Diseñando el Desastres

Planos, Tinta y Cafeína

Eran las diez de la noche cuando el teléfono de Mía vibró. Era Leo. Su hermano mayor rara vez llamaba a esas horas a menos que fuera una emergencia corporativa o que necesitara que Valeria encontrara algo imposible.

—Mía, necesito un favor. Julián está atascado con la presentación visual de la expansión de Selene en París. Los planos son perfectos, pero el consejo dice que son "fríos". Necesito que les des vida. Usa tu talento, añade texturas, colores... haz que la gente quiera vivir en esos edificios. Y hazlo ahora, la reunión es mañana a las ocho.

Mía no tuvo tiempo de protestar. Diez minutos después, estaba frente a la puerta del despacho de Julián con su maletín de acuarelas y a Missiu Leguau siguiéndola como una sombra plateada.

Al entrar, el despacho era un caos de papel de calco y tazas de café vacías. Julián estaba inclinado sobre una mesa enorme, con la camisa desabrochada en el cuello y el cabello revuelto de tanto pasarse las manos por él. Se veía increíblemente guapo y peligrosamente estresado.

—Leo me envió —dijo Mía, dejando sus cosas sobre un espacio libre.

Julián levantó la vista. Sus ojos grises estaban inyectados en sangre, pero se iluminaron al verla.

—Gracias al cielo. No soy capaz de poner un árbol o una figura humana sin que parezca un poste de luz, Mía. Soy arquitecto, no ilustrador.

—Para eso estoy yo, Sterling —respondió ella, tratando de ignorar cómo su apellido sonaba tan bien en su mente—. Tú pon las estructuras, yo pondré el alma.

Se sentaron hombro con hombro. El espacio era pequeño y el calor que emanaba del cuerpo de Julián era una distracción constante. Durante horas, trabajaron en silencio. Julián explicaba la fluidez de los espacios y Mía los traducía en pinceladas suaves de verde, azul y luz cálida.

A las dos de la mañana, el cansancio empezó a hacer mella. Missiu Leguau, que había estado durmiendo sobre un fajo de facturas, decidió que era hora de participar. Con un bostezo, la gata caminó directamente hacia el bote de tinta china negra que Mía había dejado abierto.

— ¡Missiu, no! —gritó Mía.

Fue tarde. Missiu metió la pata derecha en la tinta y, asustada por el grito de su dueña, saltó directamente sobre el plano principal en el que Julián había estado trabajando durante doce horas.

— ¡No puede ser! —exclamó Julián, viendo las huellas negras de gato cruzando el vestíbulo principal del hotel de lujo en París.




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