CAPÍTULO 29
LLAMADA
No logro recordar con precisión el instante exacto en que nuestras bocas se encontraron. Solo permanece en mi mente el eco de su voz, susurrándome al oído:
“Allison… mi Allison…” Y entonces, sin más, me besa.
Yo correspondo a ese beso con pasión desenfrenada, con la intensidad de un animal que, tras tanto tiempo enjaulado, saborea por primera vez la libertad. Intrépida. Voraz. Mi cuerpo se convierte en un susurro liviano entre sus brazos, y durante unos segundos consigo olvidarme del mundo que nos rodea. Ahí, en ese instante, solo existimos él y yo; todo lo demás desaparece.
De repente, él se detiene.
La fuerza del momento parece abrumarlo, obligándolo a separarse unos segundos. Se aleja lo justo como para mirarme directamente a los ojos antes de musitar con firmeza y urgencia:
“Vámonos…”— No me da tiempo siquiera a protestar o preguntar. Toma mi mano con decisión y juntos salimos casi corriendo, como si detrás de nosotros el lugar estuviera envuelto en llamas que nos empujaran a huir.
Yo lo sigo sin dudar, poseída por una sensación tan visceral e irrevocable que apenas puedo pensar con claridad. Ya en el auto, el silencio se convierte en un lenguaje compartido. Las palabras no tienen cabida, pero entre nosotros algo cruje, vivo e ineludible: una tensión palpable que no necesita explicarse. Nada se dice, y sin embargo, todo está dicho.
Cuando finalmente llegamos a la casa, la tormenta estalla de nuevo. Apenas cruzamos la puerta, Logan se abalanza sobre mí con una urgencia casi indomable. Sus manos exploran mi cabello hasta deshacerlo por completo, y al oír algo caer al suelo—quizá un arete—confirmo que me he rendido por completo a su ímpetu.
“Este es el problema que tengo sin resolver…”—murmura entre jadeos contra mi cuello mientras sus labios cubren cada rincón que encuentran. Yo le respondo con la misma furia contenida, entregándome al instante porque siento que no hay nada más fuerte ni más real que esto. Es como si dentro de mí retumbara un océano inmenso e imparable.
Con lentitud, Logan me guía desde la entrada hasta nuestro dormitorio. Cada paso parece cargado de intención y deseo creciente. Entonces, incapaz de retener mis pensamientos entre el efecto del vino y el vértigo del momento, dejo escapar las palabras que me quiebran desde adentro:
—¿Es este el momento de saldar mi deuda?
En cuanto las digo, él se detiene por completo. Como si mis palabras fueran un muro invisible, todo cambia en un segundo. Su expresión pierde el calor y la intensidad; ahora su rostro lleva una palidez que no entiendo y una sombra de algo más profundo que no puedo descifrar.
—No… no digas eso —responde con voz quebrada mientras niega suavemente con la cabeza.
Yo me quedo inmóvil, paralizada por la incomprensión.
—Quiero que te mudes a otra habitación —dice al fin sin levantar la voz, aunque cada palabra parece pesarle como si le arrancara algo de sí mismo. Miro sus ojos con incredulidad mientras el desconcierto se instala en mi pecho como una piedra fría.
—No quiero irme… ¿Por qué? Mis ojos interrogantes y clavados en los suyos.
—Es lo mejor para los dos—su tono no es duro ni cruel, sino cargado de una tristeza densa que no intenta ocultar—De hecho, quizás fue un error pedirte que te quedaras conmigo al principio…
Sus palabras hieren más de lo que esperaba. La súplica nace en mi garganta antes de saber siquiera lo que estoy diciendo:
—Pero quiero quedarme… Por favor, no me alejes así de ti. No esta noche. No lo hagas… Por favor…
***
A la mañana siguiente, mi nuevo dormitorio se siente frío y desolado. Me levanto con prisa, incapaz de soportar el vacío de despertar sin él a mi lado. Una sola noche ha sido suficiente para sentir su ausencia.
Tras asearme, me dirijo a la cocina y noto que Logan no está. Suspiro al ver la taza de café abandonada a medio terminar sobre la mesa y confirmo su partida al notar que su juego de llaves no está. Se fue temprano, quizás evitando encontrarse conmigo. Max se acerca, frotándose contra mis piernas en busca de atención. Le acaricio el pelaje y él me lo agradece lamiéndome la mano con su cariño incondicional.
Desayuno ligeras migajas, intentando distraerme y despejar mi mente del incidente de la noche anterior. Necesito enfocarme; mi prioridad es ganar la confianza de Alma antes de que ese infeliz de Parker aparezca de nuevo.
Mientras camino hacia mi destino, mis pensamientos giran en torno al plan: elaborarlo, ejecutarlo... con calma. Lo sé. Pero el tiempo juega en mi contra y no puedo darme el lujo de fracasar. Al llegar, encuentro a Alma preparándose para salir apresurada.
—Qué bueno que llegaste, Alice. La niña está en la cuna, ya tomó su leche —dice rápidamente mientras reúne sus cosas—. Voy con prisas; apenas vuelvo al trabajo y ya tengo la agenda hasta el tope.
Sin dejar de hablar, ajusta la correa de su zapato al tiempo que toma su bolso.
—Te encargo mucho a Tamy… anoche me pareció que tenía algo de fiebre. No estoy segura, tal vez solo sea cosa mía… cosas de madre, ya sabes. Bueno, tú no sabes, no eres madre… pero puedes imaginarte.
Dicho esto, sale y cierra la puerta con tal rapidez que apenas tengo tiempo de responder nada y quedo boquiabierta. Tal vez fue lo mejor.
Rossie está despierta. Al verme, su carita se ilumina con una inmensa alegría que derrite mis preocupaciones por un instante. Mi pequeña... lo único auténtico y puro que tengo en este mundo. La tomo entre mis brazos, llenándola de besos mientras acaricio su suave mejilla de bebé.
De pronto, el timbre de un teléfono interrumpe nuestra calma. Es un sonido ajeno; no proviene del mío. Guiada por la curiosidad, sigo el ruido hasta encontrar un móvil sobre el mostrador de la cocina. Alma debe haberlo olvidado en medio de las prisas. Reviso la pantalla e inmediatamente siento un escalofrío al leer el nombre Oliver marcado en ella.
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Editado: 04.02.2026