Mía sostuvo la mirada de Julián sin parpadear. "Diseñar el desastre es una de mis especialidades, Julián. Deberías recordarlo antes de traer invitados que no saben caminar sobre césped".
Valeria y Leo se acercaron, intentando contener la risa ante la cara de indignación de Elena.
"Bienvenidos a casa, chicos", dijo Leo, poniendo una mano en el hombro de Julián. "Julián, creo que Valeria tiene un quitamanchas milagroso en la mansión. Mía... intenta que tu gata no cause un conflicto internacional antes de la cena."
"Lo intentaré, hermano. Pero no prometo nada", respondió Mía, lanzándole una última mirada de fuego a Julián antes de darse la vuelta.
Seis años atrás...
Mía Ferrer siempre había sido la "pieza suelta" de la familia. Mientras su hermano Leo calculaba el éxito en hojas de Excel y estrategias de seguridad, ella lo hacía en pinceladas, texturas y emociones. Pero había algo que ni siquiera su naturaleza bohemia podía controlar: los latidos de su corazón cuando Julián Stearling entraba en una habitación.
El brunch posterior a los grandes eventos de la familia debería haber sido un oasis de calma en la mansión de la abuela Juliette, pero para Mía era un campo de batalla minado. La razón se llamaba Bianca, una modelo de pasarela que parecía haber sido esculpida en hielo y que no soltaba el brazo de Julián ni para respirar.
—Es un lugar encantador, Julián —decía Bianca con una voz tan aguda que lograba que Missiu Leguaü, la siamesa de Mía, moviera las orejas con una irritación casi humana—. Pero, ¿no te parece que hay... demasiado pelo en el ambiente?
Mía, sentada en un diván cercano, apretó su taza de café con tanta fuerza que temió que la porcelana estallara. Julián soltó esa risa ronca que Mía conocía de memoria, una vibración que solía sentir en la boca del estómago, y se giró hacia ella con esa mirada de ojos grises que siempre parecía ver a través de sus defensas.
—Es una casa con historia, Bianca. Y con mascotas —respondió Julián, dedicándole a Mía una sonrisa que ella consideraba exasperadamente paternal—. ¿Verdad, pequeña Mía?
"Pequeña". Mía odiaba esa palabra también odiaba “Enana” casi tanto como a la mujer que colgaba de su brazo.
—Missiu Leguaü no es una "mascota", Julián. Es la dueña de la propiedad; nosotros solo somos los empleados que le pagamos las cuentas —replicó Mía, levantándose con una elegancia felina que nada tenía que envidiar a su gata—. Y por cierto, ya no tengo doce años. Deja de llamarme así.
Bianca soltó una risita condescendiente, una de esas que las mujeres usan para marcar territorio frente a las hermanas pequeñas. Cometió el error de sentarse justo donde Missiu había estado durmiendo. La seda color crema de su vestido de diseñador entró en contacto directo con los restos de pelo que la gata había dejado estratégicamente.
—¡Oh, por Dios! —chilló Bianca al levantarse un segundo después, viendo las motas oscuras pegadas a su cadera—. Julián, esto es inaceptable. Este vestido es una pieza única.
—Lo que es inaceptable es que no sepas que en esta casa la jerarquía la marca el que tiene bigotes —intervino Mía, recogiendo a Missiu, que comenzó a ronronear con un sonido que parecía una carcajada felina—. Missiu tiene un gusto excelente por la seda italiana, Bianca. Simplemente está marcando lo que considera de baja calidad.
Julián se cruzó de brazos, observando el intercambio con una mezcla de cansancio y una chispa de diversión que intentaba ocultar.
—Mía, por favor. Sé amable. Bianca ha venido desde muy lejos para conocer a la familia —dijo Julián, aunque sus ojos no dejaban de recorrer el rostro de Mía, deteniéndose en sus labios un segundo más de lo que el protocolo de "mejor amigo del hermano" dictaba.
—Ha conocido a la familia, y Missiu le ha dado su bienvenida oficial —sentenció Mía—. Si me disculpáis, tengo que ir a mi estudio. El desastre de hoy me ha dado una inspiración divina para un nuevo diseño.
Mía se dio la vuelta, caminando con la cabeza alta. Pero antes de cruzar el umbral, sintió la mano de Julián en su codo. Fue un contacto breve, una descarga eléctrica que la dejó sin aliento.
—Mía —susurró él, bajando la voz para que solo ella lo oyera—. Deja de jugar con fuego. Algún día, la gata no será la única que salga arañada de aquí.
Ella se soltó de su agarre con un movimiento brusco pero cargado de intención.
—Entonces, arquitecto, asegúrate de construir muros lo suficientemente altos. Porque este desastre no ha hecho más que empezar.
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Editado: 12.03.2026