Llegué puntual al Café DeLuxe, un lugar con una atmósfera acogedora, luces tenues y una decoración moderna. Al entrar, lo primero que noté fue el aire sofisticado, algo que me resultaba familiar pero que rara vez había tenido la oportunidad de disfrutar. Las mesas eran pequeñas y discretas, y el suave murmullo de las conversaciones llenaba el espacio sin hacerme sentir incómoda. El aroma a café recién hecho y a pasteles recién horneados se mezclaba en el aire. Y ahí estaba él, en una esquina, sentado, con un porte elegante que contrastaba con el ambiente relajado del lugar. Henry, vestido con un traje oscuro perfectamente ajustado, parecía ser el centro de todo, pero su expresión era tranquila, casi relajada.
Nuestras miradas se encontraron al instante. Me sentía un poco fuera de lugar, pero eso no me detuvo. Caminé hacia su mesa, y él me observó con una mezcla de admiración y respeto.
—Hola, Alice —dijo él, con esa voz suave pero firme, y una calma en sus ojos que solo los hombres como él parecen tener.
—Hola, Henry —respondí, sintiendo un nudo en el estómago por la ansiedad que me provocaba este encuentro. Me senté frente a él, mirando los detalles delicados del café: las tazas blancas, el vapor que se alzaba de las bebidas. El ambiente cálido contrastaba con mi nerviosismo interno.
Él me observó un momento, fijándose tal vez, en mi estilo simple pero refinado, ya que me dio un repaso con la mirada. Siempre me ha gustado la moda, aunque ahora no me podía permitir estar a la vanguardia. Llevaba una blusa de seda color crema y unos pantalones oscuros, con zapatos de tacón bajo. No quería llamar mucho la atención, pero tampoco quería parecer descuidada. Me había puesto mi perfume favorito Ralph de Ralph Lauren. Me sentía cómoda, y algo en su mirada me decía que eso era lo que más le gustaba de mí: no necesitaba presumir para mostrar quién era.
—Gracias por venir —dijo Henry, tomando un sorbo de su café—. Quiero ofrecerte una opción que podría aliviar parte de tu carga. He estado pensando en lo que me dijiste sobre tu situación, y quiero ayudarte. ¿Te apetecería pedir algo?
—Un té, gracias —respondí, sin perder de vista sus gestos mientras se acercaba a la barra. La manera en que se dirigió al camarero, como si todo a su alrededor estuviera bajo control, me hizo sentir una vez más lo distante que era nuestra realidad.
Lo observé con cautela, mi mente dando vueltas a las palabras que acababa de escuchar. Aunque su gesto era amable, algo en mí se resistía a aceptar su oferta. Las dudas seguían rondando en mi cabeza, como un eco constante que no lograba callar. ¿Por qué un hombre como él querría ayudarme? ¿Qué lo movía a ofrecerme algo que, sin duda, podría cambiar el rumbo de mi vida? La diferencia entre nosotros era abismal. Yo, atrapada en una espiral de problemas, y él, dueño de un mundo al que no parecía pertenecer nadie más que él. Todo en él me hacía sentir que estaba fuera de mi alcance, como un lujo inaccesible, tan lejano que me resultaba casi incomprensible.
—Te escucho —dije, intentando mantener la calma, cuando él regresó a la mesa.
Henry respiró hondo y colocó un documento frente a mí. Lo miré, intrigada.
—Este es un contrato de arrendamiento de un piso en un edificio lujoso. No tendrás que pagar renta mientras te acomodas, solo necesito que lo ocupes hasta que encuentres algo más estable. El piso es grande, está vacío; no lo uso, solo lo tengo porque fue una buena inversión. Estuve buscando en internet en apps de renta, compra y venta de propiedades y esta todo muy jodido. No soy un experto en bienes raíces, pero el mercado ha decaído mucho el último año. No vas a encontrar algo asequible por ahora, por eso te ofrezco esta oportunidad.
Fruncí el ceño, sorprendida por la oferta.
—¿Por qué haces esto por mí? No nos conocemos de nada —pregunté, sin poder evitar la incredulidad en mi voz.
Henry se recostó en su silla, cruzando los brazos. Me di cuenta de que no era la primera vez que alguien lo miraba con desconfianza, aunque su intención fuera genuina. Parecía que estaba acostumbrado a que cuestionaran su ayuda, pero, por alguna razón, esta vez su paciencia era diferente. Había algo en su mirada que me decía que no estaba ofreciendo su apoyo por interés, sino porque realmente quería estar ahí para mí.
—Porque me imagino lo difícil que es estar en tu situación —dijo con sinceridad—. Te veo luchando, y creo que este gesto podría ayudarte a respirar un poco
Me quedé en silencio, procesando lo que me decía. No podía negar que su oferta parecía una salvación en medio de mi caos. Pero algo seguía sin encajar. ¿Por qué no se lo había ofrecido a otra persona? ¿Qué ganaba él con todo esto?
—Agradezco mucho tu generosidad, Henry, pero… ¿por qué me estás ayudando? —volví a preguntar, sin poder evitar la sensación de que había algo más detrás de todo esto.
Él sonrió, como si ya hubiera anticipado la pregunta.
—No quiero que pienses que estoy buscando algo a cambio. Solo creo que puedes aprovechar esta oportunidad. Quiero que tengas tiempo para concentrarte en ti misma sin la presión de la renta o la necesidad de encontrar algo rápido.
Lo miré detenidamente. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que había una luz al final del túnel. Podía aceptar la oferta, sentirme agradecida, o rechazarla y seguir luchando sola. Pero algo en mí me decía que esta era una oportunidad única.