A la mañana siguiente, el ambiente en el jet privado era tenso. Bianca intentaba actuar como si nada hubiera pasado, pero Julián no le dirigía la palabra. Él se sentó frente a Mía, que dormitaba con Missiu en su regazo.
Julián tomó una manta y cubrió a Mía con cuidado de no despertarla. Se quedó mirándola un largo rato, sacando su cuaderno de cuero negro. Empezó a dibujar de nuevo. Esta vez no era un retrato estático; era Mía bajo la lluvia, con la gata en brazos y una fuerza en los ojos que lo tenía completamente cautivado.
París los esperaba. Y Julián Sterling sabía que en la ciudad de la luz, ya no podría seguir escondiendo lo que sentía bajo una máscara de arquitectura y deber.
El suave zumbido de los motores del jet privado era lo único que llenaba la cabina, además del aroma al perfume costoso de Bianca y al café recién hecho. Mía despertó lentamente cuando una leve turbulencia sacudió el avión. Lo primero que sintió fue el peso cálido de Missiu Leguau roncando sobre sus piernas, y lo segundo, la mirada intensa de Julián clavada en ella .
Él cerró su cuaderno de cuero negro de un golpe seco, pero no antes de que Mía vislumbrara un trazo que le resultó familiar: la curva de su propia espalda bajo la lluvia.
—Dormiste casi todo el cruce del Atlántico —dijo Julián con voz ronca, tratando de disimular la rapidez con la que guardó el dibujo—. Missiu se portó mejor que Bianca, lo cual es decir mucho.
Mía se estiró, notando la manta que él le había colocado con tanto cuidado. Se aclaró la garganta, sintiendo el pulso acelerarse al recordar la amenaza que le lanzó a Bianca la noche anterior.
—París es una ciudad de estructuras clásicas, Julián —comentó ella, mirando por la ventanilla hacia el cielo que empezaba a clarear—. ¿Estás listo para que yo le ponga un poco de "desorden" a tu presentación final?.
Julián sonrió de lado, esa sonrisa que Mía siempre quería pintar pero que nunca lograba capturar del todo. —El consejo francés espera ver al arquitecto brillante y sobrio. Pero sospecho que después de lo que hiciste con el cuadro del vino, lo que realmente quieren es un espectáculo.
—¡Julián! —La voz de Bianca, que venía desde la parte delantera del avión, rompió el momento—. ¿Por qué no me despertaste? Mis ojos están hinchadísimos y no puedo aterrizar en Le Bourget luciendo como una mortal común.
Bianca apareció en el pasillo, ya luciendo un conjunto de Chanel impecable, pero sus ojos se entrecerraron al ver a Mía y a Julián compartiendo ese silencio cargado de electricidad.
—Mía, querida —dijo Bianca con una sonrisa que era puro veneno—, espero que en París te mantengas ocupada en los museos. Julián y yo tenemos una agenda de eventos sociales muy... privada. No queremos que la "niña de la familia" se pierda entre las luces, ¿verdad?.
Mía acarició la cabeza de Missiu, que abrió un ojo amarillo y miró a Bianca con desprecio absoluto. —No te preocupes, Bianca. París tiene mucha historia. Y como ya sabes, a Missiu y a mí nos encanta dejar nuestra marca en las cosas que parecen... demasiado artificiales
El Hotel Ritz de París era el epítome de la elegancia que Julián Sterling tanto admiraba: líneas perfectas, simetría y un orden absoluto. Sin embargo, ese orden se desmoronó en cuanto el botones abrió las puertas de la Suite 402.
—¿Una puerta comunicante? —la voz de Bianca subió dos octavas, rompiendo la paz del pasillo—. Julián, esto es inaceptable. Mi habitación da directamente a la de... ella.
Mía entró en su habitación dejando que Missiu Leguau, su gata siamesa , saltara del transportín para inspeccionar las alfombras francesas con aire de superioridad. Mía miró la puerta doble que la separaba de Julián y sonrió con malicia.
—Parece que el sistema de reservas también cree que necesito "supervisión", Sterling —dijo Mía, apoyándose en el marco de la puerta mientras Julián dejaba sus maletas —. ¿O es que Leo te pidió que vigilaras mis sueños también?.
Julián se quitó la corbata con un gesto brusco, su mirada gris recorriendo la habitación de Mía hasta detenerse en ella. —Leo solo quiere que llegues viva a la reunión de mañana. Pero esta puerta se queda cerrada bajo llave, Mía. No quiero que cierta "dueña de la casa" decida que mis planos de la expansión de Selene son su nuevo rascador.
—¡Julián! Ayúdame con mis maletas de Gaultier —exigió Bianca desde el otro lado, haciendo que él suspirara y saliera de la habitación.
Mía se quedó sola, pero no por mucho tiempo. Se acercó a la puerta comunicante y notó que, aunque Julián había echado el cerrojo de su lado, la madera vieja del hotel dejaba pasar el sonido perfectamente. Escuchó el roce de la ropa, el sonido metálico de un cinturón al caer y, finalmente, un silencio denso.
—Mía —la voz de Julián sonó tan cerca que ella dio un salto. Estaba hablando pegado a la madera de la puerta. —Sé que estás ahí. Ve a desempacar tus pinceles y deja de espiar.
—No espío, Sterling. Analizo las estructuras —respondió ella, sintiendo el calor subir por su cuello —.
—Pues analiza esta: si esa gata siamesa intenta pasar por debajo de la puerta, no pienso rescatarla de las garras de Bianca.
Mía miró a Missiu, que ya estaba olfateando la rendija inferior de la puerta con claras intenciones de invasión.
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Editado: 12.03.2026