Destino de Sangre (libro 13. Última Generación)

Cap. 5 Niños

 

Punta Dorada, agosto 2013

El día que Albano había hablado con Kelly, cuando Ángelo llegó a la mansión poco antes de la hora de la cena, notó que lo anterior ya había ocurrido, porque vio a Kelly apartada del grupo y conversando con Luigi, de manera que se dedicó a observar a los más pequeños, algunos de los cuales corrían por el salón cuando sintió que tiraban de su chaqueta y miró hacia un lado.

  • ¿Succede Federico? – preguntó

El chico levantó los brazos y Ángelo lo alzó. Albano Federico quien ya tenía cuatro años y medio y dos viviendo allí, se había adaptado con suma facilidad al entorno y a los habitantes de la casa, especialmente a Kelly y a él, y aunque Ángelo iba por allí quejándose en todos los tonos de que ya no se podía vivir en Aravera por causa de los niños que parecían decididos a asesinarlos a todos, nunca había dejado de atender a ninguno de ellos cuando lo buscaban, y en el caso de Federico, había terminado por acostumbrarse a encontrarse eventualmente las mamilas o los juguetes del chico en su cama, en el baño o en el vestidor.

  • ¿Dove sei? – preguntó el niño
  • Pues aquí – le contestó él y el chico negó haciendo que sus rubios rizos se balancearan y que Ángelo pensase que ya le vendría bien un corte de cabello
  • No – dijo el niño apoyando el gesto – Perche no te veo en la matina

Finalmente Ángelo había comprendido. Al principio y si bien Federico estaba más dormido que despierto cuando Anita lo llevaba a su habitación, Ángelo siempre lo saludaba alborotándole los rizos, y desde que el chico había comenzado a ir al preescolar y siendo que él compartía el ruidoso desayuno con todas las criaturas, entendió que Federico estaba haciendo alusión a la ausencia de ahora.

  • No me ves porque tengo que salir muy temprano
  • Perchè? – insistió
  • Debo trabajar
  • ¿Ahora?

Aquella no era una pregunta muy clara, pero siendo que Federico solo tenía poco más de cuatro años, no era que hablase muy bien o lograse expresar sus ideas con claridad, pero aun así Ángelo lo comprendió.

  • Siempre tengo que trabajar, bambino – le dijo – lo que sucede es que tú estás de vacaciones y te levantas más tarde.

No había terminado de decir aquello cuando comprendió su error en dos sentidos, el primero al creer que Federico no notaba su saludo mañanero cuando era llevado a su habitación por la doncella, y segundo, que como el chico conservaba la costumbre de invadir su cama cuando no tenía clases y la única diferencia ahora era que ya había dejado la mamila, lógicamente había notado su ausencia. Afortunadamente para Ángelo, en ese momento venían entrando los gemelos, y como Federico había desarrollado un enorme apego a Arezio, al verlo pareció olvidarse de lo que había preguntado y comenzó a hacer fuerza para que Ángelo lo colocase de nuevo en el piso echando a correr hacia el gemelo.

Nadie sabía cómo se las arreglaba Federico para saber quién era Arezio, pero lo cierto era que en raras oportunidades se equivocaba. Así como nadie parecía entender aquella relación, porque los gemelos nunca habían demostrado mayor interés por sus sobrinos y por ningún niño en realidad, no obstante, siempre que Arezio estaba en casa, Federico estaba literalmente pegado a él, lo que ocasionó un pleito entre el gemelo y Biano, ya que Fabiano quien sí parecía llevarse muy bien con todos los niños y durante el breve tiempo que había estado en Punta Dorada, había acaparado la atención de los mismos incluido Federico, de modo que Arezio terminó por acomodarle un puñetazo la última noche que Fabiano había estado en el refugio llevándose a continuación a Federico a su habitación.

Ángelo se sintió muy aliviado de no tener que darle explicaciones al niño, ya que en cualquier caso no habría sabido qué decirle. Miró a continuación a Giovanna que como de costumbre estaba sentada mientras los demás corrían o intentaban hacerle alguna maldad a algún desprevenido, pero también notó que Guido se sentaba a su lado y parecía preocupado. Alessandro siempre había sostenido que Ángelo poseía una capacidad única para preocuparse, de lo que no estaba muy seguro era de que aquello hubiese venido en su código genético o que lo hubiese adquirido al decidir cuidar de todos los miembros de su familia y del consorcio, de manera que poco le habría extrañado que a Ángelo y al mirar a los chicos, inmediatamente se le dibujase una arruga en la frente y comenzase a preguntarse qué cosa iba mal con su sobrina. Si Ángelo estaba planteándose aquello, era porque consciente o inconscientemente y al igual que el resto de la humanidad, ya había notado que Guido parecía muy propenso a cuidar de Giovanna, y aunque el uno era un Rossi y la otra una Genovesse, rara vez se había dado que los varones Rossi se sintiesen inclinados a cuidar de las chicas de la familia de la misma forma que lo hacían con los varones; no se trataba de que no se preocupasen o de que no hubiesen estado dispuestos a dar sus vidas por ellas como por cualquier miembro de la familia, solo que no era común que se comportasen de aquella manera con las chicas.

Sin embargo, tuvo que suspender su observación cuando casi es derribado por Amelia, pero antes de que tuviese ocasión de sujetarla, ella parecía haber cambiado de opinión y regresaba por donde había venido.

  • No te metas – escuchó que le ordenaba Renzo a su hermana, pero como él no veía en qué no debía meterse la niña, decidió informarse aunque ella ya estaba gritando a Renzo
  • ¡Si Giancarlo lo alcanza va a matarlo! – exclamó
  • No seas necia, Amelia – dijo Renzo con fastidio – Franco no es estúpido y tiene dos manos ¿no?
  • A ver – dijo Ángelo y ambos niños se giraron
  • ¡Tío! – exclamó ella – Dile a este mal nacido que me suelte




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