Después del olvido

Capítulo 6: El Eco de un Sueño Roto

​El estruendo del aplauso que siguió al vals se había apagado, pero un zumbido permanecía en los oídos de Ana Sofía. De pie junto a León Drakhal, observaba el mar de rostros que la miraban, que murmuraban su nombre y el de él. Llevaba el vestido de sus sueños, en el palacio que había imaginado cientos de veces, en la noche que debía ser el culmen de su vida. Y sin embargo, se sentía como una espectadora, una extraña habitando el cuerpo de otra persona.

​Isabela le había contado todo: su amor desesperado por Jonathan, su anhelo por este matrimonio, cómo cada uno de sus anhelos se había centrado en esta validación, en ser finalmente elegida. Y ahora, aquí estaba, en medio del sueño cumplido de su antiguo yo, sintiendo un vacío tan inmenso que amenazaba con consumirla. No había alegría, ni triunfo. Solo una profunda y desconcertante tristeza por la mujer que había sido, la que había amado tanto a un hombre que la dejó sola en un hospital.

​—¿Está bien? —la voz grave de León la sacó de su trance.

​No era una pregunta de cortesía. En sus ojos verdes vio una genuina inquietud, una percepción que iba más allá del escándalo que acababan de provocar.

—No lo sé —respondió ella, y la honestidad en su propia voz la sorprendió—. Se supone que esta noche era mi sueño hecho realidad. Pero no siento nada. Es como ver una película de la vida de otra persona.

​—Quizás es porque por primera vez está viendo la verdad —dijo él en voz baja—. Los sueños, a veces, son más hermosos cuando no se cumplen.

​Lo guio con una mano en su espalda, no de forma posesiva como lo habría hecho Jonathan, sino con un gesto de firmeza y protección, alejándola de las miradas curiosas hacia la terraza. El aire frío de la noche fue un alivio.

​—No soy un héroe, Ana Sofía —dijo él, adivinando la pregunta en sus ojos—. Mi mundo es tan calculador como el de su padre. Pero reconozco el dolor cuando lo veo. Y lo que le estaban haciendo esta noche… era una crueldad.

​La honestidad de su confesión era un bálsamo. No pretendía ser su salvador, solo un testigo. Y en ese momento, ser vista de verdad era más de lo que nadie le había ofrecido en años.

—Gracias —susurró ella, y las palabras salieron del fondo de su alma—. Por verme.

​El viaje de regreso a casa fue silencioso, pero no tenso. Fue un silencio pensativo. Ana Sofía miraba las luces de la ciudad pasar, pensando en la mujer que había sido. La que había llenado diarios con el nombre de Jonathan, la que había llorado por sus desplantes. Sentía pena por ella. Y por primera vez, sintió el deseo de protegerla, de honrar su dolor haciendo lo que ella nunca pudo: alejarse.

​Cuando llegó a la mansión, el silencio era denso y acusador. Sus padres la esperaban en el salón, no como verdugos, sino como los arquitectos de un sueño derrumbado.

—Ana Sofía… —comenzó su padre, y en su voz había más decepción que furia—. ¿Qué has hecho?

​—He hecho lo que tenía que hacer, papá —respondió ella, la palabra "papá" escapándose con una vulnerabilidad infantil.

​—Tu sueño… el matrimonio, la familia, la seguridad que siempre quisiste… —dijo su madre, su voz quebrada—. Lo has tirado todo por la borda por un capricho, por un hombre que es nuestro enemigo.

​Y eso fue lo que finalmente la rompió. No los gritos, no las amenazas. La mención de su sueño perdido.

—¿Mi sueño? —dijo, y las lágrimas que no había derramado en toda la noche brotaron de sus ojos—. Mi sueño era ser amada. No ser un activo en una fusión empresarial. Mi sueño era casarme con un hombre que me sostuviera la mano si estaba asustada, no con uno que enviaba a su amante a insultarme en el hospital.

​Se acercó a ellos, el dolor de la antigua Ana Sofía mezclándose con la lucidez de la nueva.

—No recuerdo amarlo, es cierto. Mi corazón no lo recuerda. Pero sí recuerdo el dolor que sentí al leer esos mensajes en mi teléfono. Recuerdo la humillación. Me están pidiendo que vuelva a un sueño que casi me mata. Y no puedo. Aunque no recuerde por qué, mi cuerpo entero me grita que no puedo volver allí.

​—Controlarás tus emociones y cumplirás con tu deber —dijo su padre, su tono endureciéndose, volviendo al rol de empresario.

​—No —respondió ella, secándose las lágrimas con una nueva determinación—. Mi deber ahora es con la mujer que casi muere por perseguir una mentira. Le debo a ella, a mí misma, empezar de nuevo.

​Subió las escaleras, dejando a sus padres en medio de las ruinas de sus expectativas. Entró a su habitación, el santuario de su infancia y adolescencia, y se sintió como una extraña. En su escritorio había una foto enmarcada de ella y Jonathan, de hacía meses. Él sonreía a la cámara, ella lo miraba a él, con una adoración que le partió el corazón.

​Cogió el marco, los dedos temblando. Esa chica merecía algo mejor.

Justo en ese momento, su teléfono vibró sobre la mesita de noche. Un mensaje. De un número desconocido.

​Con un nudo en el estómago, lo abrió.

“Olvidaste lo mucho que me necesitas. Te lo recordaré.”

​No era la amenaza de un desconocido. Era algo mucho peor. Era la voz íntima y posesiva del hombre que la chica de la foto había amado, un fantasma que se negaba a soltar a una persona que ya no existía. Y por primera vez esa noche, Ana Sofía sintió verdadero miedo.




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