Después de Nosotros

CAPÍTULO 3: CONSECUENCIAS

El timbre del recreo sonó más fuerte de lo normal.

Para Diana, aquellos cuarenta minutos esperando fuera del aula parecieron eternos. El sonido metálico del timbre se extendió por todo el colegio y, poco a poco, los pasillos comenzaron a llenarse de estudiantes que salían al recreo entre risas y conversaciones.

El sol de la mañana empezaba a calentar el patio, y desde donde estaban se escuchaba el murmullo constante de voces, pasos apresurados y puertas abriéndose y cerrándose.

Diana apoyó la espalda contra la pared del pasillo y cruzó los brazos, intentando parecer tranquila.

Pero en realidad se sentía culpable.

Karen permanecía a su lado, sosteniendo sus cuadernos contra el pecho. No había dicho casi nada desde que la profesora decidió ponerles falta a ambas por llegar tarde.

Y ese silencio era peor que cualquier reclamo.

Diana la miró de reojo.

Normalmente Karen hablaba mucho, hacía preguntas o se quejaba cuando algo no le gustaba. Pero ahora estaba callada, con la mirada baja.

Cuando por fin les permitieron entrar al edificio, ambas caminaron por el pasillo largo del colegio. El eco de sus pasos retumbaba suavemente en el suelo brillante mientras algunos estudiantes corrían hacia el patio.

—Karen… —murmuró Diana con cuidado—. De verdad voy a hablar con tu profesora.

—No hace falta —respondió ella sin mirarla.

Pero su voz sonaba herida.

Diana se detuvo frente al aula de su hermana.

—Sí hace falta. Espérame aquí.

Tocó la puerta suavemente.

La profesora levantó la mirada desde su escritorio.

—Buenos días… disculpe que interrumpa —dijo Diana con respeto—. Quería hablar sobre la tarea de mi hermana.

Karen bajó la cabeza desde su asiento.

—Llegamos tarde por mi culpa —continuó Diana—. Yo me quedé dormida y ella no tuvo la culpa. ¿Podría recibirle la tarea, por favor?

Hubo unos segundos de silencio.

La profesora suspiró.

—Esta vez la aceptaré —dijo finalmente—. Pero que no vuelva a ocurrir.

Karen levantó la mirada sorprendida.

—Gracias, profesora —dijeron ambas casi al mismo tiempo.

Cuando salieron al pasillo, Karen se detuvo.

—Gracias… —murmuró, un poco avergonzada.

Diana sonrió.

—Te dije que lo arreglaría.

Karen la miró por unos segundos y luego abrazó sus cuadernos contra el pecho.

—Pero no puedes seguir así, Diana. Siempre te duermes tarde. Siempre haces todo a último momento.

Las palabras no eran un regaño. Eran preocupación.

Diana lo sabía.

—Lo sé… intentaré cambiar.

Karen asintió y volvió a su aula.

Diana respiró hondo antes de dirigirse al suyo.

El pasillo estaba más silencioso ahora. El recreo ya había empezado y varios estudiantes caminaban hacia el patio.

Cuando Diana entró al aula, el murmullo habitual de la mañana llenaba el espacio.

El olor a marcador y cuadernos recién abiertos se mezclaba con el ruido de las sillas arrastrándose sobre el piso.

Buscó con la mirada, hasta que las vio.




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