Destinos en contramano

Capitulo 8: El frío en las venas

​El llanto de Enzo en el galpón de Chacarita fue corto, pero tuvo la fuerza de un dique rompiéndose. Carla se quedó ahí, firme, sosteniendo el peso de sus hombros caídos hasta que el pibe logró regular la respiración. Cuando Enzo se separó, tenía los ojos enrojecidos y una expresión de pura derrota que intentó camuflar pasándose la mano sucia por la cara, dejando un rastro de grasa negra en su frente.

​—Perdón por el espectáculo, flaca —dijo con la voz rota, volviendo a levantar la barreta del piso para dejarla sobre la mesa con un golpe seco—. No suelo ponerme así. Es que el Tuerto... sabe exactamente dónde pegar para que me duela.

​—No me pidas perdón, Enzo —Carla le tomó la mano, obligándolo a dejar de ordenar las herramientas de manera compulsiva—. Te está jugando con la cabeza. Te usa la culpa de Luz para tenerte agarrado. ¿Cuánta plata le debés realmente?

​Enzo soltó un suspiro pesado y se sentó en el cajón de cerveza, apoyando los codos en las rodillas.

​—No es una fortuna, pero para mí lo es. Cuatro casi cinco millones de pesos de la última mercadería que no llegué a mover porque... bueno, porque choqué. El Tuerto dice que por mi culpa esa plata se perdió en el asfalto, y que además le debo la vida de la hermana. El sábado tengo que ir al playón de la estación a pagarle la primera mitad si no quiero que esto pase a mayores.

​Carla pensó en sus propios ahorros, en los pocos billetes que lograba rascar del centro de copiado y que guardaba celosamente para las cuentas de su casa. No era nada comparado con lo que Enzo necesitaba. El pozo parecía volverse cada vez más profundo.

​—Vamos a conseguir esa plata, Enzo. Pero prometeme que después de eso te abrís de esa gente para siempre —le pidió, agachándose para quedar a su altura.

​Enzo la miró con una mezcla de ternura y lástima.

​—Ojalá fuera tan fácil salir, Carla. Pero te lo prometo. Por vos, lo voy a intentar.

​El regreso a casa fue entrada la noche estuvo marcado por un silencio denso. El viaje en moto ya no tuvo la adrenalina del escape, sino el peso de una cuenta regresiva que terminaba el sábado.

​Cuando Carla abrió la puerta de su casa, se preparó mentalmente para otra ronda de gritos de su madre. Sin embargo, lo que encontró fue mucho peor: el living estaba a oscuras, y Elena estaba tirada en el piso, boca abajo, cerca de la mesa ratona. Una botella de ginebra rota a su lado había empapado la alfombra gastada.

​—¡Mamá! —Carla tiró la mochila al diablo y se arrojó al suelo, tomándola de los hombros para darla vuelta.

​Elena tenía la respiración superficial, el rostro pálido y los labios sutilmente azulados. No respondía a los estímulos. El pánico, frío y agudo, paralizó a Carla por un segundo. El alcoholismo de su madre había cruzado la línea de la autodestrucción cotidiana para convertirse en una sobredosis médica.

​—¡Mamá, por favor, despertate! ¡Reaccioná! —gritaba Carla, sacudiéndola mientras las lágrimas le nublaban la vista. Su celular no tenía crédito para llamar a la ambulancia y el teléfono fijo hacía meses que estaba cortado por falta de pago.

​Desesperada, Carla corrió hacia la casa de Enzo. Cruzó la entrada a los tropezones y empezó a golpear la puerta de Enzo con los puños, rompiendo el silencio de la madrugada.

​—¡Enzo! ¡Ayudame, por favor! ¡Mi mamá no reacciona! ¡Enzo!

​La puerta se abrió casi de inmediato. Enzo, que estaba por acostarse, vio el terror puro en los ojos de Carla y no preguntó nada. Corrió detrás de ella directo hacia la casa.
​Al ver a Elena en el piso, Enzo se arrodilló al instante. Le tomó el pulso en el cuello con dedos rápidos y precisos, pegando la oreja a su pecho.

​—Tiene el pulso bajísimo, Carla. Está entrando en un coma etílico —dictaminó Enzo, levantando a la mujer en brazos con una facilidad sorprendente, a pesar del estado de debilidad en el que él mismo solía estar—. No hay tiempo para esperar la ambulancia de hospital público. La llevo en la moto. Buscá una manta y subite atrás. ¡Dale!

​Carla reaccionó en automático. Agarró una manta, cerró la puerta con llave y corrió a la calle. Enzo ya había encendido la moto y acomodado el cuerpo de Elena adelante, sosteniéndola contra el tanque de nafta con su propio torso. Carla se subió atrás, sosteniendo a su madre desde los hombros para que no se desplazara hacia los costados.

​—¡Agarrate fuerte, flaca! —gritó Enzo, y aceleró a fondo, saliendo al asfalto húmedo de la avenida Córdoba.

​La madrugada de Buenos Aires se transformó en un borrón de luces rojas y sirenas imaginarias. Enzo manejaba como un poseído, esquivando los autos con una destreza salvaje, rompiendo todas las leyes de tránsito pero con un control absoluto del vehículo. Carla sentía el viento helado golpearle la cara, el cuerpo inerte de su madre entre sus brazos y la espalda de Enzo como la única pared que la separaba de la locura.

​Cinco minutos después, la moto frenó derrapando en la entrada de la guardia del Hospital Durand.

​—¡Una camilla! ¡Urgencia! —gritó Enzo, bajando de la moto con Elena en brazos, entrando a los empujones por las puertas de la guardia mientras los médicos y enfermeros corrían a su encuentro.

​Acostaron a Elena en una camilla de lona y se la llevaron pasillo adentro, perdiéndose tras unas puertas dobles de la sala de shock. Carla intentó seguirlos, pero una enfermera la frenó con una mano en el pecho, pidiéndole que se quedara en la sala de espera para llenar los papeles de ingreso.

​Carla se dejó caer en una de las sillas de plástico frío de la sala, temblando de pies a cabeza. El olor a desinfectante y el llanto de otros pacientes la mareaban. Se tapó la cara con las manos, sintiendo que el mundo finalmente se le había venido abajo.

​Fue entonces cuando sintió unos brazos fuertes rodearla. Enzo se sentó a su lado, atrayéndola hacia su pecho, dejando que ella empapara su remera con un llanto desconsolado.




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