Destino de Sangre (libro 11. Sicaria)

Cap. 37 Enzo

 

Punta Dorada, febrero 2013

Enzo acostumbraba levantarse muy temprano al igual que todos sus parientes, bien fuera porque fuesen madrugadores de por sí, o porque hubiesen sido obligados a adquirir la costumbre, como era el caso de Fredo y de algunos de los más jóvenes que aún estaban en proceso de aprendizaje. El caso era que Enzo nunca dio problemas con aquello y era quien solía ayudar a su madre a sacar a Fredo de la cama. Enzo no era especialmente afecto al ejercicio y no era frecuente verlo en el gym, pero como tenía muy claros los beneficios del ejercicio físico, generalmente dedicaba alrededor de una hora a correr. Aquel domingo y luego de asegurarse que las bestias de Luciano, como llamaba a los Rottweiler que eran soltados por las noches, ya habían sido encerrados, salió a su actividad matinal.

Mientras vivió en El Valle y durante su adolescencia, a Enzo le gustaba correr en un parque, algo que no agradaba mucho a su padre y siempre ordenaba a los GE que acompañaban a su hijo que tuviesen mucho cuidado, pero nunca se presentaron problemas en aquel sentido. Cuando se mudó a Punta Dorada, en principio estaba demasiado deprimido como para pensar en aquello, pero cuando mejoró y como ya había comenzado a trabajar para Ángelo, si bien retomó el ejercicio, decidió hacerlo en los terrenos de la mansión que eran bastante amplios. Sin embargo, en una de sus primeras salidas estuvo a punto de ser destrozado por uno de los perros.

Ángelo nunca les había visto la utilidad a aquellos bichos, pues en su opinión tenían un excelente sistema de seguridad, pero Luciano había argumentado que los sistemas podían fallar y él era el mejor ejemplo de que también podían burlarse, de modo que terminó convenciendo a Ángelo de la conveniencia de seguir teniendo a los perros. A pesar de que tanto su padre como su abuelo los habían tenido, él jamás se acercó a ellos y ciertamente no tenía ningún interés en hacerlo, y aunque no era que a Luciano le gustasen más, era el único aparte de su cuidador, que podía acercarse y a quien obedecían aquellas bestias, y fue gracias a él, que el animal no atacó a Enzo. Él no tenía nada en contra de los perros y de hecho le habían gustado mucho los de Gianni, pero a partir de ese día, comenzó a tenerles menos simpatía.

Aquella mañana, después de la carrera, regresó, se dio un baño y antes de salir se acercó a la cama, le dio un beso a Camelia que seguía dormida y bajó para ocuparse del desayuno de Gianni y para estar preparado cuando Ángelo bajase.

  • ¿Francesca? – dijo con extrañeza y se acercó

Esto obedecía a que había visto a la chica sentada y sujetándose la cabeza con las manos.

  • Succede bambina? – preguntó cuando llegó hasta ella

No obstante, la alarma de Enzo iba a crecer mucho al notar que la chica estaba llorando.

  • ¡Francesca! – exclamó

Pero con la misma, la sujetó haciéndola levantarse para sacarla de allí, porque era mal asunto que por ejemplo Ángelo, la viese en aquel estado. La condujo hacia uno de los saloncitos y la hizo sentarse. Enzo era uno de los individuos más ecuánimes de entre los Rossi, incluso más que Marino, de modo que detuvo sus locos pensamientos, se sentó a su lado y sujetó su rostro.

  • ¿Dime que sucede, Francesca? – le preguntó con suavidad, pero como no contestó, él hizo un repaso veloz de las posibles razones que podían tenerla así – ¿Te peleaste con alguno de tus hermanos?

A Enzo se le ocurrió aquello porque Enrico, especialmente, era del tipo perseguidor, y como iba a la misma universidad que las chicas, pensó que era posible que estuviese amargándole la vida a su hermana por causa de algún compañero. Francesca por su parte y en medio de su llanto, alcanzó a pensar que necesitaba hablar con alguien, y aunque en teoría tenía Damila y a Kelly para ello, e incluso a Vittoria, la primera no estaba y últimamente andaba muy estresada por causa del peligro que pendía sobre su cabeza; la segunda y a pesar de que ya le tenía bastante confianza, le apenaba molestarla con sus problemas y además por lógica debía estar muy mortificada por su hija; y en el caso de su prima, la había notado algo desmejorada en las dos últimas semanas, y en cualquier caso parecía muy ocupada con el pequeño Ángelo. De modo que miró a Enzo y pensó que de todos sus parientes, él era quizá el único que no iba a reñirla, así que intentó serenarse antes de hablar.

  • No, no me he peleado con nadie – le dijo
  • De acuerdo, pero entonces dime qué es lo que te sucede
  • Es que… creo que no tengo suerte para el amor – dijo y clavó la cabeza en el pecho de Enzo

Por una parte Enzo se sintió desconcertado, y por la otra muy molesto, pero de nuevo frenó sus pensamientos que ya iban en dirección de apalear al chico Tornattore, asumiendo que ella decía eso por la experiencia vivida con él, pero por ese mismo camino llegó a la conclusión de que eso no podía ser posible, ya que de eso hacía casi dos años y dudaba mucho que a estas alturas ella siguiese anclada en ello.

  • Francesca, eres muy joven aun como para pensar de ese modo
  • Puedo ser joven, pero no estúpida, Enzo
  • No he dicho eso – protestó él, pero ella no le prestó atención
  • Primero Tony y ahora…
  • ¿Y ahora quién? – preguntó él con aprensión y no muy seguro de querer escuchar un nombre
  • Promete que no vas a comenzar a subirte por las paredes
  • Lo prometo – dijo con una creciente sensación de desastre
  • Vladislav – dijo ella y él abrió mucho los ojos
  • ¿Vladislav? ¿Ese Vladislav?
  • No seas necio, Enzo, no conocemos a ningún otro




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