Devuélveme A Mi Hija

CAPÍTULO 42: IMPENSABLE

CAPÍTULO 42

IMPENSABLE

Esperamos afuera durante un tiempo indefinido que, honestamente, se sintió interminable. Finalmente, el alguacil aparece y nos indica que podemos regresar a la sala. De nuevo en nuestros lugares, seguimos el protocolo.

“Todos de pie. Se inicia la sesión” —anuncia el alguacil con una voz solemne.

Nos levantamos en señal de respeto y volvemos a sentarnos tras el juez. Un silencio absoluto invade la sala, todas las miradas se concentran en el estrado. La tensión crece a medida que los segundos transcurren. Mis manos empiezan a sudar. A estas alturas, ya no queda nada más que hacer, solo esperar su decisión.

El juez carraspea antes de comenzar. Se inclina levemente hacia el frente y comienza a hablar.

No logro captar cada palabra que pronuncia. Lo único que logro comprender es que revisó todas las pruebas, los testimonios y las investigaciones relacionadas con la adopción, y encontró algo llamado "duda razonable".

Desconcertada por el término legal, giro hacia mis abogados. Ellos, con un gesto tranquilo, me indican que mantenga la calma. Trago saliva con dificultad, sintiendo que la confusión me invade. Este no es momento para enfrentarse a más enigmas.

El juez continúa hablando, mencionando que se necesitan pruebas adicionales para poder dictar un veredicto. A medida que enumera términos que no comprendo, dejo de prestar atención. El dolor es demasiado.

“Tranquila. Las conseguiremos…”— murmura mi abogado cerca de mi oído.

Sin embargo, lo único que sobresale de todo su discurso es la sentencia clara y contundente: mientras el proceso siga en curso, la niña será retirada del hogar de los Remington y puesta bajo custodia del estado hasta que se resuelva el caso.

Mi mundo se tambalea. Un torbellino de angustia me arrebata las fuerzas. La decisión del juez retumba en mi interior con un peso abrumador. No puedo aceptar la idea de que mi hija pase un solo día en un orfanato. Mi historia no puede repetirse, su vida no será como la mía. Estoy decidida, me rehúso categóricamente a permitir que la traten como una niña abandonada. Estoy tan convencida de evitar ese destino que, si fuera necesario, aceptaría incluso que permaneciera con los Remington mientras tanto, únicamente hasta que todo esto llegue a su fin.

Me acerqué a mis abogados y les hice saber mi intención. No había forma de que pudiera aceptar con tranquilidad esa decisión, por muy legal que fuese.

“Prefiero que se quede con ellos mientras seguimos la lucha”— dije en un tono bajo pero firme.

Ellos intentaron decir algo; seguramente planeaban persuadirme. Pero yo no estaba dispuesta a ceder. Sabía que no podría soportar la idea de que mi hija pasara un tiempo indefinido en manos desconocidas. Al menos me aliviaba pensar en el amor profundo que Alma le tenía a Rossie. Con ella estaría bien cuidada. Conocía de primera mano como Alma adoraba a mi hija y eso era un hecho innegable.

Entonces ocurrió lo impensable.

Alma, quien hasta ese momento había permanecido en silencio con el rostro tenso y la mandíbula apretada, pidió permiso para hablar directamente al juez.

Todos nos quedamos atónitos. Incluso el juez parecía sorprendido; su reacción fue un respingo que no pudo ocultar. La sala entera quedó envuelta en una expectación casi palpable. Parker, quien hasta ese momento había sostenido una sonrisa de triunfo, perdió toda su compostura, empalideciendo hasta parecer de papel.

Cuando el juez le concedió la palabra, Alma no dudó ni un instante. Parecía como si cada palabra que iba a pronunciar hubiera sido cuidadosamente reflexionada durante mucho tiempo.

—Su señoría, deseo entregar a la niña a la señora Allison Monfort de manera libre y voluntaria. Es su verdadera madre, y es con ella con quien la niña debe estar.

Lo que ocurrió a continuación fue un torbellino de caos. Parker se levantó abruptamente, tan fuera de sí que su silla cayó al piso con estruendo.

—¿Qué estás haciendo? —le recriminó con hostilidad desbordada.

Alma abrió la boca para responderle, pero el juez, sin paciencia, golpeó el mazo dos veces con fuerza. El sonido resonó en cada rincón de la sala. Parker, en su furia, continuó con sus airados alegatos, completamente fuera de control. La tensión se cortó cuando el juez exigió orden e hizo señas a los alguaciles. Ellos no dudaron y se lo llevaron fuera de la sala por la fuerza, dejando tras de sí un silencio pesado y lleno de sorpresa.

“¿Qué está pasando?” —murmuré para mí misma, aún conmocionada por lo ocurrido, mientras mi corazón latía desbocado.

La sala recuperó su calma tras el abrupto momento. El juez repasó unos documentos con gesto serio mientras analizaba la propuesta de Alma. Luego le indicó que se acercara al estrado. Alma se levantó y mantuvieron un diálogo apenas audible. Ni siquiera el silencio sepulcral de la sala permitió distinguir lo que decían.

Tras concluir la conversación, Alma volvió a su asiento luciendo abatida y visiblemente afectada. Pero cuando finalmente sus ojos se encontraron con los míos, vi algo en ellos que me resultó completamente inesperado: paz en su mirada.

—La señora Remington ha decidido renunciar a seguir con el caso y acepta ceder la custodia y patria potestad de la menor. Procedan los abogados a iniciar el trámite correspondiente para formalizar el acuerdo. Tienen un plazo de 30 días para cumplirlo —dictaminó el juez firmemente.

“¿Es en serio?”— pregunté, olvidando completamente el protocolo y las advertencias de mi equipo legal sobre mantener la moderación durante la audiencia.

—Orden en la sala. Hablar sin autorización puede resultar en un desacato de su parte también — replicó el juez mirándome con evidente disgusto.

Sentí un golpe discreto de uno de mis abogados en mi zapato, un claro mensaje para que desistiera y mantuviera silencio. Rápidamente entendí y me callé, consciente de que solo quedaba esperar el fallo final.




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