Después de ti, el amor.

Capítulo 6

Las mañanas en el mediterráneo tenían una belleza que rozaba lo hiriente. Para Clara, cada amanecer era una especie de tregua. Una anestesia temporal frente al hecho de estar atrapada a miles de kilómetros de su casa, conviviendo con una familia rota por la tragedia; una tragedia que, de la forma más perversa, también se había cobrado la vida de su marido.

Sentada a la mesa de forja del patio interior, Clara esperaba el desayuno. El cielo era un lienzo azul impecable y el sol de la mañana encendía el verde denso de las palmeras, colándose entre las hojas de dos viejas higueras. Al otro lado, los arbustos de membrillo mostraban sus primeras flores.

A pesar de la inquietud constante que le producía la finca, aquel patio era el único refugio donde podía respirar. Escuchaba el murmullo de los pájaros en las copas de los árboles y los ecos lejanos de la finca; una banda sonora que ya empezaba a asociar, de forma inevitable, con el sur de España.

Cuando la asistenta se acercó con la bandeja, Clara ni siquiera se sobresaltó. Se estaba acostumbrando al andar sigiloso, casi felino, de la gente del lugar.

—Buenos días, señora —sonrió la chica.

Pepita siempre la miraba con una mezcla de curiosidad y fascinación, sobre todo al fijarse en su pelo. Por las mañanas, Clara lo dejaba suelto, dejando al descubierto los reflejos dorados y esa marcada mecha plateada que nacía en su raíz. Para cuidar a Rocío prefería recogérselo en un moño estricto, pero esos primeros minutos del día eran solo suyos y prefería la comodidad.

—Buenos días, Pepita. Hace un día precioso, ¿verdad? Creo que es mi momento favorito, aunque los atardeceres aquí son increíbles.

—¿Le va gustando esto, señora? —preguntó la muchacha mientras organizaba los platos sobre la mesa.

Clara observó el vapor que salía al destapar el plato caliente. Le habían preparado lonchas finas de jamón con tocino y patatas crujientes. En una cesta, pan rústico recién horneado junto a una jarra de café negro. Jamás había probado un café tan intenso.

En esa casa, todo lo que llegaba a la mesa procedía de las hectáreas de la finca. Clara no tardó en comprender que, a diferencia de sus antepasados, Adrián no era un heredero contemplativo. Administraba la propiedad con la precisión fría de un cirujano: mano firme, ningún escrúpulo y un control absoluto sobre cada metro de su tierra.

Miró a su alrededor y tuvo que admitir, a su pesar, que la atmósfera del lugar la estaba envolviendo.

—Es un sitio increíble —murmuró—. Me alegro… de haber venido.

—Aunque es demasiado tranquilo, ¿no cree? —suspiró la chica con un deje de aburrimiento—. A veces pienso en irme a Madrid, aunque mi madre dice que allí todo el mundo vive estresado. ¿Usted cree que me gustaría?

—Es otro mundo —respondió Clara—. Ruido, gente y prisas a todas horas. Dudo que te acostumbraras después de haber crecido aquí.

—¿Y se quedará mucho tiempo? Las otras enfermeras no aguantaban nada. Se iban enseguida.

—La tranquilidad no me asusta. Pero estoy aquí para trabajar; cuando Rocío mejore, me iré a cuidar a otros pacientes. Eso sí —añadió tras darle un sorbo a la taza—, me voy a ir de aquí siendo adicta a este café.

—Me alegra que no piense en salir corriendo —sonrió—. Las otras no hacían más que quejarse. El señor Adrián las trataba con bastante dureza y ninguna consiguió llamar su atención, por mucho que lo intentaron.

—Eso no tiene nada que ver conmigo —la cortó Clara de inmediato, erguida—. He venido a hacer mi trabajo, no a engatusar a nadie.

—¿Y la cicatriz… no le da respeto? —susurró la chica, mirando de reojo hacia los pasillos—. A mí me da un escalofrío cada vez que me fija la mirada. Es como si te miraran dos hombres a la vez: uno guapísimo y otro que da miedo.

—No me corresponde juzgar el aspecto de tu jefe —dijo Clara con firmeza—. Y deberías tener más cuidado con lo que hablas en la cocina. Adrián podría oírte.

—¡Que la Virgen me proteja! —exclamó, santiguándose antes de desaparecer a toda prisa.

Clara esbozó una sonrisa involuntaria, aunque enseguida sintió una punzada de compasión que intentó reprimir. Adrián habría sido un hombre devastadoramente atractivo si aquel accidente no le hubiera marcado el rostro.

Él conocía de sobra el efecto que causaba: esa mezcla de rechazo por la carne marcada y una atracción casi magnética hacia el peligro que proyectaba. Aunque, pensó Clara, aun sin esa cicatriz, su actitud no habría sido muy distinta. El dominio le venía de serie, en el ADN.

Estaba terminando de comerse una fruta cuando una alteración sutil en el aire le avisó de que ya no estaba sola. Se quedó rígida un segundo antes de girar la cabeza hacia el muro cubierto de hiedra.

Ahí estaba él. Pantalones negros, un jersey fino de seda oscura y esa postura relajada pero alerta, como un depredador decidiendo su próximo movimiento.

—Lo suyo con caminar sin hacer ruido empieza a ser un problema, señor —soltó ella, intentando mantener la compostura—. No es precisamente la mejor terapia para los nervios.

—Si le pongo tan nerviosa, me veré obligado a silbar cada vez que me acerque para no darle un susto —dijo él.

Cruzó el patio a pasos lentos mientras comenzaba a silbar suavemente un fragmento de Carmen. Se detuvo a escasos centímetros de su mesa, recorriendo con la mirada la melena rubia de Clara, que caía suelta sobre sus hombros.

—¿Y bien? ¿Va a salir huyendo con la excusa de que el deber la llama?

—Así es.

Adrián miró su reloj de pulsera. La piel tostada de su muñeca contrastaba fuertemente con la correa de cuero negro.

—Según mis cuentas, aún le quedan quince minutos de descanso… Veo que le ha gustado la fruta —sus ojos oscuros se clavaron en ella con intensidad—. ¿Le apetece ver dónde crece? Acompáñeme.

Sin darle tiempo a reaccionar, le agarró la mano con firmeza y la obligó a ponerse en pie.

Al ir en calzado plano, Clara sintió más que nunca la diferencia de estatura y la imponente presencia física de Adrián. La fuerza de su agarre y el tono de su piel dejaban claro lo integrado que estaba en esa tierra salvaje.




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