Bianca sonrió con malicia y se volvió hacia los invitados.
—Bueno, como todos sabemos que Mía es una "gran artista", he decidido que esta noche nos deleite a todos. He traído a Fabián de la Croix, el crítico más importante de la ciudad —dijo, señalando a un hombre de aspecto severo—. Le he contado que tienes un cuadro "revolucionario" en tu estudio, Mía. ¿Por qué no nos lo traes para una subasta benéfica ahora mismo? El retrato de Julián y yo... ¿está terminado, verdad?
Mía palideció. El cuadro estaba lejos de estar terminado, y Bianca lo sabía perfectamente. Pero lo peor era que, en ese lienzo, Bianca era solo un esquema borroso mientras Julián ocupaba todo el espacio con una intensidad casi amorosa. Si lo enseñaba ahora, su secreto quedaría expuesto frente a todos, incluido Julián.
—Aún no está listo para ser exhibido —dijo Mía, tratando de mantener la compostura.
—Oh, no seas modesta —insistió Bianca, tomando el brazo de Julián, que acababa de acercarse—. Julián, dile que nos encantaría verlo. Es por una buena causa, ¿no, amor?
Julián miró a Mía. Sus ojos grises eran indescifrables, pero notó la tensión en sus hombros. Él sabía lo que había en ese estudio.
—Bianca, el arte tiene sus tiempos —intervino Julián con voz firme—. Si Mía dice que no está listo...
— ¡Tonterías! —Le interrumpió Bianca—. De hecho, le pedí a uno de los camareros que lo trajera del estudio hace un momento. ¡Debería estar llegando!
Mía sintió que el mundo se detenía. El camarero entró en el salón con un lienzo cubierto por una tela de terciopelo. Todos los invitados guardaron silencio. Bianca se acercó para dar el tirón final y humillar a Mía mostrando un cuadro inacabado o, peor aún, delatador.
—Y aquí tenemos la obra maestra de la pequeña Mía —dijo Bianca, tirando de la tela.
Pero en lugar del retrato de Julián y Bianca, el lienzo mostraba algo totalmente distinto. Alguien había derramado accidentalmente (o muy convenientemente) una copa de vino tinto sobre el cuadro antes de traerlo, y encima del vino, había una serie de huellas frescas de gato que formaban un patrón abstracto casi hermoso. En una esquina del lienzo, Mía pudo ver un pequeño trozo de seda roja pegado... ¡el mismo que Missiu le había quitado a Bianca!
— ¿Pero qué es esto? —chilló Bianca, horrorizada—. ¡Está arruinado! ¡Es un desastre!
Fabián de la Croix, el crítico, se acercó al lienzo, fascinado.
— ¿Arruinado? ¡Es fascinante! —Exclamó el crítico—. La destrucción del ego a través de la intervención animal... El uso del vino como medio de caos... ¡Es la pieza más honesta que he visto en años! ¡Mía Ferrer, esto es una declaración de guerra al arte convencional!
Los invitados estallaron en aplausos. Bianca estaba muda, roja de la rabia.
Julián se acercó a Mía y le susurró al oído, tan cerca que su aliento la hizo estremecer:
—Creo que tu gata tiene mejor instinto de supervivencia que tú, Mía. Y por cierto... gracias por no enseñar el verdadero cuadro. No creo que el mundo esté listo para ver cómo me pintas.
Mía lo miró, y por un segundo, entre los aplausos y el caos, solo existían ellos dos.
—No te pinté para el mundo, Julián —respondió ella—. Te pinté para mí.
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Editado: 12.03.2026