El lunes arrancó con un sol pálido que no alcanzaba a calentar el asfalto de Almagro. Para Carla, el inicio de la semana se sintió como entrar a un campo minado donde cada paso tenía que ser medido al milímetro.
Dejó a su madre en la cocina, sumida en un silencio denso y sin mirarla a los ojos mientras tomaba un té amargo. La fragilidad de Elena era una bomba de tiempo, pero Carla ya no tenía espacio mental para el miedo: la amenaza del Tuerto sobre el centro de copiado retumbaba en su cabeza con cada latido.
A las dos de la tarde, el subsuelo de la fotocopiadora era un infierno de papel y vapor de tóner. Carla trabajaba a una velocidad frenética, pasando carpetas, anillando apuntes y cobrando con una precisión casi mecánica.
—Che, Carla, bajá un cambio que vas a fundir la máquina —le dijo Julián, apoyándose en el mostrador con una planilla en la mano—. Estás trabajando como si te persiguiera la policía.
Carla no levantó la vista de la guillotina de papel.
—Necesito hablar con el encargado, Juli. Necesito pedir un adelanto de sueldo.
Julián la miró con preocupación, borrando la sonrisa de su cara.
—Sabés cómo es el viejo, Carla. No suelta un peso por adelantado ni aunque se esté cayendo el techo. Además, ¿qué pasó? ¿Tu vieja de nuevo?
—Necesito la plata, Julián. Es urgente —respondió ella, clavando la mirada en los ojos de su compañero, con una desesperación contenida que no pudo ocultar.
Julián suspiró, miró hacia la puerta de la oficina del fondo y luego se metió la mano en el bolsillo del pantalón. Sacó su billetera, revisó los billetes y extrajo un fajo ajustado con una gomita.
—El viejo no te va a dar nada, pero yo tengo esto guardado para el repuesto del auto. Son cincuenta mil pesos. No es mucho, pero tomálos. Me los devolvés cuando podás.
Carla se quedó paralizada. Miró los billetes arrugados y luego a Julián, sintiendo un nudo en la garganta que amenazaba con hacerla romper en llanto ahí mismo.
—Juli... no puedo aceptarte esto...
—Tomálos y no digas nada antes de que me arrepienta —le dijo él, empujando la plata hacia su mano—. Y por lo que más quieras, no te metas en nada raro, Carla. Tenés una cara de peligro que da miedo.
Mientras tanto, en el taller de Chacarita, el ambiente era igual de espeso.
Enzo tenía el torso al desnudo, cubierto de sudor y grasa, golpeando con un martillo de goma el chasis torcido de una camioneta. Cada impacto hacía vibrar el galpón, liberando la furia contenida de un pibe que veía cómo las horas se le escurrían entre los dedos.
De pronto, el sonido de una moto frenando en la puerta del taller lo hizo congelar el movimiento. Enzo dejó el martillo sobre la mesa y caminó hacia la entrada con la mirada dura, esperando ver la gorra del Tuerto.
Pero no era el Tuerto. Era un pibe joven, de no más de veinte años, con una campera holgada y la cara llena de acné, que bajaba de una moto de baja cilindrada sin patentes.
—¿Enzo? —preguntó el pibe, mirando hacia todos lados con nerviosismo.
—Depende de quién pregunta —respondió Enzo, cruzándose de brazos, mostrando los músculos tensos y las cicatrices del pecho.
—Me mandó el Tuerto —dijo el pibe en voz baja, sacando un sobre pequeño del bolsillo de su campera—. Me dijo que te diera esto. Y que te recuerde que la semana que viene no hay prórroga.
Enzo le arrebató el sobre de las manos. El pibe no esperó respuesta: se subió a la moto, le dio una patada al arranque y salió quemando goma por la cortada de Chacarita.
Enzo abrió el sobre con dedos temblorosos por la rabia. Adentro no había una nota, ni una amenaza escrita. Había una fotocopia arrugada y en blanco y negro del carnet de estudiante de Carla, el mismo que ella usaba para pedir los libros en la biblioteca de la facultad.
La sangre de Enzo se transformó en hielo instantáneo. El Tuerto no solo sabía dónde trabajaba; la había estado siguiendo, sacándole fotos, marcándola como un objetivo fácil.
El agarre de Enzo destruyó el papel dentro de su mano, convirtiéndolo en un bollo insignificante. La furia y el pánico se mezclaron en su pecho como una bomba de tiempo. Ya no se trataba de una deuda, ni de la memoria de Luz, ni de la culpa del pasado.
Se trataba de Carla. Y si tenía que venderle el alma al diablo para conseguir los dos millones de pesos que le faltaban antes del fin de semana, lo iba a hacer esa misma noche.
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Editado: 01.08.2026