El centro de copiado a tres cuadras de la facultad era un subsuelo húmedo que olía a tóner quemado, papel barato y encierro. Para Carla, esas cuatro horas de la tarde eran un ejercicio de paciencia absoluta. Entre los estudiantes apurados que exigían apuntes a los gritos y el ruido rítmico, casi hipnótico, de las fotocopiadoras industriales, su cabeza no lograba encontrar un segundo de paz.
Cada vez que la máquina parpadeaba con una luz verde antes de escupir una hoja, la mente de Carla viajaba directo, a las piernas largas de Enzo bloqueando su camino, a su tono sobrador, y a esa maldita frase: «El ruido de mi motor es mejor que los gritos que se escuchan salir de tu cocina».
—Che, Carla, ¿estás en este planeta o te tengo que pasar el plumero? —La voz de Julián, su compañero de turno, la trajo de vuelta a la realidad.
Julián le tendió un fajo de hojas recién anilladas. La miraba con una mezcla de diversión y preocupación genuina.
—Perdón, Juli. No dormí nada anoche —respondió ella, frotándose las sienes—. El vecino nuevo es un enfermo mental que decidió usar el garaje de su casa de taller mecánico clandestino a las tres de la mañana.
—Uh, clásico de Buenos Aires. El derecho al ruido ajeno es sagrado en esta ciudad —bromeó Julián, aunque su sonrisa se borró un poco al ver el cansancio real en los ojos de Carla—. Pero en serio, tenés una cara de zombie importante. ¿Segura que es solo el vecino? Si querés te cubro la última media hora y te vas yendo.
Carla sintió un nudo en la garganta. Agradecía el gesto, pero la verdad era que no quería volver temprano. Volver temprano significaba encontrarse con su madre en el peor momento del día, cuando el efecto de las primeras copas de la mañana mutaba en un bajón depresivo o en una furia injustificada contra los muebles. El subsuelo ruidoso del centro de copiado, irónicamente, era más seguro que su propia casa.
—No, de verdad, gracias. Me quedo. Necesito las horas —mintió con una sonrisa ensayada, acomodando los apuntes de Anatomía en los estantes.
Cuando Carla finalmente se detuvo en el umbral de su casa pasadas las ocho de la noche, en un silencio inusual. La moto de Enzo no estaba en su lugar, lo que le dio un alivio momentáneo que le duró exactamente lo que tardó en meter la llave en la cerradura de su puerta.
El olor la golpeó antes que la vista. No era solo el tufo a encierro; era el olor rancio del vino barato de cartón.
La cocina estaba patas arriba. Una taza rota yacía en el piso de granito, rodeada de un charco oscuro que ya empezaba a secarse. Elena, su madre, estaba sentada en el living, con el televisor encendido en un canal de noticias a todo volumen, aunque sus ojos estaban fijos en el techo.
—¿Qué pasó acá, mamá? —preguntó Carla, dejando la mochila en el suelo con una mezcla de cansancio y un miedo que ya se había vuelto crónico.
Elena tardó en responder. Cuando giró la cabeza, su mirada estaba desenfocada, pesada.
—Se me cayó. ¿Qué te importa? —arrastró las palabras, con la voz pastosa y cargada de un veneno defensivo—. Llegás a la hora que se te canta, no hay nada para comer en esta casa... Me dejás acá sola, muriéndome de embole, mientras te gastás la plata por ahí.
—¿Gastarme la plata? —La paciencia de Carla, hilvanada con alfileres después de todo el día, se rompió—. Estaba trabajando, mamá. Trabajando para pagar el alquiler de este lugar que odiás tanto, porque si fuera por lo que quedó de papá, estaríamos en la calle. ¿Podés limpiar lo que rompiste, por lo menos?
—¡A mí no me hables de tu padre! —gritó Elena, poniéndose de pie con torpeza, tambaleándose un segundo antes de sostenerse de la mesa—. ¡Vos no sabés lo que yo aguanté! Sos una pendeja egoísta. ¡Ojalá te vayas! ¡Ojalá me dejes sola de una vez, total para lo que servís...!
Las palabras de su madre eran flechas oxidadas, pero lo que más le dolía a Carla no era el insulto, sino la humillación de saber que los gritos traspasaban las paredes de su casa. El volumen de la voz de Elena era ensordecedor.
Sin decir una palabra más, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones, Carla dio la vuelta, tomó su mochila del piso y volvió a salir a la calle. Necesitaba respirar. Necesitaba que el mundo se detuviera.
Caminó por el pasillo hacia el fondo, buscando el único lugar del complejo que tenía acceso al techo: una vieja escalera de caracol de hierro oxidado que los dueños anteriores usaban para colgar la ropa, ahora abandonada. Subió los escalones casi a ciegas, con las lágrimas rodando finalmente por sus mejillas, libres del control que se imponía a diario.
La terraza era un espacio amplio, descuidado, rodeado por los tanques de agua y las siluetas de los edificios linderos de Almagro. El viento de la noche porteña estaba fresco y le revolvió el pelo. Carla se abrazó a sí misma, sentándose en el borde del murete, dejando que el llanto contenido de meses saliera en un sollozo ahogado.
—Si vas a saltar, avisame, así me corro y no me manchás la campera.
Carla dio un salto del susto, ahogando un grito.
De entre las sombras del tanque de agua, sentado sobre un cajón de cerveza dado vuelta, emergió Enzo. Llevaba una campera de cuero negro abierta y, para variación, un cigarrillo encendido entre los dedos. La brasa roja iluminaba por milisegundos sus facciones angulosas. En la otra mano sostenía una lata de cerveza fría.
—¿Qué hacés acá? ¿Me estás persiguiendo? —limpió Carla sus mejillas rápidamente con la manga de la campera, adoptando su postura defensiva de inmediato.
—Es una terraza comunitaria, vecina. Yo llegué primero —respondió Enzo con su habitual tono arrastrado, aunque su voz sonaba más baja que de costumbre. Le dio una pitada al cigarrillo y exhaló el humo hacia el cielo estrellado de Buenos Aires—. Además, se escuchaba el bardo desde abajo. Tu vieja tiene buenos pulmones, eh, sería buenísima para soltar agudos en una banda de heavy metal.
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Editado: 01.08.2026