Díselo a tu Corazón (libro 1)

– 24 –

Tarde o temprano


Ayudo a Tomás a bajar del auto, y después los dos, cruzamos el portón de la entrada en la casa que alquilo. Caminamos unos metros, hasta que Tomi se detiene antes de la puerta de madera. Lo miro por un segundo, pero no insisto para que continúe, sé que no va a avanzar más de ahí.

Me dispongo a ir a tocar, cuando la madera se abre, y aparece Eloísa ante nosotros. Con su sonrisa alegre, su pelo húmedo y suelto comenzando a ondularse en las puntas, su rostro amable y esas pecas adornando sus mejillas y nariz… luciendo así tan linda.

—Hola, Beltrán. Cómo estás.

Su acento… su boca.

—Hola Eloísa, estoy bien y vos.

—Bien, gracias. —Camina hacia los dos.

*Hola Tomás, ¿cómo estás?

*Hola. Bien.

Responde atento.

Ella le regala una sonrisa más amplia.

*Me alegro que estés bien, y que hayas venido. ¿Te gustaría entrar? Él sacude su cabeza de inmediato. Bien, pusimos con tu tía una mesita bajo el árbol. ¿Está bien? Para que sea más cómodo dibujar.

Tomás la contempla con curiosidad, y después a mí.

*Gracias señorita.

Ella ríe.

*Puedes llamarme Eloísa, Elo o Isa… como prefieras, ¿de acuerdo?

*Bueno.

Da media vuelta en dirección a la parte trasera. Pero vuelve a detenerse al dar el segundo paso. Gira hacia ella, que no deja de sonreírle.

*Hicimos galletitas. Son de coco y limón. Las de limón son de mi papá.

Eloísa nos mira a los dos, con gesto de sorpresa.

* ¿Tu papá y tú las hicieron?

Me río entre dientes cuando mi hijo, sabedor de mi deficiencias en la cocina, niega con brío y gesto divertido.

*Él no sabe cocinar. Mi tía Lala y yo la hicimos.

La risa fresca que ella deja salir, hace que mi piel cosquillee.

* ¿Sabes? Tampoco sé cocinar muy bien. ¿Tal vez tú podrías enseñarme a hacerlas?

Tomi inclina la cabeza hacia un lado, con expresión de interés.

*Creo que sí, ¿cuáles son tus favoritas? Mi tía me enseñó varios sabores.

*Oh, bueno… Lo piensa. No tengo unas favoritas. ¿Crees que podrías ayudarme a elegir?

Los ojitos oscuros de Tomi, brillan ante el desafío.

Acto seguido, se saca la mochila, busca dentro el Tupper que trajimos y le muestra.

*Probá estas, a ver si te gustan.

Le ofrece el recipiente.

* ¿Estás seguro? Son tuyas y de tu papá.

Él voltea a verme.

A mi no me importa compartir. —Les aseguro tanto en voz alta, como con señas.

*Bueno, en ese caso, las probaré. Pero sacaré una de cada una.

*No, llevate todo.

Le pide mi campeón, con la satisfacción en su carita.

*Pero también deben comerlas ustedes.

*Tengo más en mi mochila.

Cierra su mochila de nuevo, y esta vez, se va sin decir nada más. Dejándonos a los dos sonriendo y atentos a él.

¿Tenía más en su mochila? No me acuerdo que haya puesto más…

—Es un niño muy dulce —la escucho murmurar.

—Sí, lo es. Y no lo digo porque sea mi hijo. —Levanto las manos. —Pero él es… todo lo que está bien.

—Pues debes sentirte orgulloso.

—Lo estoy. —Aseguro con la mirada fija por donde él se fue.

Durante un instante el silencio prevalece, dirijo mi atención a ella, trabando sus ojos con los míos. Mientras dura la conexión, me veo tentado en decirle lo bien que se ve, en lo hermosa que es aun sin que lo busque. Pero me guardo mi opinión cuando la noto desviar su mirada, nerviosa.

— ¿Cómo la pasaron? —me intereso haciendo a un lado lo que me provoca.

—Estuvo genial. Realmente estoy impresionada por lo bello que es este lugar.

—Y todavía te falta ver más. ¿Qué excursiones hiciste en estos días? —indago, mientras caminamos hacia el interior.

En un tono relajado y entusiasta me relata las actividades que ya hizo, las que hicieron hoy, y las qué hará en los días siguientes.

La escucho con atención, sin perderme ni una de sus expresiones. Ninguno de sus movimientos.

Una vez dentro, comenta que hay café que preparó recientemente, o si prefiero mates, que Maia está haciendo.

—Es increíble como mi hermana y mi hijo, ignoran los límites de privacidad. —Digo parándome cerca del sofá.

— ¿Por qué lo dices?

—Porque invaden tu espacio sin ningún problema, abusando de tu amabilidad.

— ¡Claro que no! A mi me agrada que me visiten. —Me mira seria. —Me hacen compañia, sobre todo Maia, y yo lo agradezco estando aquí sola… ha sido de gran ayuda para mí, te lo puedo jurar.

Inclino la cabeza a un lado, mirándola fijamente. Algo en su manera de decirlo, me hace pensar que este viaje son más que vacaciones para ella.

—Si así es, entonces me gusta saber que te hacen sentir bien con su presencia.

—Te lo aseguro, y lo digo por ti también… —se queda callada de repente.

— ¡Hola, Be! —Maia aparece bajando las escaleras.

La observo divertido mientras baja.

—Hola, Tasmania. —Saludo viéndola también con el pelo mojado y vestida con ropa de Eloísa. —No perdés el tiempo, ¿eh? Muy cómoda.

—Síp, sí no, no sería yo. —Bromea acercándose y dándome un beso.

Se lo devuelvo en la frente.

—Cómo estás.

—Muy bien, ¡agotadas! Pero super bien. ¿No Elo? —ella asiente contenta, mientras entra a la cocina. — ¿Y vos?

—Bien también, aunque no tanto como ustedes.

—Eso es porque trabajás mucho, tenés que tomarte unos días —me apunta, y la sigo a la cocina.

—Si pudiera…

—Sí que podés, unos díitas nada más. ¿Qué puede pasar?

—Caerse alguna pared, algún techo… —respondo.

— ¿Y para qué tenés socios, decime? Que muevan un poco el culito ellos también. —Dice sentándose.

La risa que escucho de Eloísa, hace que la mira, y sonría.

—No te olvidés que no estamos en casa, mami. —Bromeo negando.




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