Diseñando el Desastres

El Regreso del Arquitecto del Caos

Hay historias que ocurren en las sombras de los grandes imperios, historias de corazones que se rompen y se reparan, mientras los satélites giran en el espacio, y la historia de Mia la rebelde de la dinastía, no comenzó con la paz de la mansión, sino mucho antes…en aquel verano donde el caos decidió ponerse sus mejores galas.

(Flashback: Seis años atrás – El día del Bautismo)

El tiempo es un lienzo que Mía Ferrer preferiría haber pintado de otro color. Para ella, el inicio de todo no fue la seguridad de la mansión, sino el rugido de un motor, era el deportivo negro de Julian, fue el día en que sus sobrinos recibieron sus nombres.

En aquel entonces, los trillizos apenas eran unos bebés y la amenaza de los Vancini era solo un susurro. Aquel fue el día en que Julián Stearling regresó a su vida, y con él, la certeza de que el diseño más difícil de su carrera no sería un vestido, sino su propio destino.

Mía sostenía a Missiu Leguau con una fuerza que delataba sus nervios...

La fiesta en Villa Esperanza era un despliegue de opulencia y felicidad. Tras el bautizo de los trillizos, el jardín se había transformado en un salón de cristal bajo las estrellas. Valeria y Leo se movían con la armonía de dos personas que han sobrevivido a un naufragio y finalmente han encontrado tierra firme.

Pero para Mía Ferrer, el aire se había vuelto irrespirable.

Mía estaba de pie cerca de la gran fuente de mármol, sosteniendo a Missiu Leguau contra su pecho. La gatita, que ya no era una cachorra pero conservaba su espíritu guerrero, movía la cola con irritación, sintiendo el pulso acelerado de su dueña.

"Tranquila, Missiu", susurró Mía, aunque sus ojos estaban clavados en el camino de entrada. "Es solo un coche. Solo un maldito coche"

El rugido de un motor de alta gama rompió la melodía del cuarteto de cuerda. Un deportivo negro, elegante y agresivo como un tiburón de asfalto, se detuvo frente a la escalinata. De él bajó Julián Stearling

Para el mundo, Julián era el arquitecto estrella, el hombre que diseñaba rascacielos imposibles y el mejor amigo de Leo. Para Mía, era el hombre que le había robado el aliento a los quince años y que nunca se había molestado en devolvérselo.

Julián no venía solo. Una mujer que parecía haber escapado de una portada de Vogue Italia bajó del asiento del copiloto. Era rubia, excesivamente alta y reía con una frecuencia que a Mía le pareció un ataque personal.

"¡Leo! ¡Hermano!", Gritó Julián, ignorando el protocolo y caminando hacia Leo con los brazos abiertos. "Siento llegar tarde. El vuelo desde Dubai se retrasó y el tráfico desde el aeropuerto ha sido una pesadilla."

Mía se ocultó tras una columna de mármol, sintiendo una punzada de amargura que ni el mejor champán de la bodega de su hermano podía aliviar.

"Vaya, Missiu Leguau", murmuró Mía a la gata, cuyos ojos celestes seguían los movimientos de la rubia. "Parece que el 'Sr. Perfecto' ha traído un nuevo accesorio. Se llama Svetlana, o algo igualmente sofisticado. Y yo... yo sigo siendo la 'hermanita pequeña' que diseña vestidos y cuida gatos".

Julián se detuvo en mitad de su conversación con Leo. Como si tuviera un radar sintonizado con la presencia de Mía, barrió la terraza con la mirada. Sus ojos se cruzaron con los de ella en la penumbra. Él no se sorprendió; le dedicó un guiño juguetón, ese gesto cargado de arrogancia y complicidad que siempre lograba desarmarla.

Mía apretó los labios. No iba a darle el gusto de verla derrotada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.