Diseñando el Desastres

El Momento de la Verdad

— ¡Mi pañuelo! ¡Mi cabello! ¡Julián, esto es intolerable! —Bianca estaba al borde de las lágrimas de rabia mientras intentaba limpiarse una mancha de amarillo cadmio de su zapato.

—¡Es un complot! —chillaba Bianca, intentando arreglar el pañuelo, solo para extender más lo rasgado—. ¡Tus gatos son armas biológicas, Mía!

Mía se cubrió la boca con la mano, pero la risa le ganaba la batalla. Julián, sorprendentemente, se miró la pierna azul y soltó una carcajada limpia y sonora.

—Iré por unas toallas —dijo Julián, pero su voz sonaba extrañamente ahogada. Cuando miró a Mía, ella vio que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no estallar en carcajadas.

Bianca se levantó indignada. — ¡Me voy a mi habitación! No puedo creer que vivas con este... este pequeño demonio. ¡Julián, ven a ayudarme!

—En un minuto, Bianca. Ve yendo, ahora te alcanzo —respondió Julián, quedándose de pie en medio del estudio.

Cuando Bianca salió cerrando la puerta con un golpe seco, el silencio que quedó fue denso. Mía bajó el carboncillo, tratando de mantener la cara seria, pero falló. Una risita escapó de sus labios, y Julián finalmente soltó la carcajada que estaba conteniendo.

—Eres terrible, Mía —dijo él, caminando hacia ella hasta que solo el caballete los separaba—. Sabías que la gata iba a saltar. Lo viste en sus ojos.

—Yo no controlo a Missiu, Julián. Ella tiene sus propios juicios estéticos —respondió Mía con picardía—. Además, Bianca necesitaba un poco de "color" en su vida.

Julián acortó la distancia, rodeando el caballete. Se detuvo justo frente a ella, tan cerca que Mía podía oler su perfume y sentir el calor que emanaba. Se inclinó para ver el boceto en el lienzo. Su sonrisa desapareció y su expresión se volvió seria al ver que, en el dibujo, Bianca era solo un borrón, mientras que él estaba trazado con una precisión casi dolorosa.

— ¿Así es como me ves? —preguntó él en un susurro, señalando el dibujo.

Mía sintió que su corazón martilleaba contra sus costillas. —Te veo cómo eres, Julián. Un hombre que intenta diseñar un mundo perfecto para no tener que lidiar con el desorden de lo que realmente siente.

Julián levantó una mano, como si fuera a acariciar su mejilla, pero se detuvo a medio camino. Sus dedos rozaron un mechón de cabello de Mía que estaba manchado de pintura azul.

—El desorden es peligroso, Mía —dijo él, su voz era un murmullo profundo—. Especialmente cuando el desorden tiene tu nombre.

Se quedaron así, suspendidos en un momento donde el "slow burn" casi llega a la llama, hasta que el teléfono de Julián vibró en su bolsillo. Él parpadeó, rompiendo el hechizo, y retrocedió un paso.

—Tengo que ir a ver a Bianca —dijo, recuperando su máscara de arquitecto frío—. Pero mañana seguiremos con el cuadro. Y Mía... mantén a la gata bajo control. No sé cuánto más pueda soportar Bianca antes de exigir un exorcismo.

Julián salió del estudio y Mía se dejó caer en su silla, con las manos temblorosas. Missiu Leguau salió de su escondite y saltó a su regazo, ronroneando satisfecha.

—Buen trabajo, Missiu —susurró Mía—. Pero creo que estamos jugando con fuego, y ninguno de los dos tiene extintor.




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