Durante la siguiente hora, Mía se dedicó a mover a Bianca y a Julián como si fueran piezas de ajedrez. Obligó a Bianca a mantener una postura rígida y antinatural, mientras Julián tenía que rodearla con el brazo, una cercanía que hacía que Mía apretara los dientes cada vez que mojaba el pincel en el pigmento rojo sangre.
Missiu Leguaü y Mishina observaban la escena desde lo alto de una estantería llena de botes de pintura. Las gatitas parecían entender que su dueña estaba sufriendo una tortura china de seda y perfumes caros.
—¿Falta mucho? —se quejó Bianca—. Este ángulo no favorece mi pómulo izquierdo.
—La belleza requiere sacrificio, Bianca —replicó Mía, trazando líneas agresivas en el lienzo—. Estoy pintando tu "alma", intenta que no se vea tan... plana.
Mía comenzó a trazar las primeras líneas con carboncillo. Sus ojos viajaban constantemente de Julián al lienzo. Se obligó a concentrarse en las líneas de su mandíbula, en la forma en que su frente se arrugaba cuando estaba pensativo y en esa gris tormenta de sus ojos que hoy parecía más oscuro.
Durante la siguiente hora, Mía se dedicó a mover a Bianca y a Julián como si fueran piezas de ajedrez. Obligó a Bianca a mantener una postura rígida y antinatural, mientras Julián tenía que rodearla con el brazo, una cercanía que hacía que Mía apretara los dientes cada vez que mojaba el pincel en el pigmento rojo sangre.
Missiu Leguaü y Mishina observaban la escena desde lo alto de una estantería llena de botes de pintura. Las gatitas parecían entender que su dueña estaba sufriendo una tortura china de seda y perfumes caros.
—¿Falta mucho? —se quejó Bianca—. Este ángulo no favorece mi pómulo izquierdo.
—La belleza requiere sacrificio, Bianca —replicó Mía, trazando líneas agresivas en el lienzo—. Estoy pintando tu "alma", intenta que no se vea tan... plana.
—Julián, deja de mirar el reloj —ordenó Mía sin levantar la vista—. El tiempo no existe en este estudio.
—Es difícil ignorar el tiempo cuando tengo una entrega de planos mañana, Mía —replicó él, pero su mirada se clavó en la de ella.
Hubo un silencio cargado. Bianca, ajena a la tensión, no dejaba de retocarse el labial con un espejito de mano.
—Mía, querida, asegúrate de que mi nariz se vea un poco más perfilada, ¿si? —Pidió Bianca—. Y Julián, ¡deja de moverte! Estás arrugando mi pañuelo de seda
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Editado: 12.03.2026