Destinos en contramano

Prologo: La frecuencia del caos

​Buenos Aires a las tres de la mañana tiene un olor particular: una mezcla de asfalto húmedo, gases de escape y promesas rotas que flotan en el aire denso de la noche. Para la mayoría, es la hora del descanso o del final de una fiesta. Para Carla, es la hora en que el techo de su habitación parece inclinarse sobre ella, amenazando con aplastarla.

​Con la espalda apoyada contra la puerta de su propio cuarto, Carla cerró los ojos y apretó los dientes, tragándose las lágrimas de frustración que le quemaban la garganta. Al otro lado de la madera, en el pasillo, se escuchaba el andar torpe y pesado de su madre. El eco de una botella de vidrio golpeando contra la mesada de la cocina fue seguido por un murmullo incoherente, un reproche arrastrado dirigido a nadie y a todos, el lamento de una mujer frustrada que había decidido ahogar sus sueños en alcohol hacía ya demasiados años.

​Carla se llevó las manos a los oídos, presionando con fuerza. Quería apagar el sonido de la decadencia familiar, la humillación diaria de una fachada que sostenía a duras penas frente a la universidad y sus conocidos. Pero el silencio era un lujo que no existía en su vida.

​Justo cuando el arrastrar de pies de su madre cesó, dando paso a un silencio tenso, el verdadero infierno de la madrugada comenzó.

​¡BRRRR-RUM-RUM-RUM!

​Las paredes vibraron. No fue un ruido sutil; fue una explosión de metal y nafta que sacudió los vidrios de la ventana. El motor de una maldita moto de alta cilindrada rugía en el jardín acelerando sin piedad una, dos, tres veces, rompiendo la paz de la manzana entera con una impunidad exasperante.

​Carla abrió los ojos, la tristeza transformándose instantáneamente en una furia caliente y revitalizante.

​—No puede ser tan hijo de puta —siseó entre dientes.

​Era él. El nuevo vecino. Enzo.

​Hacía apenas dos semanas que el chico se había mudado al lado de su casa y ya se había convertido en la peor pesadilla del vecindario. No solo por la música a deshora o las fiestas en la madrugada, sino por esa maldita moto que parecía arreglar o testear únicamente cuando el resto del mundo intentaba dormir.

​Sin pensarlo dos veces, empujada por la acumulación de la rabia que no podía descargar contra su madre, Carla cruzó su habitación, abrió la puerta del pasillo esquivando la penumbra del living donde su madre ya dormitaba en el sillón, y salió fuera de la casa. El aire fresco de la noche le golpeó la cara, pero no enfrió su enojo.

​Allí estaba él, bajo la luz mortecina de un foco amarillento.

​Enzo vestía una remera negra gastada y jeans oscuros. Tenía las manos manchadas de grasa y el pelo castaño revuelto, cayéndole sobre los ojos con un desaliño perfectamente irritante. Tenía un cigarrillo apagado entre los labios y una llave inglesa en la mano derecha. Sus ojos, oscuros y rodeados de profundas ojeras, delataban una mirada que no estaba realmente allí; era la mirada de alguien que habitaba un pozo muy profundo, flotando en la bruma de sustancias que utilizaba para apagar el cerebro.

​—¡¿Te parece que son horas, infeliz?! —gritó Carla, plantándose a pocos metros de la moto, con los brazos cruzados y los ojos echando chispas.

​Enzo no se sobresaltó. Soltó la llave inglesa sobre un trapo sucio con una lentitud exasperante, se quitó el cigarrillo de la boca y la miró de arriba abajo. Una sonrisa ladeada, cínica y cargada de una ironía puramente porteña, se dibujó en su rostro. Una sonrisa que a Carla le dieron ganas de borrarle de un cachetazo.

​—Buenas noches para vos también, vecina —respondió Enzo, con la voz pastosa, arrastrando las palabras con una calma que contrastaba salvajemente con el rugido del motor que acababa de apagar—. Qué lindo tener público tan temprano. ¿Viniste a pedir un autógrafo o te gustaba cómo vibraba tu cama?

​—Vine a pedirte que tengas un miligramo de respeto por la gente que labura y estudia —escupió Carla, dándole un paso al frente, ignorando el olor a nafta y el sutil aroma a marihuana que emanaba de la ropa del chico—. Hay personas normales que duermen a las tres de la mañana. Si querés destrozarte la cabeza con lo que sea que te metés, hacelo en silencio. ¡Apagá esa porquería!

​Enzo guardó silencio un par de segundos. Su sonrisa se desvaneció un poco, dejando ver por una fracción de segundo una sombra densa, una oscuridad tan pesada que hizo que Carla retrocediera mentalmente. Debajo de esa fachada de pibe canchero y problemático que no le importaba nada, había un dolor vivo, una herida abierta que sangraba culpa.

​Él miró de reojo el asiento trasero de la moto. Para cualquiera era solo cuero gastado; para Enzo, era el lugar exacto donde los ojos de una chica se habían cerrado para siempre en una curva cerrada del asfalto húmedo hacía un año. El lugar de una muerte de la que él se sabía único responsable.

​Volvió a mirar a Carla, recuperando su máscara de arrogancia para defenderse del mundo.

​—Mirá, flaca —dijo, dando un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que Carla pudo oler el peligro que desprendía—. El ruido de este motor es lo único que me apaga las voces acá adentro. Así que bancátela. Si no te gusta, comprate tapones para los oídos. O mejor... mudate.

​—Sos un imbécil —susurró Carla, con los puños apretados, sintiendo cómo la tensión ardiente entre los dos se volvía casi física, una chispa eléctrica en medio de la noche.

​—Un imbécil con estilo —corrigió él, volviendo a encender la moto con un golpe de patada que hizo rugir el motor de nuevo, tapando cualquier otra réplica—. Que tengas dulces sueños, vecina.

​Carla dio la vuelta y caminó de regreso a su casa, temblando de rabia, jurándose a sí misma que le haría la vida imposible a ese pibe. Lo que ella no sabía, mientras se encerraba de nuevo en su caótico hogar, era que ese vecino autodestructivo y roto se convertiría en su única vía de escape. Y Enzo, mientras aceleraba el motor para acallar los fantasmas de su exnovia, no se imaginaba que esa chica de ojos furiosos era la única luz capaz de rescatarlo del fondo del pozo.




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