—¡Despierta, dormilona! —gritó Carla desde el pasillo, golpeando la puerta con insistencia.
Dentro de la habitación, Diana apenas se movió entre las sábanas. La luz del amanecer se filtraba por la ventana, iluminando el escritorio lleno de cuadernos abiertos, hojas arrugadas y un lápiz que había quedado tirado en el suelo.
—Mmm… cinco minutos más… —murmuró con voz adormilada, abrazando la almohada.
—¡Nada de cinco minutos! —intervino Karen, entrando sin tocar—. ¡Apúrate, hermana! ¡Vamos a llegar tarde otra vez!
Diana abrió un ojo con dificultad. Su cabello estaba completamente despeinado y las ojeras bajo sus ojos delataban la verdad.
—Ya voy… —respondió con voz cargada de sueño.
Carla cruzó los brazos y negó con la cabeza.
—Por eso no deberías hacer tus tareas a última hora. Te quedaste despierta hasta casi las dos.
La palabra *tarea* fue suficiente.
Diana se incorporó de golpe.
—¡La tarea! —exclamó, mirando rápidamente hacia su escritorio.
En cuestión de segundos salió de la cama y corrió al baño. El sonido de la ducha llenó la casa mientras Carla y Karen se miraban con resignación.
Era lunes. Uniforme obligatorio. Sin excusas.
Mientras tanto, Karen caminaba de un lado a otro en la sala, revisando su reloj cada pocos segundos.
—Vamos, apúrate —dijo, claramente molesta.
A pesar de que salieron corriendo y tomaron un taxi, el tráfico de la mañana no estaba de su lado. Los semáforos parecían eternos y cada minuto que pasaba aumentaba la tensión dentro del vehículo.
Cuando finalmente llegaron frente al colegio, el portón ya estaba cerrado.
Suspiraron al ver a varios estudiantes más esperando afuera. No eran las únicas que habían llegado tarde.
Karen dejó escapar un suspiro lleno de frustración.
—Ahss… Ahora me perderé la primera clase por tu culpa —dijo, cruzándose de brazos.
Diana bajó la mirada.
—Tranquila…
—¿Cómo voy a estar tranquila? —respondió Karen, con la voz temblando ligeramente—. Tenía que presentar mi tarea hoy. La profesora dijo que no aceptaría retrasos… ahora seguro no me la recibirá.
Sus ojos se humedecieron apenas. No era solo una clase. Era importante para ella.
Diana sintió un nudo en el estómago.
—Lo siento, hermanita… hablaré con tu maestra. Le diré que fue mi culpa. Yo me quedé dormida.
Karen estaba a punto de responder, cuando el sonido metálico del portón interrumpió el momento.
La puerta del colegio se abrió lentamente.
Todos los alumnos se formaron en fila casi de inmediato. El gerente salió con una expresión seria y un sello en la mano. Uno por uno, fue marcando sus tarjetas de ingreso e ingresando al patio interno del colegio.
*Falta.*
El sonido del sello contra el papel parecía más fuerte de lo normal.
Cuando llegó su turno, Diana apretó los labios. Karen evitó mirar.
El portón volvió a cerrarse.
—Se quedarán aquí hasta que suene el timbre del recreo —anunció el gerente con tono firme.
Diana miró a su hermana de reojo.
El lunes apenas comenzaba… y ya prometía ser un desastre.
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Editado: 24.03.2026