El encuentro con Don Cicatriz había dejado a Clara completamente alterada. Necesitaba recomponerse antes de ver de nuevo a la dueña de la casa, así que paseó la mirada por el salón, intentando serenarse.
Nada allí parecía pertenecer del todo al presente. El mobiliario conservaba ese aire antiguo, sobrio, casi detenido en el tiempo, pero no resultaba descuidado. Al contrario: todo estaba impecable. Los muebles, aunque viejos, lucían bien conservados; las alfombras, desgastadas por los años, cubrían el suelo con dignidad; los cortinajes caían pesados junto a los ventanales, limpios, sin una mota de polvo. No había lujo moderno ni pretensión, pero sí una belleza silenciosa, de esas que imponen respeto.
Su atención se detuvo en dos cuadros colgados en una de las paredes. Eran impactantes. Uno mostraba a una mujer vestida de rojo intenso; el otro, a un torero envuelto en blancos y plateados. En ambos, la fuerza de la mirada era casi perturbadora.
—¿Le gustan los cuadros, Clara? —preguntó una voz a su espalda.
Se volvió. Victoria se acercaba con una serenidad elegante, como si flotara sobre el suelo.
—Sí —respondió Clara—. Son impresionantes. Por un momento pensé que podían ser originales.
—Goya tenía una forma única de mirar el alma de la gente —dijo, colocándose a su lado—. Y de desnudarla sin pedir permiso.
Clara la observó en silencio. Seguía costándole encajar a aquella mujer refinada, contenida y casi frágil con la idea de ser la madre de Manolo… y la tía de aquel hombre de la cicatriz.
Victoria giró el rostro hacia ella y la estudió sin disimulo.
—Es usted una mujer muy atractiva —dijo al fin—. Y eso me hace preguntarme por qué decidió dejar su vida en Madrid para venir hasta aquí. Si solo hubiera visto en usted a una enfermera eficiente, no me lo plantearía. Pero no lo es. Tiene usted presencia, cultura… y una forma de estar en el mundo que no pasa desapercibida. Elena me habló de usted. Me dijo que llevaba una vida más bien solitaria, muy centrada en su trabajo, con un círculo muy pequeño. Aun así, imaginé a alguien distinto. Quizá… menos llamativa. Menos inteligente.
Clara sostuvo su mirada sin saber si aquello era un cumplido o una advertencia.
—Siento que Elena no le diera una imagen más completa de mí —respondió con calma, aunque por dentro el reproche iba también dirigido a su madrina—. Desde que murió mi marido, he perdido el interés por casi todo lo que no sea mi trabajo. Y no tengo ninguna intención de volver a casarme.
Victoria la observó en silencio durante unos segundos, como si esa respuesta confirmara algo que ya sospechaba.
—Eso sería comprensible si lo dijera una mujer de mi edad. Siéntese, por favor —indicó señalando uno de los sillones tapizados en terciopelo color oro envejecido—. No quiero que vea esto como una entrevista. Piense más bien en una conversación entre dos mujeres que, de algún modo, comparten algo importante con mi hija.
Clara tomó asiento con cierta rigidez, todavía con el cuerpo en tensión. Se sentó en el borde del sillón, procurando mantener la compostura.
—La principal razón por la que acepté la recomendación de Elena —continuó— fue porque creo que usted podría llegar a convertirse en algo más que su enfermera. Me gustaría que fuera amiga de Rocío. Usted es joven, viuda, y sabe lo que significa perder al hombre al que se ama. En eso, usted y mi hija se parecen más de lo que imagina. Confío en que pueda convertirse en alguien con quien ella se sienta libre de hablar. Alguien que no la juzgue. Alguien que la entienda.
La mujer hizo una breve pausa y la observó con atención.
—¿Quién mejor que una joven de su edad, culta, inteligente y con experiencia del dolor? Dígame, Clara… Ese es su nombre, ¿verdad? Me parece un nombre bonito, muy limpio. A veces pienso que el destino mueve hilos que nosotros ni siquiera vemos. Quizá haya una razón para que haya acabado aquí, con nosotros.
Clara sintió un ligero nudo en la garganta. Aquella mujer tenía una forma de hablar que desarmaba. No imponía: envolvía.
Victoria se inclinó un poco hacia ella y apoyó una mano en su rodilla con un gesto cálido, casi maternal.
—La noto nerviosa. ¿Le preocupa no encajar aquí? ¿O quizá ya se ha arrepentido de venir? Tengo la impresión de que una parte de usted aún no termina de aceptar esta decisión.
Clara desvió la mirada un instante.
—Pensé que… necesitaba un cambio —admitió al final, con sinceridad.
—Y seguramente lo necesitaba —respondió con suavidad—. A veces cambiar de lugar es la única manera de seguir respirando. Imagino que debió de ser terrible quedarse viuda siendo tan joven. No tuvo tiempo ni de empezar una vida en común de verdad.
Suspiró. Sus dedos rozaron distraídamente el anillo que llevaba, engastado con un rubí y un diamante, como si aquel gesto la llevara también a sus propios recuerdos.
—En cierto sentido —añadió, con una amarga serenidad—, casi habría preferido que Rocío hubiera enviudado antes que vivir lo que ha vivido. Al menos la muerte pone un final. Lo insoportable es quedarse atrapada en una espera sin sentido. Mi hija sigue convencida de que ese hombre volverá algún día. Todavía lo ama. Y yo no consigo entender cómo se puede seguir queriendo a alguien que te rompe de esa manera.
Sus ojos se ensombrecieron levemente.
—Aunque supongo que ahí está precisamente el problema: el amor nunca ha tenido lógica. A veces llega como una bendición y otras como una herida. A veces es ambas cosas al mismo tiempo. Nadie sale ileso cuando ama de verdad. Rocío siempre fue una chica sensible, demasiado sensible quizá. Y todo empeoró después de su enfermedad, no solo le dañó el cuerpo… también la volvió más frágil por dentro.
Se reclinó despacio contra el respaldo del sillón y dejó la vista fija en uno de los cuadros: el del torero. Durante unos segundos, su expresión se volvió más lejana, como si ya no estuviera en aquel salón, sino en otro lugar, en otro tiempo.
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Editado: 22.03.2026