El día siguiente amaneció cargado de una atmósfera pesada para los habitantes de la masía, como si un nudo invisible enturbiara la claridad del cielo castellonense.
Para Clara, mirar a Adrián se había convertido en una prueba tormentosa. Cada vez que sus miradas se cruzaban en los pasillos o en el patio, el aire se volvía denso, dejando al descubierto la corriente subterránea que los unía. Sintiendo que la tensión amenazaba con quebrantar su autocontrol, buscaba cualquier pretexto para ausentarse en cuanto él se aproximaba a Rocío; le aterraba que la joven pudiera percibir la marejada que la sacudía. Evitaba con celo los rincones de la finca donde sabía que podía encontrarlo a solas: la fronda de los naranjos, los establos o la vieja torre de origen morisco que se alzaba en los confines de la propiedad. La sola idea de coincidir con él en aquel aislamiento y tener que sofocar el impulso de buscar su abrazo le resultaba insoportable.
Verlo era un tormento continuo, en especial cuando en su rostro asomaba la ironía o el encanto grave característico de su temple. Clara sentía rabia contenida, con deseos de encarar la realidad y advertir a Rocío que no abusara de la lealtad de su prometido. Adrián tenía un torrente de entrega que ofrecer, pero con Rocío solo le aguardaba un matrimonio fundado en el deber y la compasión. Le brindaría amparo a ella y a Victoria, gestionaría las tierras sin exigir nada a cambio y aquella unión no pasaría de ser un mero acuerdo formal. Clara lo sabía con absoluta certeza en lo más hondo de su ser.
El amor que sentía por él y el imperioso deseo de no manchar su propio honor la empujaron a dar el paso definitivo. Se dirigió con paso firme a la pequeña sala donde Victoria solía repasar su correspondencia. Sin rodeos, le expuso que la salud de Rocío se encontraba lo suficientemente estabilizada como para no requerir ya de sus cuidados profesionales, por lo que consideraba oportuno organizar su partida.
—No, no te vayas todavía... —repuso la con gesto de inquietud, como si temiera que la ausencia de la enfermera provocara una recaída en su hija—. Quédate un mes más. Deseo estar completamente segura de que mi querida Rocío se encuentra fuera de peligro.
—Resulta imposible —respondió Clara, sintiendo que el pánico le oprimía el pecho. La idea de permanecer en la casa la aterraba; necesitaba encontrar una justificación convincente para poner distancia entre ella y Adrián. Verlo a diario y esquivar su presencia era una lucha que no podía sostener por más tiempo. Marcharse le desgarraba el alma, pero era la única vía digna.
—No hay motivo para que prosiga aquí, señora —añadió, notando un leve temblor en su propia voz—. Rocío ya no me precisa y no me parece justo seguir percibiendo un honorario sin desempeñarlo realmente.
—Eso carece de importancia —repuso, tomándole afectuosamente las manos—. Quédate unos días más, pero esta vez como nuestra invitada. Te has ganado un descanso y dudo que encuentres un lugar más apacible que esta tierra para tomarte un respiro —exhaló un suspiro antes de continuar—: Sé que tratar con Rocío requiere paciencia, pero al menos la veo con otra disposición gracias a Adrián. Es un hombre de una entereza tan firme que su sola presencia transmite serenidad. Será un alivio inmenso cuando los trámites del divorcio con Miguel queden zanjados definitivamente... Pero volviendo a ti, Clara, te noto tensa y preocupada. Te vendría bien un receso. Supongo que le has tomado afecto a esta casa y la consideras casi un refugio, ¿no es así?
—Sí... —murmuró Clara en un susurro. Era la estricta verdad. La sombra que en su momento proyectó la trágica historia de Manolo se había disipado, eclipsada por la personalidad arrolladora del hombre al que ahora amaba—. Creo que jamás conoceré un lugar con tanta belleza como este, pero debo partir en cuanto concluya la semana. Tengo pendiente retomar una formación especializada para mi carrera y solo puedo cursarla en Londres.
—Tu carrera... —exclamó con una sonrisa amarga—. ¿Es que nunca vas a dar prioridad a tus anhelos como mujer? Eres demasiado joven y atractiva para sepultar tu vida entre las paredes de un hospital. De haber dependido de mí, habría buscado un buen pretendiente de nuestra tierra para que te enamoraras.
Clara sintió un escalofrío involuntario. Jamás imaginó que volvería a abrir su corazón a alguien, y mucho menos que ese hombre fuera, precisamente, el futuro yerno de Victoria.
—Creo que cada cual debe asumir el camino que le está trazado. El mío es volcarme en mi profesión; la vida matrimonial no entra en mis planes.
—¡Qué lástima de muchacha! —sonrió la dama, apartando con delicadeza un mechón rebelde del peinado de la enfermera—. Formarías una familia hermosa y el hombre que te tuviera a su lado sería afortunado. Posees una sensibilidad y una presencia admirables. ¿Aún guardas el luto por tu esposo?
—Jamás podré olvidarlo —contestó Clara con absoluta sinceridad. Matthew mantendría siempre un rincón sagrado en su memoria.
—Si regresas tan pronto, la sombra de los recuerdos volverá a hacerte daño —insistió—. ¿No podrías reconsiderarlo y quedarte un tiempo más?
—Solo hasta el fin de semana, señora. Para entonces debo marcharme sin falta; créame si le digo que no puedo posponerlo.
—Lo dices con una vehemencia que me inquieta —la observó con evidente extrañeza y curiosidad—. ¿Acaso tiene mi sobrino alguna culpa en tu decisión de marcharte?
—No, en absoluto —respondió Clara, sintiendo que el corazón le daba un vuelco violento en el pecho—. ¿Por qué tendría que ser Adrián el responsable?
—Quizá te dejó caer que Rocío ya no necesita de tus atenciones, o tal vez piensa que, una vez resuelto el divorcio y pueda formalizar su compromiso, tu presencia estará de más aquí. ¿Te insinuó que debías irte? Lo conozco bien: es un hombre tajante y no suele andarse con rodeos cuando quiere decir algo.
Clara desvió la mirada, temiendo que Victoria pudiera descifrar el dolor que le nublaba los ojos. Había manifestado su firme intención de partir y le resultaría insoportable que saliera a la luz la verdadera razón que la empujaba a marcharse. Adrián era para la dama como un propio hijo, lo amaba y confiaba plenamente en su entereza; Clara jamás se perdonaría ser la chispa que destruyera esa fe familiar.
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Editado: 01.08.2026