La tarde del viernes, su equipaje y el boleto del tren aguardaban su partida. Partiría exactamente de la misma manera en que había llegado: al filo de la noche, para alcanzar Madrid y tomar allí el vuelo directo a Londres.
—Adrián irá contigo para asegurarse de que embarques en el avión —sugirió Victoria con firmeza.
—No creo que sea en absoluto necesario —exclamó Clara, presa de un pánico repentino—. Puedo cuidarme sola, le aseguro que no habrá ningún problema.
—Los británicos son demasiado independientes. ¡Adrián! Debes insistir en acompañarla; es lo correcto, Clara, ahora que te consideramos una amiga de la casa. Me quedaré mucho más tranquila si no emprendes el viaje a solas.
—No la incomodes, madre —intervino Rocío con frialdad—. Si Clara no desea que la tutelen, no insistas. Las inglesas no están acostumbradas a depender de un hombre. Estoy segura de que tu empeño la impacienta; sé bien que está decidida a gobernar su propia vida.
—Eso carece de importancia y no altera el hecho de que es una mujer joven —insistió Victoria, dirigiendo a Adrián una mirada llena de afecto—. Irás con ella, hijo. A estas horas no será difícil encontrar departamento en el tren, viaja poca gente. Estaré serena sabiendo que una muchacha tan distinguida no viaja sin protección.
—Eres poco indulgente con los hombres de nuestra tierra, tía —intervino Adrian, con un matiz de ironía en la voz mientras aspiraba el humo del puro que sostenía entre los labios.
—Al contrario, sobrino, les rindo un homenaje. Los hombres de aquí se rinden ante un rostro hermoso y por eso acostumbramos guardar a nuestras hijas, Clara. Los nuestros son temperamentales y, aunque Adrián sonría, sabe bien que digo la verdad. Respetan a las mujeres que se ciñen al abrigo familiar, pero las demás deben andar con pies de plomo para no encender pasiones y, más aún, guardarse de provocarlas.
—Jamás he provocado a nadie —protestó Clara—. Pero me parece que la idea de guardar a las mujeres bajo velo pertenece a otros tiempos; las costumbres deberían evolucionar.
—Hay principios que no cambiarán jamás, Clara. Mientras el hombre y la mujer sean distintos, las costumbres antiguas mantendrán su vigencia. Me estremezco solo de pensar que pudieras viajar sola y tropezar con alguien que intentara faltarte al respeto.
—No se hable más del asunto —zanjó Adrián—. La acompañaré.
Clara intentó replicar, pero al cruzar su mirada con la de él comprendió la inutilidad de sus protestas; tendría que resignarse a compartir con él las largas horas de trayecto en el tren que la alejaría de la provincia. Sentía la mirada de Adrián clavada en ella. Aunque la razón le dictaba rechazar aquellas horas a su lado, en lo más hondo de su ser anhelaba desesperadamente esa cercanía. Nadie en la estancia sospechaba la verdad del amor que los unía, y era la propia Victoria quien terminaba por propiciar su encuentro. Al llegar al aeropuerto, podrían despedirse lejos de miradas indiscretas y entregarse a un último beso.
—Bien, ahora que todo ha quedado dispuesto, cambiemos de tema. ¿Quieres encenderme un cigarrillo, querido? —pidió Rocío, sacando su petaca dorada y observando con ojos brillantes a Adrián mientras este se aproximaba.
—Deberías moderar el tabaco —dijo él, inclinándose para prenderle la llama.
Rocío lo miró fijamente y expulsó una bocanada de humo hacia su rostro. Clara percibió al instante la marejada de despecho que albergaba la joven; no deseaba que él realizara aquel viaje. No la movían los celos ni un amor profundo, sino el orgullo de sentir que quien le pertenecía por compromiso no debía compartir su atención con nadie más.
Clara anhelaba poner fin a aquella farsa cuanto antes. Sabía que la paz solo regresaría a su espíritu cuando volviera a cruzar las puertas del hospital.
—Lo que es bueno para ti, lo es también para mí —repuso Rocío, indicando el cigarrillo—. Espero que no pretendas ser de esos maridos que lo prohíben todo a sus esposas. Aunque no estoy segura... me gustaría que alguna de las mujeres que has conocido me contara cómo eres en la intimidad.
—¡Rocío! —exclamó Victoria, escandalizada—. ¿Pero qué tonterías dices?
—Has oído perfectamente, madre —repuso la joven, reclinándose contra el respaldo y aspirando el humo con gesto desafiante—. Las historias que corren por la comarca son imposibles de ignorar, como bien escribió Ibn Hazm: «Nuestra miel no se labró para el deleite del extraño». A Eva jamás le prohibieron probar el fruto del árbol; fue a Adán a quien hicieron la advertencia —Rocío dirigió entonces la mirada hacia Clara—. Tienes razón, madre, es hermosísima; sus ojos azules recuerdan el tono exacto del mar. ¿Acaso tu nobleza de espíritu está a la altura de tu belleza, Clara? ¿O guardas en tu interior un lado tempestuoso? Apuesto a que es esto último, sobre todo cuando recuerdo la escena de Fernando con el vino resbalándole por la cara. Tus rasgos, tan limpios, me recuerdan irremediablemente a los de Miguel.
—¡Rocío! ¡Cómo te atreves a nombrar a ese hombre! Pensaba que lo habías arrancado de tu cabeza y ahora lo traes a colación delante de Adrián —repuso Victoria con indignación—. ¿Es que no te queda un ápice de dignidad?
—Ninguna en lo que atañe a Miguel. ¿Acaso no te has dado cuenta de que Adrián no me ama? ¡Míralo, madre! En sus ojos solo hay piedad, y lo único que conseguiré casándome con él será arrastrarlo a un infierno, igual que Manolo hizo en su día.
Rocío se incorporó con brusquedad, alzando la cabeza.
—Adrián jamás lo delató, ni siquiera cuando los delirios de la fiebre lo consumían. Manolo nunca debió encender aquel cigarro en el almacén, provocando el incendio que abrasó tan cruelmente a Adrián. Pensaba que la maldición que pesaba había muerto con él, y ruego porque quede sepultada para siempre. No seré yo quien vuelva a desencadenarla casándome con Adrián... Él debe unirse a la mujer que ama de verdad.
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Editado: 01.08.2026