CAPÍTULO 18
EL SEÑOR REMINGTON
Un equipo de emergencia llega poco después. La casa se ha convertido en un escenario de horror. En medio de la pesadilla me hacen las mismas preguntas una y otra vez.
“¿A qué hora fue la última vez que lo vio? ¿Ha intentado comunicarse con él? ¿Está segura de que él no le avisó que tendría que salir? ¿No estará la niña con alguien más? ¿Quizás con los abuelos? Es importante que no oculte nada…”
Repito mis respuestas hasta el cansancio. Ellos husmean por todas las habitaciones y a mí me parece que pierden el tiempo buscándolos porque yo no he dejado un centímetro de la casa sin revisar. Hago mi mayor esfuerzo por no dar rienda suelta a la desesperación, para no gritar. Aunque eso es lo único que tal vez alivie mi tensión.
—Yo soy la primera interesada en saber dónde está mi niña. Les he dicho todo lo que sé —mantengo mi palabra firme, sin titubeos.
—Lo que sucede, señora…es que muchas veces no hay una desaparición como tal, sino que fue un olvido. El padre pudo haber avisado que llevaría la niña a algún sitio y usted lo olvidó…esos casos se dan y en verdad nos resulta un desperdicio de tiempo y recursos —explica con frialdad denotando en cada palabra que el caso podría no tener relevancia.
Niego con la cabeza de forma contundente.
—Escúcheme, señor policía…mi niña es una recién nacida. No hay familiares a donde llevarla. Además, el padre de mi hija nada me dijo y para colmo su teléfono no da señales de vida —la paciencia se me agota.
Ellos me miran de una forma que me hacen pensar que no me creen. No obstante, el asunto adquiere otro cariz cuando les cuento sobre los pormenores del día. Les llama la atención la historia del doctor que no existe y la insistencia de Parker a que lo visitara.
Uno de los oficiales me escucha con atención y levanta una ceja con suspicacia. Lo considero como una buena señal y le entrego la tarjeta que había sepultado en el fondo de mi bolso. La toma en su mano y la mira con detenimiento. Al fin, me parece que alguien va a dar el sentido de urgencia que amerita la desaparición de mi hija.
—Tendrá que acompañarnos a hacer una denuncia. Sería conveniente que traiga cualquier documentación que tenga sobre la identidad de la niña y su padre —me informa.
Yo quedo paralizada por un instante. No tengo nada de lo que me pide. La niña aun no ha sido registrada oficialmente y de Parker no tengo nada. Jamás vi su cédula y no conozco su familia. En este momento me doy cuenta de que Parker es poco más que un desconocido.
De pronto siento que se apaga la pequeña llama de confianza que el oficial había puesto en el caso. Pero no le permito perder el interés explicándole las irregularidades de mi embarazo y el nacimiento de la pequeña Rosie. No lo culpo por sus dudas. Incluso a mí me cuesta creer lo inverosímil de la historia.
Cuando dieron por terminado el registro de la casa, los acompaño hasta la estación de policía para hacer una denuncia formal de secuestro de una menor. Es un proceso devastador porque debo mostrar una fortaleza que no tengo. Lo que quiero es llorar, desahogarme. Me trago el dolor el tiempo que dura el proceso teniendo que escuchar palabras que laceran mi corazón de forma cruel.
—Tenga presente que no tenemos constancia de que usted sea la madre, ni siquiera nos consta que la niña exista. Para los efectos, usted nunca estuvo embarazada ni dio a luz. No hay evidencia de nada.
Me levanto indignada del asiento.
—¿Cómo se le ocurre decir algo así? ¡Por supuesto que tuve a mi hija! ¡Tengo fotos de ella! El padre se llama Parker Gianmarco —exclamé sin poder contenerme.
—Cálmese, señora —me pide el oficial que toma mi declaración —Solo le indico lo que establece la ley. Como usted puede imaginar, unas fotos no evidencian que la niña es suya…comprenda…sin un expediente médico, sin nadie que testifique la veracidad de su historia, es como si esa niña nunca existió.
Me pongo furiosa. ¿Me está tomando por loca? Lo miro con rabia y con deseos de cachetearlo. Pero eso no ayudaría mi caso. Respiro profundo y hago un esfuerzo sobrehumano para controlarme porque más allá de la furia, estoy destrozada. No comprendo por qué me está sucediendo esto. ¿Por qué Parker desapareció con la niña? La cabeza me da vueltas y de tantas impresiones sufridas comienzo a sentir un fuerte dolor de cabeza.
—Lea todo bien y firme aquí —me señala una línea al final del documento —Y no se preocupe, uno de nuestros agentes la llevará de regreso a su casa.
—Pero ¿Qué hago mientras tanto? —pregunto angustiada.
—Esperar, señora. Nosotros comenzaremos la investigación. Usted solo debe esperar…
Me siento vencida. Hice todo lo que pude, pero no siento otra cosa que dolor y angustia. Me subo a un auto oficial que me regresa a la casa y en cuanto cruzo la puerta me pongo a llorar. La presencia de mi hija está en todos los rincones de la casa, sus cosas dispersadas por todas partes y todavía puedo oler el suave aroma de su piel. El silencio abrumador de la casa solo es interrumpido por mi llanto.
El resto del día lo paso desesperada, doy vueltas por la casa como una demente. Siento que la cabeza me va a explotar de tanto pensar. ¿Dónde estará mi pequeña Rosie? Ya es pasada la hora de lactar y siento los pechos adoloridos. Con infinita tristeza extraigo la leche y la guardo para cuando Parker regrese con la niña.
La noche cae con su manto oscuro y me invade un dolor acaso más agudo, uno que nunca disminuye, sino que se acrecienta con cada minuto que pasa. La noche es una agonía, la paso en vela, incapaz de conciliar el sueño. Cuando al fin logro unos minutos de descanso, las pesadillas me agobian y despierto con el corazón agitado.
Al amanecer me despierto con un fuerte toque en la puerta. Quedo sentada en la cama de un sopetón. El despertar ha sido tan abrupto que estoy aturdida. Los golpes en la puerta vuelven a escucharse por lo que me tiro una bata encima y corro a abrir la puerta. ¿Será que encontraron a mi hija? El júbilo y la expectativa se mezclan dentro de mí.
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Editado: 12.01.2026