El sol matutino caía con fuerza sobre el patio interior, haciendo chispear las gotas que brotaban de la fuente de piedra como pequeños diamantes al aire. Clara permanecía de pie junto al descapotable mientras Adrián levantaba en brazos a su prima. Con una facilidad que denotaba la potencia de sus hombros, la sacó de la masía y cruzó el suelo de azulejos para acomodarla con absoluta delicadeza en el asiento del copiloto.
Se preparaban para poner rumbo a la finca citrícola de unos amigos de la familia, en las afueras de Nules, cerca de las estribaciones de la Sierra de Espadán, donde Luc Davidson se alojaba durante su estancia en Castellón.
Rocío se había esmerado en su arreglo; su maquillaje era impecable, pero aun así lucía dolorosamente frágil en contraste con los brazos morenos y fibrosos que la sostenían.
—¿Estás bien? ¿Vas cómoda? —preguntó Adrián, con una gravedad suave mientras la depositaba en el mullido cuero.
—Creo que sí —murmuró Rocío, retrasando el momento de soltarle el cuello.
Clara se aproximó para colocarle un cojín tras la espalda. La joven le dedicó una sonrisa a medio lado, saboreando ser el centro de atención. Sabía que esa mañana estaba deslumbrante: su melena oscura brillaba bajo la sombra de un pamela blanca y el vestido rosa palo le favorecía enormemente.
Rocío examinó a Clara de arriba abajo. Llevaba un vestido azul marino ajustado, de líneas sencillas, con cuello y puños blancos marcando un contraste pulcro. La elección no era casual; Clara parecía haberlo escogido a propósito para delimitar su estatus de enfermera y no pasar por una invitada más de la familia.
—Sigue pareciendo ridículamente británica frente a nuestro estilo —comentó Rocío mientras se colocaba los pliegues de la falda—. Creo que aunque viviera en Nules diez años, seguiría pareciendo que acaba de bajar del avión.
—Me hace sentir un poco fuera de lugar, señora —sonrió Clara con cierta ironía, consciente de la mirada penetrante de Adrián sobre ella.
Un leve escalofrío le recorrió los brazos cuando la mano de él se posó firme sobre su codo para ayudarla a subir a la parte trasera.
Adrián ocupó el asiento del conductor. Clara todavía sentía el calor residual de sus dedos en la piel. Con el motor rugiendo suavemente, no pudo evitar fijarse en sus anchos hombros, cubiertos por una chaqueta de corte impecable. La tela de primera calidad se amoldaba a su espalda, dejando adivinar la tensión muscular de cada uno de sus movimientos.
Echó una mirada hacia el portón, donde Victoria agitaba la mano para despedirlos. Se la veía solitaria, pero se había negado rotundamente a acompañarlos. Había insistido en que Rocío saliera a despejarse sin su madre cubriéndole las espaldas, alegando que «ya tenía a un prometido que sabría cuidarla». Un comentario cargado de segundas intenciones que a Clara no se le pasó por alto; Victoria siempre había visto a su sobrino como el único hombre capaz de dominar y sostener a su hija.
Rocío devolvió el saludo con la mano. Adrián engranó la marcha y encaró el descapotable hacia la salida de la propiedad, cruzando bajo los arcos de piedra.
El vehículo avanzó entre los interminables huertos. A ambos lados del camino, las hectáreas de mandarinos y clemenules se extendían en hileras perfectas, impregnando el ambiente de un aroma denso a azahar y tierra caliente. Tras recorrer varios kilómetros por el camino privado de la finca, salieron a la carretera comarcal que costeaba hacia la sierra.
Rocío rompió el silencio comentando lo verde que estaba el paisaje bajo la luz matutina. Clara, en cambio, prefirió mantener la mirada fija en el horizonte, dejando que sus pensamientos volaran hacia el día en que pisó esa tierra por primera vez.
Sonrió para sus adentros con amargura al recordar que, la noche que conoció a Adrián, lo había confundido con el chófer de la familia. Era absurdo pensar en ello ahora. Enfundado en aquel traje a medida, emitiendo ese aura de poder salvaje y peligroso, el hombre resultaba exasperantemente magnético. Aquella primera noche la había sacado de quicio... y, a su pesar, seguía haciéndolo cada vez que sus ojos oscuros la buscaban por el retrovisor.
Rocío tenía razón. Aunque Clara pasara doce años viviendo entre los huertos de Nules, seguiría sintiéndose una extranjera y su visión sobre los hombres de esta tierra no cambiaría un ápice.
—La noto demasiado pensativa, enfermera —la voz profunda y raspada de Adrián rompió el silencio del habitáculo—. ¿Acaso la intimida la fuerza de nuestro paisaje? Mire hacia la derecha: las laderas de la Sierra de Espadán y sus cimas tiñéndose de ese azul plomo, con los riscos tallados por el viento. Y ahora mire a la izquierda, entre los campos de mandarinos: allí tiene las ruinas del viejo castillo moro. Seguro que le evoca todo lo que me decía sobre los hombres del sur y su obsesión por dominar a las mujeres.
—Eso suena intrigante —intervino Rocío, girando la cabeza hacia Clara, quien en ese momento contemplaba la altiva torre de piedra que coronaba la colina, donde siglos atrás los señores feudales gobernaban sobre soldados y cautivos—. ¿Qué le ha dicho a mi primo para llamar tanto su atención?
—Nada que pueda alterar a Don Cicatriz, señora —respondió Clara de inmediato, midiendo cada palabra, consciente de que su paciente no toleraba que la atención decayera sobre ella—. Simplemente le daba mi punto de vista. Creo que las sombras del pasado siguen planeando sobre nosotros, pero en esta comarca da la impresión de que el tiempo se ha congelado durante siglos. Como las mentalidades.
—Y el instinto de posesión —añadió Rocío, mirando la nuca de su primo mientras conducía—. Si sugiere que a Adrián le encantaría mantener a sus mujeres bajo llave antes que darles la libertad que merecen, le aseguro que ha dado en el clavo.
Adrián soltó una risotada grave que reverberó en el salpicadero, aunque no se molestó en discutir.
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Editado: 01.08.2026