Devuélveme A Mi Hija

CAPÍTULO 41: JUEZ

CAPÍTULO 41

JUEZ

Pensé que ese día nunca llegaría. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Una semana? ¿Un mes? Era desgarrador observar cómo el tiempo transcurría sin posibilidad de recuperarlo. Me atormentaba especialmente la idea de que Rossie pronunciara sus primeras palabras y llamara mamá a una mujer que no lo era, a una desconocida, alguien que la había arrebatado y retenía a pesar de conocer la verdadera historia de lo ocurrido. Qué acto tan cruel.

Por eso, en el preciso instante en que el teléfono sonó con la llamada de uno de los abogados, sentí una punzada en el pecho. De alguna manera supe, antes de escuchar siquiera una palabra, que esa sería la llamada que tanto había esperado.

—Prepárese, la audiencia con el juez será mañana —dijo de manera directa.

Tuve que sentarme porque la noticia casi me hizo perder el equilibrio. Estaba sola en casa en ese momento, aunque incluso Max, mi fiel compañero, pareció percatarse de que algo importante acababa de ocurrir. Ladeó la cabeza y me miró fijamente, con una expresión inquisitiva que normalmente reservaba para momentos extraordinarios.

El abogado continuó explicándome en detalle lo que sucedería al día siguiente. Me aclaró los pasos del proceso y lo que debía esperar. Incluso se tomó el tiempo para darme recomendaciones sobre cómo vestir.

—Entre más profesional se vea, mejor impresión causará. Ya sabemos que la vestimenta no refleja estabilidad emocional ni cualquier otra cualidad interna, pero en una corte las apariencias siempre cuentan, aunque afirmen lo contrario —argumentó con firmeza.

—También es imprescindible que conserve la compostura. Nada de exabruptos ni acciones que atraigan atención negativa hacia usted. Manténgase enfocada y con la mente clara —añadió con determinación.

Le agradecí cada una de sus indicaciones y me comprometí a seguirlas al pie de la letra. Sabía que necesitaría un autocontrol casi sobrehumano para contener mis emociones, aunque por dentro deseara gritar mi verdad al mundo o arrancar a mi hija de sus brazos de una vez por todas.

Le informé a Logan tan pronto llegó. Aunque se ofreció a acompañarme, rechacé su propuesta. Me sentía plenamente apoyada por el equipo de abogados que estaría conmigo y, además, él ya había hecho más que suficiente por mí. Siguió insistiendo, pero sin presionarme, algo que agradecí profundamente. Finalmente, accedió con la condición de que lo mantuviera informado de todo y lo llamara si llegaba a necesitarlo.

—No voy a estar tranquilo hasta que me digas cómo va todo —reiteró.

—Está bien, está bien —cedí al fin.

***

Al llegar al juzgado, distingo a lo lejos las figuras de Alma y Parker. Ambos están de espaldas, lo que les impide notar mi presencia inmediata. Él tiene su brazo rodeando la cintura de ella, atrayéndola hacia sí, mientras ella parece tensa y preocupada. No logro divisar a la niña por ningún lado, lo cual comienza a inquietarme profundamente.

—No trajeron a la niña —le susurro al oído a uno de los abogados que me acompaña.

Él me lanza una mirada reprobatoria.

—Le pedimos que no se alterara por nada, recuérdelo —me advierte con firmeza.

Decido no hacer más preguntas, aunque mantenerme imperturbable se vuelve una tarea titánica. La ausencia de mi hija alborota mis pensamientos; no puedo evitar imaginar lo peor. Había albergado la esperanza de verla, siquiera a la distancia, y enfrentar la posibilidad de no volver a verla jamás me llena de angustia. Aun así, hago un esfuerzo sobrehumano por aparentar serenidad.

Nos reservan una sala fría e inmensa en las afueras del tribunal para aguardar nuestro turno. Nos indican que debemos esperar separados del resto, por lo que pierdo de vista a Alma y Parker. Mi ansiedad me impide permanecer sentada; no puedo quedarme quieta, así que opto por mantenerme de pie mientras la espera se vuelve interminable.

Después de un rato de espera, un alguacil nos informa que podemos entrar. Un escalofrío de angustia me recorre la espalda, acompañado de un torrente de sudor frío. Dirijo una mirada rápida a mis abogados, quienes con gestos me indican que es hora de pasar, y casi debo obligar a mis piernas a moverse. La presión que siento en este momento es abrumadora.

Uno de mis abogados se inclina hacia mí y, con tono firme pero calmado, repite las instrucciones que ya conozco: que permanezca en silencio hasta que me indiquen hablar, que responda a cada pregunta con seguridad y que sea extremadamente respetuosa con el juez. Lo demás depende de ellos.

Asiento en señal de comprensión, aunque sus palabras me dejan claro que temen mi reacción bajo tanta tensión.

Entramos a la sala en completo silencio. Nos ubican por separado, y hago un esfuerzo consciente por no mirarlos. Mantengo mi mirada fija al frente, pero por el rabillo del ojo distingo cómo Parker me observa con una fuerza intimidante, como si intentara desestabilizarme. Me niego a reaccionar; decido seguir el consejo de mis abogados y comportarme como si no notara nada. Alma, en cambio, parece evitarme por completo, sin siquiera un vistazo en mi dirección.

El juez hace su entrada, y todos nos ponemos de pie. Este es el momento más crítico de mi vida. Todo—mi futuro, el de mi hija—está ahora en manos de una persona que hasta hoy era un completo desconocido para mí.

Empiezan los procedimientos formales, una colección abrumadora de protocolos: la lectura del caso, la presentación de evidencias, los argumentos iniciales. Estoy completamente atenta a cada detalle mientras el juez mantiene un rostro severo e imperturbable. Esa neutralidad me brinda un pequeño consuelo; quiero creer que se guiará por los hechos presentados y no por favoritismos. Me aferro desesperadamente a esa idea para no perder la concentración ni la esperanza.




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