Destino de Sangre (libro 11. Sicaria)

Cap. 30 Ira

 

Punta Dorada, enero 2013

Ángelo había decidido dejar que Damila se desahogase un poco antes de intentar nada, aunque los presentes no estaban muy seguros si lo hacía por consideración, o porque simplemente no tenía ni idea de cómo abordarla, y en el caso de Gianpaolo y Enzo por ejemplo, que ya la conocían bastante, juzgaban improcedente meterse. Cuando Giulio y Nino llegaron, Ángelo intentaba hacerse escuchar por Damila, de modo que Giulio se unió a la cruzada mientras que Nino y viendo que nada podía hacer, se fue a ver a Ana a quien Enzo había conducido a otro salón en la creencia de que era mejor alejarla de Damila, y la había dejado con Camelia.

  • ¡Ya estoy harta de esto! ¿Es que nadie puede hacer nada?

Estaba vociferando Damila haciendo que tío y sobrino se mirasen con consternación y pensando que iba a comenzar a reclamarles, pero ella enfiló sus baterías hacia Gianpaolo, aunque ninguno de los GA presentes quedaría excluido.

  • ¿Qué sucede con ustedes, Fabiani? – le preguntó
  • Si te fijas bien, Ghost le rompió el cuello al infeliz – dijo él con tranquilidad

Ángelo no estaba muy seguro que fuese buena idea decirle aquello, pero pronto comprendió su error.

  • ¡Y se lo habría roto yo misma si hubiese podido!
  • Bebé…
  • Déjame en paz, G – dijo ella apartándolo y continuando con su arenga

Sin embargo, un momento después se detuvo de súbito y miró a Ángelo con lo que éste se preparó para casi cualquier cosa.

  • Quiero hablar con mi padre – dijo ella
  • ¿Qué? – preguntó él, pues dentro del mundo de cosas que habría podido imaginar, esa precisamente no figuraba a la cabeza
  • Todo esto es por su causa ¿no? – le dijo, pero no espero a que él dijese nada – Debe saber entonces quién está haciendo esto y debe poder detenerlo
  • Mila, las cosas no son tan sencillas y…
  • Son sencillas – lo interrumpió ella – no las compliques tú

Le dio la espalda buscando su mochila que había terminado bajo un aparador, después de volcarlo cuando ella la lanzó, así que estaba bajo los restos del jarrón que se había hecho añicos. Sin embargo, hallarla no le sirvió de nada, pues lo que ella buscaba era su móvil olvidando que se lo había prestado a su amiga.

  • ¿Dónde está el maldito móvil? – preguntó y fue cuando pareció recordar – ¡Ana! – gritó
  • Aquí está lo que buscas – le dijo Gianpaolo extendiendo el brazo
  • ¿Pensabas esperar hasta la próxima navidad para dármelo? – le preguntó mirándolo mal
  • Mila…
  • Déjala – dijo Alessandro a quien Ángelo no había visto llegar
  • No podrá comunicarse y…
  • Y no puedes ni debes intentar impedírselo – puntualizó él, aunque luego aclaró – Está sufriendo una crisis nerviosa y no atenderá a razones
  • A mí lo que me parece es que está furiosa – dijo Giulio
  • Y lo está sin duda, pero eso solo está enmascarando el trauma que acaba de vivir
  • Entonces haz algo – le dijo Ángelo dirigiendo hacia él su impotencia

Sin embargo, Alessandro no pudo decir nada o al menos no a Ángelo, porque en ese momento escucharon un golpe y un grito enfurecido, y al volverse, vieron que Damila había lanzado el móvil que se había estrellado contra el vidrio de una vitrina. Ángelo agradeció que Kelly no estuviese allí, porque aparte del susto, y suponiendo que pudiese manejarlo, entonces se habría molestado mucho con su hija por la destrucción que estaba causando, especialmente la última, porque había roto varias figuras de porcelana que Ángelo sabía había comprado ella misma. Finalmente, y cuando Enzo regresó con lo que Alessandro le había pedido, éste avanzó, y sujetando a Damila con poca ceremonia obviando los gritos de ella, y la condujo hasta uno de los salones.

  • Sujétala Fredo – le dijo y éste compuso expresión de espanto por no hablar de la de Giulio, de modo que quien avanzó fue Gianpaolo
  • ¡Suéltame, Fabiani! – vociferó ella

Y las cosas iban a empeorar mucho, porque cuando Damila vio la aguja, comenzó a gritar con más ahínco. De pequeña, Damila había temido a muchas cosas, pero los dos temores que habían sobrevivido a la niñez, eran el temor a la oscuridad y el que le tenía a las agujas, algo que Giulio recordó de  sus visitas al odontólogo.

  • ¡Pa! – gritó Mila, pero de seguido a quien llamó fue a su madre - ¡Ma!
  • ¿No hay otra forma de hacer esto, Sandro? – preguntó Ángelo

Él había estado inmóvil, aunque no se sabía si porque entendía lo que estaba sucediendo, o por lo contrario.

  • Créeme, es lo más rápido y efectivo

Sin embargo, y aunque Gianpaolo era un hombre y alguien mucho más fuerte que ella, no era la fuerza, sino la inquietud lo que estaba causando problemas, de modo que Fredo se animó a intervenir, y mientras Gianpaolo la inmovilizaba a ella sujetándola contra su cuerpo, Fredo inmovilizaba su brazo.

  • ¡Suél-ten-me!
  • Es por tu bien,  Montiel – le susurró Gianpaolo
  • Mantenlo firme, Fredo – le dijo Alessandro mientras intentaba insertar la aguja y rogando para que las venas de la chica no fuesen tan huidizas como las de la madre




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