Díselo a tu Corazón (libro 1)

— 12 —

Mexicanita
 


Los dos días siguientes me propuse acabar con mi trabajo, más por la necesidad de distraer mi mente que por concluir con el manuscrito. Sin embargo me costó. No pude sacar de mi cabeza la conversación con papá, y creo que también por no querer cortar con el lazo que aún me une a la editorial. Terminado este libro, seré libre de una vez, y ante eso la nostalgia me invade impidiendo me concentre.

Luego de horas dando vueltas por la casa tratando de relajarme y ponerle fin a la edición, decido salir a despejarme y tomar aire. No he salido prácticamente y creo que me ayudará a poder finalmente cerrar este proyecto y tal vez, ponerme a estudiar otras propuestas. Sí, eso haré.

Observo la hora en mi reloj. Marca las 10:18pm. Es un poco tarde y con solo asomarme a la ventana sé que hace un frío del demonio. Aún así, me hará bien dar una vuelta. ¿Qué podría pasarme? El barrio es muy tranquilo.

Subo al dormitorio para abrigarme, y nada más cruzar la puerta compruebo el frío que hace. Desde que llegué no he podido encender el hogar, por lo que se siente la temperatura helada de afuera. Me visto maldiciendo por la bajo, en cuanto termine con mi trabajo me encargaré de buscar el desperfecto en esta cosa, de lo contrario terminaré durmiendo en el living, o me trasladaré a la habitación que está junto a este.

¡Pero qué tonta! Me cambiaré a ese cuarto. Tiene un calefactor ahí, y aunque es más pequeño y no hay allí una cama, es mejor que soportar el frío de esta habitación.

Con esa resolución, termino de vestirme, bajo las escaleras y llevando solo las llaves de la casa, salgo al exterior. La brisa fría golpea mis mejillas al salir, por lo que me cubro con la bufanda que llevo al cuello. Cruzo el jardín delantero encogida y al pararme en la acera, muevo mi cabeza de un lado a otro. Nadie. No hay un alma en la calle. Sopeso si realmente sea buena idea, o dejar mi paseo para mañana. Respiro hondo, y recordando que unas calles más abajo hay un lago, no sé cuántos exactamente, antes de que pueda pensar algo más, ya me encuentro caminando hacia allí, con pasos firmes, pero cautelosa con mi alrededor.

Unas ocho calles después, veo la entrada que conduce hacia el Lago. Alcanzo a ver el agua y oír su movimiento gracias al viento que sopla. Sorteando algunas piedras, con cuidado de no tropezar, me voy acercando. A medida que lo hago, el frío se intensifica y el viento me lo hace sentir más. No obstante es soportable y no me desagrada. A medida que me acerco, puedo ver que hay alguna que otra pareja cerca del agua. Incluso me cruzo con una que, abrazados, pasan riendo por algo.

Centro mi atención al frente, y quedo encantada ante lo que veo. Las luces de las casas alrededor, más las montañas detrás y la luna llena en lo alto reflejándose en el agua, hacen mi corazón de un brinco y sonría. Es precioso. Detengo mis pasos cuando estoy cerca de la orilla y el agua roza mis pies. Aspiro hondo cerrando los ojos. Mi cuerpo y mi mente se relajan, mientras la brisa fría revuelve mi cabello. Me dejo guiar por el sonido del viento, el agua y las hojas de los árboles que componen una melodia inexistente para mí y este momento.

Rodeo mi cuerpo con mis brazos, disfrutando. Abro mis ojos minutos después, y me pierdo en el paisaje. Pronto ciertos recuerdos comienzan a aflorar. Entre ellos, uno que atesoro y en el cual poco he querido pensar por lo mucho que me duele.

Sentadas sobre los escalones que conducían a la playa, contemplabamos el mar. Aquello era una de nuestras cosas favoritas. Nos sentábamos allí y conversabamos sobre todo. Mis estudios; libros; y hacíamos planes para la semana. Ese día como mucho otros, nos perdimos en el atardecer, sumidas en un agradable silencio. Y aunque por mi mente no dejaba de pensar en lo que más adelante pasaría, no quería estristecerme más. No quería que ella, lo notara.

Pero me conocía, vaya que sí. Siempre fue así, no hacía falta que dijera nada. Ella se daba cuenta de mi estado incluso antes de que yo lo asumiera.

Su mano tomó la mía, cerré los ojos y sonreí, aunque por dentro mi corazón se partía.

—Recuérdame así, como ahora. Feliz y orgullosa de la maravillosa vida que tuve junto ustedes. —Musitó haciendo que volteara a verla.

Su cabello oscuro ondeaba rebelde por el viento, y sus ojos castaños brillaban con la vista al frente.

—Nonna… —susurré afligida.

Sonrió alegre, y me miró.

—No tenés idea de lo que adoro que me llames así —dijo con gesto cálido. Mi barbilla tembló al repasar sus palabras —. No, mi lucecita. No llores. —Rodeó mi hombro y me acercó a ella —. Nunca nos despediremos, lo sabés. Voy a estar en cada paso que des. En cada logro que alcances y en cada sonrisa que dibujes. Me llevarás en tu corazón, ¿no es así? —Asentí sin poder hablar. No podía. Dolía terriblemente pensar que en algún momento ya no la tendría así, conmigo. —Entonces, cada vez que me necesites, díselo a tu corazón. Yo te voy a escuchar.

Lloro sin más, en tanto el peso de todo lo vivido aplasta mi pecho.

—Estas en mí, nonna. Así es y seguirá siendo… pero… te echo tanto de menos. Daría lo que sea por unos minutos en tus brazos, por oír tus consejos. Te necesito tanto… nunca será lo mismo. —Murmuro acongojada, llevando una mano a mi lado izquierdo. —Te adoro, abue. Y así no sea lo mismo, aquí estarás y sé que me ayudarás. Vives en mi corazón. —Susurro al viento.

Sin contenerme lloro como llevo tiempo sin hacer. La tensión de los últimos meses con los preparativos de la boda, lo que descubrí, la noche de la cena en la que los expuse, mi viaje, la soledad, la conversación con papá… todo, todo finalmente se desborda y esta vez dejó que así sea. Lo necesito. Dejo que la angustia me invada, ya no quiero taparlo. No puedo seguir ignorando y disfrazar lo que siento, lo que me pasa y el desastre en el que me convertí. Aquí, justo ahora soy esta versión desdichada y hundida. Una Eloísa apagada y decepcionada. Pero que, como decía ella, resurigirá y será más fuerte.




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