Diseñando el Desastres

La Cena de los Cuchillos Largos

Seis años atrás...

La cena en el gran comedor de la mansión de la abuela Juliette era un despliegue de cristalería fina y tensiones ocultas. Leo y Valeria, todavía envueltos en el aura de su reciente felicidad, presidían la mesa, ajenos a la guerra silenciosa que se libraba en el extremo opuesto.

Mía se había vestido con un diseño propio: un vestido lencero de seda verde esmeralda que resaltaba su cabello oscuro y sus ojos chispeantes de determinación. Si Julián quería "accesorios", ella le iba a mostrar que ella era una obra de arte completa.

Frente a ella, Bianca lucía un vestido de cuello alto, probablemente para ocultar cualquier posible marca que una gata vengativa pudiera dejar.

—Y dime, Mía —dijo Bianca, pinchando delicadamente un espárrago como si fuera una cirujana—, Julián me ha dicho que eres diseñadora. ¿Haces algo... comercial? ¿O es más bien un hobby familiar?

Mía sintió el pinchazo. Julián, que estaba bebiendo vino, se aclaró la garganta, detectando el peligro.

—Mía es una de las mentes más creativas que conozco —intervino Julián con rapidez—. Sus diseños han aparecido en editoriales de prestigio. No es un hobby, Bianca.

—Oh, qué tierno que la defiendas —rio Bianca, lanzando una mirada de soslayo a Mía—. Lo que quiero decir es que debe ser difícil hacerse un nombre cuando tu hermano es Leo Ferrer. La sombra debe ser... asfixiante.

—La sombra de mi hermano es el lugar más seguro del mundo —respondió Mía con una calma que no sentía—. Pero mi talento no necesita luz prestada. De hecho, estoy trabajando en una colección inspirada en la "superficialidad moderna". Quizás podrías ser mi musa, Bianca. Tienes el perfil exacto.

Leo soltó una carcajada que intentó transformar en una tos cuando Valeria le dio un codazo por debajo de la mesa.

Mientras tanto, bajo la mesa, se estaba gestando otra operación. Missiu Leguaü y Mishina habían formado una alianza táctica. Missiu, con su elegancia siamesa, se deslizaba por las sombras, mientras que Mishina, más silenciosa, observaba desde la esquina.

Bianca había dejado su bolso de piel de avestruz, una pieza que costaba más que un coche pequeño, apoyado en la pata de su silla.

Un sonido suave de "ras, ras" comenzó a ser audible para Mía, que sonrió tras su copa de vino. Sabía perfectamente que Missiu estaba estrenando sus uñas en la piel exótica del bolso.

—¿Qué es ese ruido? —preguntó Bianca, frunciendo el ceño.

—Debe ser la estructura de la casa —dijo Mía inocentemente—. Es antigua, ya sabes. Las maderas crujen cuando detectan... presencias extrañas.

De pronto, un maullido agudo y un salto repentino de Mishina hacia las cortinas distrajeron a todos. En ese segundo de confusión, Missiu Leguaü aprovechó para dar el golpe de gracia: enganchó el asa del bolso y lo arrastró unos centímetros hacia la oscuridad bajo la mesa.




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