Después de ti, el amor.

Capítulo 2

El hombre que conducía el coche que embistió al de Matt iba demasiado rápido. Al intentar esquivar a un gato que cruzaba la carretera, perdió el control y chocó contra el vehículo de su esposo. En un instante, Clara perdió mucho más que a Matt: murieron también sus esperanzas y sus planes para el futuro.

Cuando comenzó la investigación, ella estaba demasiado confundida para responder con claridad a las preguntas de la policía. Con el tiempo, la conclusión oficial fue que el conductor no era completamente responsable. Un animal había cruzado inesperadamente, y el coche de Matt estaba estacionado en un lugar poco seguro. El hombre recibió una multa leve y quedó en libertad.

Desde entonces, Clara había evitado cualquier contacto cercano con hombres. Una especie de rechazo silencioso y profundo se había instalado en ella. Cuando alguien intentaba acercarse con interés romántico, sus ojos mostraban indiferencia. Su bondad seguía intacta únicamente con sus pacientes; para el resto, era una mujer fría, distante… casi inaccesible.

Se miró en el espejo del compartimento y ajustó un mechón de cabello. A pesar del cansancio del largo viaje, quería mantener una apariencia presentable. Recogió sus pertenencias y trató de calmar los nervios que empezaban a apoderarse de ella. Normalmente Clara era tranquila, paciente y controlada. Pero esta era la primera vez que llegaba a un lugar desconocido, a media noche, sola y con la sensación de estar al borde de algo nuevo. Elena le había advertido que no sería fácil adaptarse, y Clara sabía que lo que la esperaba estaba lejos de su zona de confort. Además, la señora Aranda nunca se había adaptado a su nueva vida como inválida. Tampoco había olvidado al hombre que la había abandonado tras enfermarse.

El tren redujo la velocidad hasta detenerse frente a la estación de Nules. Clara fue la única pasajera que descendió allí. La estación estaba casi desierta, envuelta en sombras, y un escalofrío recorrió su espalda. Por un instante deseó regresar al tren, pero sabía que sería un gesto infantil. Además, sería abandonar a su paciente y hacer quedar mal a Elena, su madrina, quien insistía en que aquel cambio de ambiente sería justo lo que necesitaba.

Con decisión, tomó su valija. El tren comenzó a alejarse, y no había vuelta atrás. Era hora de enfrentarse a lo desconocido. Se dirigió a la pequeña oficina de la estación. Un empleado, medio dormido, recibió su billete y murmuró que nadie la esperaba allí. Clara lo miró con calma, notando que parecía sorprendido al ver su figura: pálida, vestida con un traje de dos piezas claro, elegante y ordenada. Su porte y su fluidez al hablar el español delataban que no era local.

—Esperaré afuera —dijo, con voz firme pero tranquila—. Necesito estirar las piernas un poco. Fue un viaje largo y no creo tener que esperar mucho al coche que vendrá a buscarme.

—¿Se alojará en un hotel? —preguntó con curiosidad, con ese acento característico de la zona.

—No, voy a la Casa de los Lirios—explicó Clara—. Soy la nueva enfermera de la dueña.

—¿La dueña? —se sorprendió—. ¿Está enferma?

—Me refiero a Rocío Aranda —aclaró—. Es inválida.

—¡Ah, claro! —dijo, aliviado—. Todos aquí sentimos mucho cariño por ella, y nos preocuparía saber que algo le sucediera.

—¿Rocío Aranda? —Clara frunció el ceño, ligeramente confundida—. ¿Vive en la Casa de los Lirios? Espero que la dirección que traje sea correcta.

—¡Sí, por supuesto! —respondió el hombre—. Usted no se ha equivocado.

Clara se contuvo. No entendía por qué Elena no le había dado más detalles sobre la familia, pero decidió no darle demasiadas vueltas.

—Sé que la dirección es correcta, gracias. No quisiera hacerle perder más tiempo —dijo, tratando de mantener la calma. Había viajado muchas horas y prefería avanzar.

—Tranquila, señora. Su vehículo ya viene de camino —murmuró el empleado mientras la acompañaba a la puerta.

Al salir, el aire frío de la noche la golpeó. Durante el día, aquella zona era cálida y luminosa, pero por la noche el Mediterráneo traía consigo un viento cortante que se colaba entre los callejones del pequeño pueblo. En el horizonte escuchó el rugido de un motor: un SUV oscuro se acercaba lentamente. Clara se sorprendió; esperaba un coche más discreto, pero no dudó en subirse.

El hombre que descendió del vehículo aún permanecía en sombras. No pudo ver bien su rostro, pero su estatura la hizo levantar ligeramente la cabeza para mirarlo. Su cabello oscuro y sus ojos intensos parecían brillar bajo la luz tenue del faro de la calle.

—¿Es usted la señora Chard? —preguntó con voz profunda y calmada.

—Sí —respondió Clara, tratando de parecer segura.

El hombre tomó su maleta con facilidad, y Clara sintió un extraño cosquilleo que la hizo titubear. No era miedo, exactamente. Era algo distinto: respeto, curiosidad… y un cierto nerviosismo que no esperaba.

—¿Esto es todo su equipaje? —preguntó con un toque de ironía. Clara se preguntó si siempre hablaba así con los nuevos empleados. Ella no era ni huésped ni empleada doméstica, solo la enfermera.

—Tengo un baúl que llegará más tarde —respondió en voz baja.

—Entonces, vamos —dijo él, con un tono que no dejaba espacio a dudas.

—¿Fue enviado por la Casa de los Lirios? —inquirió, aún dudosa—. ¿Es usted el conductor?

—Sí, yo me encargaré —contestó. Su voz era firme y al mismo tiempo extrañamente… cercana.

Clara vio cómo el empleado de la estación abría la boca para responder, pero el hombre que estaba junto a ella lo miró con tal intensidad que terminó cerrando los labios sin decir nada.

El intercambio de miradas hizo que Clara se sobresaltara. Instintivamente se inclinó para tomar su maleta, pero al hacerlo rozó los dedos del hombre, y ambos se apartaron al instante.

—¡Vamos! —dijo él, con un tono firme que no admitía discusión—. Es demasiado tarde para quedarse aquí. Le aseguro que soy de la Casa de los Lirios, su paciente la espera. No tiene que temer, no la voy a llevar a ningún castillo ni a ningún lugar extraño.




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