Después de ti, el amor.

Capítulo 1

El sol comenzaba a desaparecer en el horizonte cuando Clara apoyó la frente contra el cristal de la ventana. Las sombras se alargaban sobre la tierra mientras el cielo se teñía de púrpuras, azules profundos y destellos rojizos que parecían incendiar las nubes. Aquella mezcla de colores envolvía el paisaje con una belleza casi irreal. Desde su asiento observaba cómo el tren avanzaba entre campos, viejas masías de piedra y colinas lejanas. Durante unos segundos llegó a preguntarse si realmente estaba viajando o si todo aquello era sólo un sueño demasiado hermoso para ser verdad. Habría preferido hacer el trayecto durante el día, pero no le había sido posible conseguir plaza en el autobús que cubría esa ruta. Siempre estaba completo. Elena le había aconsejado tomar el tren, y Clara no se había atrevido a discutir con ella. Aquella mujer había sido íntima amiga de su madre y, desde que se había casado con un español hacía más de veinte años, vivía en el país casi como una castellonense más.

Gracias a su intervención, Clara viajaba en un compartimento tranquilo y cómodo. No era lujoso, pero sí lo bastante agradable para un trayecto largo. Aun así, habría preferido compartir el viaje con otros pasajeros. El silencio, en ocasiones, hacía que su soledad resultara demasiado evidente.

Clara era enfermera titulada y hasta entonces siempre había trabajado en hospitales. Aquél sería su primer empleo privado. Iba a cuidar a una mujer que había perdido la movilidad en las piernas después de contraer poliomielitis durante su luna de miel. Poco tiempo después, su marido había desaparecido. Según los rumores, se había marchado con otra mujer. La desgracia había sumido a la joven en una profunda melancolía que preocupaba seriamente a su familia.

Por ese motivo, Elena había sugerido contratar a una enfermera que pudiera vivir con ella una temporada, alguien que la acompañara y velara por su salud.

Clara viajaría hasta una casa cercana a la playa de Nules, donde debía cuidar a Rocío Aranda.

Recordó el email que había recibido semanas atrás.

“Eres la persona adecuada para este trabajo”
“La forma en que has afrontado la pérdida de tu esposo demuestra que sabrás comprender a Rocío. Las dos tenéis algo en común: perdisteis algo muy valioso durante vuestra luna de miel.”

El marido de Clara había sido un médico joven y brillante. Murió el mismo día de su boda.

Apenas habían pasado seis horas desde la ceremonia cuando ocurrió el accidente.

Se habían detenido en un pequeño restaurante durante el viaje hacia la costa. Clara había olvidado el bolso dentro del coche, y Matt regresó para buscarlo. Fue entonces cuando otro vehículo, fuera de control, embistió el suyo. Murió en el acto.

Todo había sucedido tan rápido que Clara apenas tuvo tiempo de comprenderlo.

Cuando regresó al hospital semanas después, sus compañeros evitaban mencionar el tema. Nadie hablaba de Matt, como si su nombre pudiera romper un frágil equilibrio.

Con el tiempo, el silencio se convirtió en parte de su vida. Sólo el anillo que llevaba en la mano era la prueba de que Matt había existido…

y de que, durante unas pocas horas, había sido su marido.

Una extraña coincidencia parecía unir la historia de Clara con la de la mujer a la que iba a cuidar. Elena la había acompañado hasta la estación el día de su partida. Se aseguró de que llevara algo de comida para el viaje, una botella de vino y varios libros para entretenerse durante las horas de trayecto. Antes de despedirse, volvió a mencionar aquella curiosa similitud entre ambas historias, convencida de que eso ayudaría a que Clara y su futura paciente se entendieran.

—Estoy segura de que os llevaréis bien —le había dicho con una sonrisa tranquila—. A veces las personas que han sufrido pérdidas parecidas saben comprenderse mejor que nadie.

Clara apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento y cerró los ojos. El traqueteo del tren tenía un ritmo casi hipnótico que invitaba al descanso. Tal vez pudiera dormir un poco antes de llegar. Sabía que necesitaba serenarse. Iba a empezar una vida nueva, en un lugar desconocido, y debía llegar con la mente clara. Al menos tenía algo a su favor: hablaba español con soltura.

Cuando su madre aún vivía, solían pasar largas temporadas en casa de Elena. Fue allí donde Clara empezó a interesarse por el idioma. El marido de Elena, un hombre paciente y educado, se encargó de ayudarla a perfeccionar su pronunciación y su gramática. Con los años llegó a dominarlo casi a la perfección. Muchas veces, cuando hablaba con españoles, se sorprendían al descubrir que no había nacido en el país.

Una leve sonrisa apareció en sus labios al recordarlo. Quién habría imaginado que aquel capricho adolescente terminaría siendo tan útil.

Pero la sonrisa se desvaneció pronto.

Nadie habría podido prever tampoco que su vida tomaría un rumbo tan distinto.

Cuando tenía diecinueve años conoció a Matt, y se enamoraron casi de inmediato. El compromiso llegó poco después, aunque decidieron esperar para casarse. Matt quería consolidar primero su carrera como cirujano, y Clara prefería terminar su formación como enfermera. Cuando por fin celebraron la boda, ella tenía veintidós años.

Aún le costaba creer que ya hubieran pasado dos años desde aquel accidente. Dos años de silencio. Dos años de recuerdos que aparecían sin avisar. Dos años que habían borrado gran parte de la alegría que alguna vez había sentido.

Aquella tragedia la había transformado. La chica despreocupada que había sido se convirtió en una mujer más reservada, más fuerte… y en una enfermera competente y segura de sí misma.

Clara estaba convencida de algo: no volvería a casarse. Matt había sido todo su mundo. Dudaba que alguna vez pudiera encontrar a alguien capaz de ocupar el lugar que él había dejado.

Durante su largo noviazgo habían decidido esperar hasta el matrimonio para intimar. Matt era un hombre disciplinado, íntegro, con una voluntad férrea y una vocación que lo habría convertido, sin duda, en un gran cirujano. También habría sido un buen esposo. Pero el destino no les concedió esa oportunidad. El amor, el romance y el matrimonio ya no parecían formar parte de su vida.




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