Diseñando el Desastres

Destino París y un rastro de bigotes

El éxito del "cuadro del vino" fue tal que Leo no aceptó un no por respuesta. Los inversionistas franceses querían ver a la "artista del caos" en persona.

—Mía, irás a París con Julián para la presentación final —sentenció Leo en su despacho—. Es una oportunidad única para tu carrera. Y sí, puedes llevar a esa gata del infierno si prometes que no se acercará a los planos originales.

Julián aceptó la noticia con una mezcla de alivio y terror. Bianca, por supuesto, no pensaba dejar a su "novio" solo con Mía en la ciudad más romántica del mundo.

—Iremos los tres —declaró Bianca, mientras empacaba maletas que parecían baúles de tesoro—. Será un viaje encantador. ¿Verdad, Julián?

La noche antes del vuelo privado, la mansión estaba en silencio. Mía tenía todo listo: su maletín de pinturas, su ropa más bohemia y el transportín de lujo de Missiu Leguau. Pero cuando Mía fue a buscar a su gata para darle su última cena antes del viaje, la habitación estaba vacía.

—¿Missiu? ¿Pequeña? —Llamó Mía, sintiendo un frío repentino en el estómago.

La ventana del balcón, que Mía siempre mantenía cerrada bajo llave, estaba abierta de par en par. En el suelo, cerca del marco, había un pequeño trozo de seda plateada... el mismo color del camisón que Bianca había lucido esa tarde.

Mía corrió por los pasillos, desesperada. Salió al jardín de la mansión, gritando el nombre de su gata bajo la lluvia fina que empezaba a caer.

—¡Mía! ¿Qué estás haciendo? ¡Vas a pescar un resfriado! —La voz de Julián retumbó desde el porche.

—¡No está, Julián! —sollozó Mía, girándose hacia él con el rostro empapado de lluvia y lágrimas—. ¡Alguien abrió la ventana! ¡Missiu no sabe estar fuera por la noche, hay perros, hay coches...!




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