CAPÍTULO 33
ENCUENTRO
Permanezco de pie junto a la ventana, pero mi mirada está fija en la puerta. Cada segundo que pasa se estira indefinidamente, llenando el espacio de una tensión asfixiante. Apenas puedo respirar; el miedo me ha paralizado por completo. Sostengo a Rossie entre mis brazos con desesperación, aferrándome a ella como si fuera un escudo. Su pequeña presencia, cálida y tranquila, es lo único que me da fuerzas para enfrentar lo inevitable.
La puerta comienza a abrirse con lentitud, y la risa despreocupada de Alma confirma lo que tanto temía: Parker ha llegado. Y ella, completamente ajena, se regocija.
Todo sucede en un instante, pero el peso de la situación lo hace sentir eterno, irreal incluso.
Después de tanto tiempo, ahí estamos Parker y yo, cara a cara. Ya no somos quienes éramos. Él ya no es el hombre del que alguna vez estuve perdidamente enamorada, y yo ya no soy esa chica inocente y manipulable que él conoció. Si alguna vez significamos algo el uno para el otro, ya no importa. En este momento, somos poco más que enemigos.
Puedo ver en su rostro que mi presencia lo ha desconcertado tanto como la suya me ha afectado a mí. Ambos estamos petrificados, inmóviles, con ojos que apenas logran parpadear. La calidez que traía al entrar es reemplazada rápidamente por el frío del pavor. Ni él ni yo estábamos preparados para esto. Siento cómo la atmósfera se endurece; aquí, solo el más fuerte prevalecerá.
Parker se detiene abruptamente al cruzar el umbral, mientras Alma, ajena a todo lo que ocurre bajo la superficie, lo invita con entusiasmo a tomar a la niña en brazos.
—¿Qué ocurre, amor? —bromea su voz con ligereza—. ¿Te has quedado sin palabras al ver cuánto ha crecido Tamara? Lo entiendo… ya no es aquella pequeñita que dejaste atrás. Pero vamos, ¡no te quedes así! ¡Cárgala! Seguro te reconocerá apenas la sostengas.
¿Cómo es que Alma no se da cuenta? Su falta de percepción me genera una mezcla extraña de alivio y asombro. Nunca he estado tan agradecida por su inocencia como ahora. Sin embargo, en su intento por suavizar las cosas, insiste en devolver a Parker su compostura.
—Está bien… dame a la niña —dice mientras toma a Rossie de mis brazos para entregársela directamente.
Observo a Parker intentar esbozar una sonrisa cuando toma a Rossie. Su mandíbula está tensa y pequeñas gotas de sudor le resbalan por las sienes. Mi estómago da un vuelco desagradable al verlo cargándola. Por primera vez desde que entró, aparta sus ojos de mi rostro y los fija exclusivamente en ella. Su expresión cambia; la estrecha contra su pecho y planta dulces besos sobre sus rizos oscuros y suaves.
—¡Ay, ¡qué despistada soy! —ríe Alma —. Aún no los he presentado. Oliver... ella es Alice, nuestra niñera estrella, ¿recuerdas? Te hablé mucho de ella.
—Claro… Sí, un gusto conocerte, Allison —murmura Parker con un tono nervioso e inseguro.
Alma estalla en una carcajada abierta ante su pequeño desliz.
—No, amor…No es Allison… ¡es Alice! —lo corrige siempre entre risas.
Parker logra recomponerse apenas un poco antes de dirigirse nuevamente hacia mí.
—Disculpe, señorita Alice —dice con una rigidez distante. Mi respuesta sale rápida y calculada:
—No se preocupe, señor Remington… no tiene importancia.
Todo esto se siente como una comedia absurda escrita por algún autor malicioso. La forma en que Parker simula no conocerme es tan ridícula como inquietante. No sé cuál es su juego esta vez ni cuál es su intención al fingir desconocerme. Pero si algo tengo claro es que este encuentro está lejos de ser un simple azar.
Me dispongo a salir, despidiéndome con rapidez.
—Bueno, ya me voy. Me alegra su regreso, señor —comento antes de volverme hacia Alma—. Hasta mañana.
Ella me mira con una sonrisa amable mientras acomoda a la pequeña en sus brazos.
—Amor, podrías acompañar a Alice hasta su auto. Ha estado aquí más tiempo del que debía y ya está oscureciendo —le dice a su esposo.
—Por supuesto, cómo no —responde él con tono tranquilo.
Su fingida cordialidad me descoloca; su habilidad para mantener esta apariencia de normalidad es desconcertante, como si nada pudiera delatar lo que realmente ocurre. Por un momento pensé en negarme a que me acompañara, pero comprendí que él no dejaría pasar la oportunidad de tenerme a solas. Seguramente, intentaría intimidarme, insultarme o lanzarme una amenaza. Lo que él no sabía es que yo aprovecharía esos instantes para marcar mi posición. Si queríamos llamarlo guerra, él debía saber que yo estaba lista para combatir.
Sin más demora, avancé con paso rápido hacia el auto, deseando poner distancia de la casa lo antes posible. Pero no tardó en seguirme. Sentí cómo su mano se cerraba alrededor de mi antebrazo, deteniéndome con un gesto lleno de hostilidad y desafío.
—¡No me toques! —espeté con rabia, soltándome de un tirón.
Vi el enojo invadir su rostro, los dientes apretados y esa mirada llena de furia contenida.
—Escúchame bien, estúpida. No sé qué pretendes, pero te aseguro que vas directo a perder. La niña es legalmente mía y de Alma. Para todo el mundo, tú nos la entregaste; así consta en los registros. Ni sueñes con recuperarla. Y si intentas algo, te denunciaré —su voz era un látigo cargado de amenaza.
El descaro de sus palabras me hizo hervir la sangre. ¿Cómo se atrevía siquiera a afirmar que yo había "entregado" a mi hija? Y encima, a tratar de silenciarme así.
—¡Hazlo! Atrévete a hacerlo —respondí con rabia contenida mientras mis palabras brotaban como un torrente—. Porque entonces aprovecharé para contarle toda la verdad a tu mujer… a tu verdadera mujer. Le diré que fuiste tú el miserable que me engañó. Porque déjame aclararte algo: ella ya sabe una parte de la historia. Lo único que ignora es que tú fuiste el hombre detrás de todo eso.
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Editado: 26.02.2026