CAPÍTULO 36
RAYO DE LUZ
Estoy agotada de golpear la puerta y de gritar mi verdad al vacío. La puerta no vuelve a abrirse, y parece que llevaron a la niña a su habitación, porque ya no escucho su llanto. Unos vecinos que pasaban se detuvieron a mirarme, como quien observa a alguien fuera de sus cabales. Sentí una punzada de vergüenza por el espectáculo que estaba dando y decidí marcharme.
Al subir al auto, no tenía claro hacia dónde debía ir. Conduje mientras un sollozo ahogado me atravesaba, y sin darme cuenta terminé llegando a la estación de policía.
—Vengo a consultar sobre el avance de una investigación por una denuncia que hice hace meses, fue lo primero que dije.
La persona en la recepción me atendió con un gesto de hastío. Masculló un saludo carente de interés y mantuvo sus ojos clavados en la pantalla de la computadora, sin siquiera dignarse a mirarme. Seguramente está acostumbrado a recibir gente como yo, personas que buscan una justicia que no encuentran. Vivimos en un mundo donde solo ganan los fuertes, los que cuentan con amigos influyentes o el dinero suficiente para costear buenos abogados. Los demás terminamos olvidados en un rincón.
Al final me preguntó quién había tomado mi denuncia. Tras revisar unos papeles, mencionó que ese agente no estaba en ese momento.
—¿Podría revisar mi carpeta? Tal vez haya alguna información importante —pedí con cautela.
—No puedo —respondió de forma cortante.
El silencio se hizo entre nosotros, cargado de cosas que ninguno se animaba a verbalizar. Evalué la amarga ironía del momento: los dos lucíamos desgastados, hartos, como si ambos deseáramos estar en cualquier otro lugar menos ahí.
—Tengo información nueva que podría ayudar... Mi caso es sobre el secuestro de mi hija, y creo que sé dónde está... Puedo decirles el lugar... —insistí con un hilo de voz.
—Señora —interrumpió, con un tono tan firme que dejó claro que no admitiría discusión— aquí no hay constancia de que usted tenga o haya tenido una hija. No presentó documentación alguna para probarlo. Perdóneme si soy franco, pero... ¿ha pensado en consultar con un psiquiatra?
Me quedo mirando a la nada, atrapada en la frialdad de su indiferencia hacia mi dolor. Aunque quizás su sugerencia no sea tan descabellada. Tal vez sí necesito ayuda para revisar mi estado emocional. Me marché de allí, más rota de lo que había llegado.
En el camino sentí ganas de llamar a Jessie y contarle todo, desahogarme hasta quedarme vacía, pero antes de siquiera buscar su número, fue ella quien me llamó como si pudiera sentir lo que necesitaba.
El sonido de su voz fue un bálsamo; por un momento mi corazón se alegró y recordé que la humanidad podía ofrecer algo bueno aún. Me contó que iba a casarse y quería que yo fuera su dama de honor. La noticia me llenó de alegría; por un breve instante olvidé mi tristeza y me empapé de su entusiasmo. Jessie merece ser feliz más que nadie.
Quise abrirle mi corazón, decirle cuánto me duele todo esto, pero no podía ensombrecer su dicha con mis cargas. Así que opté por escucharla, felicitarla una y otra vez y prometerle que estaría allí para ella. Su voz dulce y preocupada me preguntó en más de una ocasión si estaba bien; mantuve mi sonrisa, aunque vacía, y le aseguré que todo estaba en orden.
Cuando finalmente regresé a casa, Max corrió hacia mí con la alegría irreprimible de siempre. Lo alcé en brazos y lo llevé al sillón conmigo; acariciar su cálido pelaje comenzó a calmarme poco a poco. Al menos con él no tenía que fingir ninguna máscara; en sus ojos silenciosos encontraba algo parecido a la comprensión plena, sin palabras ni juicio.
No sé cómo ocurrió, pero me quedé dormida en el sofá. Me desperté de golpe y asustada. Al abrir los ojos, ahí estaba Logan frente a mí. Me había cubierto con una frazada y parecía llevar un buen rato velando mi descanso. Su mirada, cargada de preocupación y ternura, me conmovió profundamente. Hacía tanto que no experimentaba un gesto tan genuino de cuidado hacia mí.
Me incorporé de golpe, un tanto cohibida por lo vulnerable que me había quedado frente a él.
—No hace falta que te levantes, puedes descansar un poco más —dijo con voz tranquila.
—No, claro que no... Es que no me di cuenta y... —balbuceé todavía algo adormecida.
Logan sonrió y con un gesto afable me pidió que volviera al sofá.
Fue en ese momento cuando lo noté: cómo su rostro se transforma al sonreír, como sus palabras son siempre amables. Es una mezcla reconfortante de paz, quietud y esperanza... justo las emociones que más necesitaba en este instante.
—Creo que necesitas reposar. Los últimos días han sido duros; tu cuerpo lo está resintiendo. Deberías cuidarte más.
Descansar es lo último en mi lista de opciones. Estoy convencida de que cualquier distracción, por mínima que sea, sería suficiente para que Parker desaparezca con la niña sin dejar rastro.
—Cada día es una batalla. No puedo darme el lujo de descansar... —admití, sintiendo el eco áspero y amargo de mis palabras en mi boca.
—¿Quieres hablar de ello? Cuéntame… ¿Cómo te fue hoy? —preguntó mientras se sentaba junto a mí.
La cercanía era ineludible; compartíamos la misma frazada, demasiado próximos. El calor de su piel contra la mía tenía un efecto inesperado: me reconfortaba, me hacía sentir protegida. Como si solo pudiera estar realmente segura cuando él está conmigo.
Le relaté todo lo ocurrido, desde el escándalo que provoqué frente a la casa de Alma y Parker hasta mi visita al cuartel de la policía. La desesperación me desbordó tanto que terminé confesándole cosas que nunca había compartido con nadie. Le hablé de mi infancia marcada por el abandono y la tristeza, de mi anhelo de formar una familia, y de la profunda traición que sufrí. Todo salió a la luz porque ya no podía soportar el peso de llevar esa carga dentro de mí.
#200 en Novela romántica
#86 en Novela contemporánea
superacion decepcion empezar de nuevo, lucha entre familias, engaño y traicion
Editado: 26.02.2026