Diez años de luz, una vida de sombras

CAPÍTULO 1: El Pacto de los Diecinueve

A los diecinueve años, el amor no se piensa, se respira. Es una fuerza indomable que te recorre las venas antes de que tengas siquiera la madurez para entender qué estás sintiendo. En aquel entonces, no teníamos un plan de pensiones, ni una cuenta de ahorros, ni la más mínima idea de lo que significaba levantar las paredes de un hogar, pero nos teníamos el uno al otro. Y para un chico de diecinueve años, eso no es solo suficiente: es tener el mundo entero en las manos.

Antes de que ella apareciera y detuviera mi tiempo, yo ya había empezado a escribir mi pequeña historia con el valor del esfuerzo. Recuerdo mi primer sueldo, en pesetas todavía. Era el fruto de mis primeras jornadas, de mi primer contacto con el mundo adulto. No me compré nada para mí. Ni ropa, ni caprichos, ni nada que pudiera lucir. Me fui directo a una joyería de la ciudad y le compré a mi madre una cadena de oro. No recuerdo con exactitud el dibujo del colgante, pero sí guardo grabada la sensación de gastar el salario entero, hasta la última peseta, en un regalo para ella. Era mi forma de decirle, con la nobleza de quien empieza a entender la vida, que sabía lo que ella había sacrificado por mí.

Con la segunda nómina, sin embargo, me permití mi primer rasgo de carisma rebelde. Me compré una moto vieja. Era un trasto destartalado, con una pinta de chatarra que a mi madre le quitó el sueño desde el primer momento en que lo vio aparcado en la puerta de casa. Pero lo que mi madre no sabía, lo que nadie podía sospechar mirándola desde fuera, era que debajo de aquel chasis oxidado, la máquina estaba trucada. Corría muchísimo, tenía un rugido que me hacía sentir dueño de las calles. Para mí era perfecta; era mi libertad. Para ella, fue la gota que colmó el vaso de su preocupación. Sin previo aviso, me llevó a la tienda de motos y me compró una Derbi Variant de 49cc, nueva, reluciente y envuelta en ese olor a taller que nunca se olvida. La única condición fue que vendiera aquel vejestorio. Salir de allí con una moto a estrenar fue una alegría desmedida, de esas que solo caben en el cuerpo de un joven que aún no conoce los límites. Todavía no sabía que aquel motor iba a cambiar, kilómetro a kilómetro, el rumbo de mi existencia.

La conocí de pura casualidad, entre las cuatro y las seis de la tarde, en una de esas horas muertas en que la ciudad parece moverse a cámara lenta. Al girar una esquina, el destino movió sus fichas con una precisión quirúrgica: allí estaba mi prima, y hablando con ella había una chica que me detuvo el pulso. Llevaba unos pantalones de campana, ceñidos, y tenía una cara que me pareció la de una muñeca. Unos ojos brillantes que atrapaban sin preguntar y una sonrisa que terminaba de desarmar cualquier defensa. Ese día apenas hablamos. Me acerqué con la educación que me habían inculcado, saludé y me fui directo a mi prima para preguntarle quién era y por dónde paraban normalmente. Fue algo simple, pero cargado de esa inevitabilidad que solo tiene el primer amor de verdad.

La suerte quiso que su madre fuera la cocinera de un local de comida a domicilio donde yo andaba buscando trabajo. Me apunté sin dudarlo, movido por esa fuerza mental que te empuja cuando sabes que el objetivo merece la pena. Mi madre no estaba muy convencida de que usara la moto nueva para los repartos, pero a mí me venía bien porque ganaba más. Los primeros días fueron un manojo de nervios, más por la posibilidad de verla a ella que por la presión de los pedidos. La jornada pasaba entre carreras por la ciudad, pero lo que de verdad le daba sentido a todo llegaba al final del día, cuando me sentaba a cenar allí mismo. Ella se sentaba a mi lado. No recuerdo de qué hablábamos exactamente, pero en aquellas cenas empezamos a saber las cosas pequeñas del otro, esos detalles que parecen insignificantes pero que van construyendo el alma de una persona en tu cabeza. Cada noche sabía un poco más de ella; cada noche me interesaba un poco más por su mundo.

Pronto empecé a subir a su casa. Sus padres me aceptaron con una confianza y una nobleza que nunca olvidaré. Era una casa buena, de esas con cuatro habitaciones, un salón grande, una cocina pequeña y una terraza enorme y techada donde parecía que cabía el universo entero. Me acogieron como a uno más, y con el tiempo llegué a sentirme más protegido en aquella casa que en la mía propia. Había algo en aquella familia que yo necesitaba sin saberlo: una calidez tranquila, una pertenencia sin exigencias ni pesos que cargar. Simplemente estar.

No fue una tarde concreta la que me hizo reaccionar, fue la repetición de verla a ella siempre entregada. Cada día era la misma historia: cuando tocaba recoger, su hermana desaparecía y ella se quedaba con todo el trabajo. Sin quejarse, con una sumisión que me dolía. Yo intentaba ayudarla en mi torpeza de chico, moviendo cosas sin saber muy bien dónde iban, solo por estar a su lado. Un día la vi triste porque teníamos que retrasar nuestra salida, otra vez, por las tareas de siempre. Y algo en mi interior, esa parte indomable que no soporta la injusticia, llegó al límite. No lo preparé. Salió solo: «Cuando vivamos juntos, solo limpiarás para ti. Para lo nuestro. No para los demás». Lo dije y lo sentí como una ley sagrada. Fue mi primer pacto de honor.

A pesar de la pasión, durante el primer año dormí siempre por fuera de las sábanas. No fue un impulso de una noche, sino una convicción moral que mantuve con una fuerza mental de la que hoy me asombro. Nos dábamos besos, caricias y toda la ternura de dos niños que empiezan a quererse, pero no permití que cruzáramos ninguna línea. Para mí, ella era todavía una niña y yo no sabía si el destino nos mantendría unidos. El respeto estuvo siempre por encima de cualquier otra cosa. Creo que esa entereza venía de mi madre, de verla a ella tratar a los demás con una sensibilidad y una dignidad que se me quedaron grabadas a fuego.

¿Cuándo supe que estaba enamorado de verdad? El amor real no llega con un aviso; llega sin que te des cuenta, mientras estás mirando para otro lado. Supongo que fue durante el segundo año, cuando dejé de pensar en ella como alguien que me gustaba para convertirla en el centro de mi realidad. Había mañanas en que lo primero que aparecía en mi mente era su cara. Su risa, esa que le salía del pecho y que no podía controlar, era mi sonido favorito. La forma en que me miraba cuando creía que yo no me daba cuenta era mi mayor tesoro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.