes de volverla hacia el cielo, donde los fuegos artificiales seguían surcando la noche. Por lo general duraban cerca de una hora, y no había pasado ni la mitad del tiempo. Aún quedaban luces, sonidos… y momentos por vivir.

—Fue bueno haber venido, Aly —susurró con cariño.

El sonido y las luces de los fuegos artificiales volvieron a irrumpir en el cielo, iluminándolo todo a nuestro alrededor. Aún quedaban muchos minutos de destellos y estruendos, como si el año se negara a comenzar en silencio. Sin querer, mis ojos buscaron su rostro. Él observaba el espectáculo con una sonrisa tranquila, ajeno a las voces de mis amigos que se mezclaban con el ruido, como si el mundo se hubiera reducido a ese instante suspendido entre colores y explosiones.

Al verlo así, sonreí también.

El frío de la noche comenzó a colarse entre la ropa y me froté los brazos con disimulo. Él lo notó. Sin decir nada, se quitó la chaqueta y la colocó sobre mis hombros con un gesto natural, casi automático. No protesté. Hacía años que había aprendido a aceptar esos pequeños cuidados sin cuestionarlos, aunque siempre dejaran en mi pecho una sensación difícil de nombrar.

—Siempre hacías eso —murmuré, en voz baja.

—¿El qué?

—Cuidarme —respondí, sin mirarlo.

Soltó una risa breve, apenas audible.

—Alguien tiene que hacerlo.

No dije nada. A veces, el silencio entre nosotros decía más de lo que cualquiera de los dos se atrevía a pronunciar.

Entonces llegó el momento después del último estallido de luces: el instante en que tuve que quedarme con él mientras los demás regresaban a jugar y conversar entre risas. Le había dicho que hablaríamos, y pensaba cumplirlo.

Hablamos de todo. Le resumí, como pude, los años que siguieron a la secundaria; las decisiones, los tropiezos, las pausas forzadas. Él hizo lo mismo. Me habló de cada etapa de su vida, de cuándo se enteró de que sería padre, de la separación con la madre de su hija y de cómo se sintió atravesando cada proceso. Respondió a mis preguntas con sinceridad, y yo hice lo mismo con las suyas.

Cuando el reloj marcó pasadas las tres de la madrugada, decidió que era hora de irse. Ambos estábamos agotados: yo, por la cocina y la jornada; él, por el trabajo y por haber ayudado en casa de su padre antes de venir. El cansancio, sin embargo, no borraba la calma extraña que se había instalado entre nosotros.

Mi amiga, la dueña de la casa, esperó despierta en el sillón mientras los demás se habían ido a dormir. Siempre había tenido esa conexión silenciosa conmigo, esa forma de estar sin invadir. Él se despidió de ella y, finalmente, de mí. Me envolvió en un abrazo apretado, uno que duró un poco más de lo necesario, como si ninguno quisiera ser el primero en soltar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.