—¡Mi bolso! —gritó Bianca de repente, al notar que su accesorio había desaparecido de su vista—. ¡Algo se lo ha llevado!
Julián se agachó para mirar bajo la mesa y se encontró con dos pares de ojos brillantes. Missiu Leguaü lo miró con un desafío puramente Ferrer antes de soltar el bolso, que ahora presentaba unos decorativos flecos de piel arrancada y una mancha sospechosa de lo que parecía ser paté de la cena.
—Vaya —dijo Julián, emergiendo con el bolso en la mano y una expresión de "esto no me está pasando"—. Parece que a las niñas no les gusta el avestruz.
Bianca palideció al ver los daños. —¡Julián! ¡Ese animal es un peligro! ¡Mira lo que le ha hecho a mi edición limitada!
Mía se levantó, recogiendo a Mishina que pasaba por allí, mientras Missiu se sentaba a sus pies con aire de triunfo.
—Lo siento mucho, Bianca —dijo Mía, aunque sus ojos brillaban de alegría—. Pero te lo advertí. En esta casa, las gatitas tienen un sentido muy agudo para detectar lo que no encaja. Quizás el bolso era demasiado... ruidoso para su gusto.
Julián miró a Mía. No había enfado en su mirada, sino una fascinación peligrosa. Se dio cuenta de que Mía ya no era la niña que él recordaba. Era una mujer que usaba sus propias garras y las de sus gatas para marcar su territorio.
—Creo que es hora de retirar el servicio —dijo la abuela Juliette, observando la escena con una sonrisa oculta tras su servilleta—. Mañana será un día largo. Julián, acompaña a tu amiga a que descanse. Mía, tú y yo tenemos que hablar sobre "diseños".
Más tarde esa noche, Mía caminaba hacia su habitación con Missiu Leguaü en brazos cuando una sombra la detuvo en el pasillo iluminado por la luna. Era Julián. Estaba apoyado contra la pared, con la camisa ligeramente desabrochada y esa mirada de "sé lo que has hecho".
—Ha sido un golpe bajo, Mía —dijo él, su voz era un susurro grave que rebotó en las paredes.
—No sé de qué hablas, arquitecto. Yo no controlo los instintos de mis gatas.
—Tú eres el instinto de esas gatas —replicó él, dando un paso hacia ella—. No te gusta Bianca. ¿Por qué? ¿Por qué es modelo? ¿Por qué es alta?
Mía se acercó hasta que pudo sentir el calor de su cuerpo. —No me gusta porque es falsa, Julián. Y porque tú eres demasiado inteligente para conformarte con alguien que se asusta por un poco de pelo de gato.
Julián se inclinó, su rostro a centímetros del de ella. —Quizás lo que me gusta es el peligro, Mía. Y tú eres el desastre más peligroso que he diseñado nunca.
Se quedaron así, en un silencio cargado de electricidad, hasta que Missiu soltó un maullido de protesta entre ambos, rompiendo el hechizo. Julián sonrió, le dio un suave toque en la nariz a Mía y se alejó por el pasillo, dejándola con el corazón latiendo a mil por hora.
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Editado: 12.03.2026