El sol de la mañana entraba a raudales en el estudio de Mía, un espacio que olía a aceites, sueños y la rebeldía propia de una Ferrer que se negaba a encajar. Las paredes estaban cubiertas de lienzos a medio terminar, pero el centro de la habitación estaba ocupado por un caballete vacío que parecía esperar el desastre inminente.
Mía estaba terminando de organizar sus pinceles cuando la puerta se abrió sin llamar. Bianca entró con aire de reina visitando los barrios bajos, seguida de un Julián que cargaba con una expresión de "preferiría estar diseñando un búnker en el Ártico".
—¡Qué... pintoresco! —exclamó Bianca, arrugando la nariz ante el olor a aguarrás—. Mía, querida, he tenido una idea fabulosa. Ya que eres tan "talentosa", quiero que nos pintes un retrato a Julián y a mí. Un recuerdo de nuestra visita a la mansión.
Mía se tensó, dejando un pincel sobre la mesa con una calma peligrosa. —¿Un retrato? Bianca, no soy una caricaturista de parque temático. Mi tiempo es limitado.
—Oh, vamos, Mía. No seas modesta —insistió Bianca, arrastrando a Julián hacia una otomana de terciopelo—. Julián dice que captas muy bien la "esencia" de las cosas. Yo quiero que captes nuestra conexión. ¿Verdad, amor?
Julián miró a Mía, sus ojos grises pidiendo una disculpa silenciosa. —Bianca, no creo que sea el momento...
—Al contrario —interrumpió Mía con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Me parece una idea reveladora. Sentaos. Quiero captar exactamente lo que hay entre vosotros.
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Editado: 12.03.2026