Destino de Sangre (libro 11. Sicaria)

Cap. 10 Explosivo

 

Punta Dorada, diciembre 2012

Después que Luciano se ocupó de hablar con los Argento explicándoles bien cuál sería su participación, y de asignarles una escolta apropiada, más para asegurarse que observasen el comportamiento deseado que para protegerlos, decidió tomarse un breve descanso, mismo que terminaría de manera muy brusca.

Ángelo se fue a su estudio para conversar con Mariano, y tanto Bruno como Fiorenzo fueron con él, mientras que Bernardo había subido a descansar un rato y los más jóvenes se habían ido al área de la piscina con sus primos y con los jóvenes Rossi.

Kelly había decidido subir a su habitación y dedicarle unas horas a lo que estaba escribiendo, porque desde que tenían tantos niños en casa, escribía mucho menos y había notado que Damila comenzaba a preocuparse por ello.

Alessandro a quien aburrían mucho las reuniones de negocios, y siendo que estaba seguro que Ángelo y los Argento solo hablarían de aquello, se había unido a los chicos en la piscina, pero mientras bromeaba con Fredo y con Rodolfo, sus inquietos ojos repararon en Romano. Era cierto que el contacto que mantenían con los Argento era más bien distante hasta hacía muy poco, pero no por eso él dejaba de estar debidamente informado en cuanto a los caracteres de aquellos individuos, de manera que le extrañó mucho ver a Romano solo y no incordiando con los demás. Sin embargo, una observación más atenta le reveló que el chico parecía vigilante, como un felino que aguardara el momento oportuno para saltar sobre su presa. Aquello por sí solo, y aunque hubiese causado la curiosidad de Alessandro, habría sido solo eso, pero cuando se fijó hacia dónde, o más bien hacia quién se dirigían las miradas de Romano, una luz de alarma se encendió en su cerebro y lo primero que pensó, fue que el menor de los Argento o bien tenía un extraordinario deseo de morir, o debía tener una seria deficiencia mental si no estaba al tanto de quién era Giulio Del Piero, y más importante aun, de lo que era capaz.

  • Mal asunto  --  murmuró
  • ¿Cómo dices?  --  preguntó Fredo

Sin embargo, él se excusó y se acercó al bar con intención de asegurarse si sus pensamientos estaban bien encaminados o si solo se había apresurado a sacar conclusiones erróneas.

Romano efectivamente había estado todo el rato observando a la feliz pareja y consumiendo grandes cantidades de alcohol, para ver si así lograba erradicar el mal sabor que le dejaba lo que estaba viendo, pues en su opinión, el bambino no dejaba ni respirar a Damila, así que nadie habría tenido ocasión de acercársele. Durante los últimos nueve meses, él se había dedicado con paciencia y habilidad a cultivar su amistad con Damila, primero había utilizado el pretexto de ir a visitar a su prima Camelia, pero con la única intención de tener oportunidad de acercarse a Damila. Al principio la chica no se había mostrado especialmente conversadora, y de hecho, Kelly le había dicho a modo de excusa, que su hija nunca lo había sido mucho, especialmente con extraños; aquello le había dolido a Romano, pues en el tiempo que habían pasado en el refugio habían conversado, y aparte de que él había tenido otra impresión, le molestaba mucho que Damila lo considerase un extraño. Sin embargo, eso no le restó empeño y había seguido insistiendo.

Aquellas visitas sirvieron a un doble propósito, aunque uno de ellos no estaba previsto, ya que él nunca había prestado verdadera atención a su prima, pero en aquellas circunstancias y siendo que ella era su motivo para ir tantas veces a Aravera, Camelia terminó por hacerlo partícipe de sus sentimientos por Enzo, y así sería como Romano terminaría confabulado en el plan del matrimonio. No obstante, la paciencia y la insistencia de Romano, dieron sus frutos y finalmente Damila lo había aceptado como amigo, incluyéndolo en su círculo, y aunque él no lo sabía, eso le había generado una discusión con Vladiaslav que parecía no soportarlo. Al principio Romano continuó hablándole a Damila de arte, algo en lo que él era un experto y ella una oyente muy interesada. Después comenzó a llevarle hermosas reproducciones de las pinturas por las que mostraba mayor interés, y en una que otra ocasión, algunos de sus propios trabajos, y se sintió muy halagado por su aprobación. Siempre se mostró cauteloso y nunca le hizo ningún regalo, solo le mostraba sus tesoros como una manera de entretenerla y ganarse su confianza. Incluso se mostró muy generoso invitándolos a ella y a Giulio, al igual que a Francesca y algunos otros Rossi, a una representación de La Bohème que se pondría en escena en el teatro municipal, pero su invitación no fue nada desinteresada, porque él sabía por su primo Nino que Giulio, para la fecha en cuestión, tenía pautada una reunión importante en el complejo y que tendría que quedarse allá, de manera se mostró adecuadamente sorprendido cuando se enteró que no podría acompañarlos.

Hasta allí todo había salido bien e incluso mejor de lo que esperaba, porque su inesperada intervención en el asunto del matrimonio de Camelia y Enzo, lo elevó en la estima de Damila y él estaba convencido de que solo debía tener un poco más de paciencia, porque a su juicio Giulio era un imbécil que dedicaba más tiempo al trabajo que a su novia, así que solo era cuestión de tiempo para que ella se hartara y él se encargaría de que lo hiciese más pronto que tarde. El asunto era que si bien en un inicio, Romano solo actuaba de acuerdo a su costumbre cuando le gustaba una chica, en el proceso, el gemelo se enamoró, y aunque quizá él mismo no lo supiese o no lo tuviese claro, era así, y de ahí que siguiese aferrado a la esperanza. Sin embargo, ese día en particular había tenido que soportar con estoicismo que Giulio dedicase toda su atención a Damila sin dejarla ni un minuto sola, pero los celos habían comenzado a causar rápidos estragos que intentaba apaciguar ahogándose en alcohol.




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