Mientras Mía organizaba sus pinturas en el escritorio Luis XV, el olor a trementina la transportó diez años atrás al jardín de la mansión de Juliette.
Mía tenía quince años y estaba llorando detrás de un rosal porque Leo le había dicho que sus dibujos eran "poco prácticos". Julián, que entonces era un estudiante de arquitectura brillante y demasiado serio para su edad, la encontró. No le dijo que no llorara, ni le dio un sermón paternal. Simplemente se sentó a su lado y le entregó un lápiz de grafito profesional.
—Tu hermano sabe mucho de números, Mía, pero no sabe nada de la luz —le había dicho aquel joven Julián con los ojos grises llenos de una comprensión que ella nunca olvidaría —. No dejes que su falta de imaginación apague la tuya.
Mía recordó cómo él se quedó allí, viendo cómo ella dibujaba sombras en el suelo, protegiéndola del resto del mundo. Fue el día en que supo que Julián Sterling no era solo el amigo de su hermano; era el hombre que le daba sentido a su desorden.
Un golpe seco en la puerta comunicante la trajo de vuelta al presente.
—Mía, Bianca ha bajado al spa —dijo Julián desde el otro lado—. Sal al balcón. Tenemos que hablar del discurso de mañana sin que ella nos interrumpa.
Mía salió al balcón francés con el corazón latiendo con una fuerza que no podía atribuir solo al frío aire de París. Julián ya estaba allí, apoyado en la barandilla de hierro forjado, con la camisa blanca desabrochada y una copa de vino tinto en la mano. La Torre Eiffel brillaba a lo lejos, pero Julián no la miraba a ella; su mirada estaba fija en la puerta comunicante que acababan de dejar atrás
—Bianca estará en el spa al menos una hora —dijo él sin girarse, su voz mezclándose con el rumor lejano del tráfico parisino—. Necesitamos repasar los puntos clave de la expansión de Selene Global.
Mía se colocó a su lado, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo. —¿De verdad me hiciste salir aquí para hablar de negocios, Sterling? Pensé que después de lo que pasó en el estudio, habías aceptado que mi trabajo no se trata de "puntos clave", sino de lo que la gente siente al ver un edificio.
Julián finalmente la miró. El gris de sus ojos parecía haber absorbido todas las sombras de la ciudad. —Lo que pasó en el estudio fue un error de cálculo, Mía. El cansancio y la tinta china nos jugaron una mala pasada.
—¿Ah, sí? —Mía dio un paso hacia él, invadiendo ese espacio personal que él tanto intentaba proteger —. ¿Y el dibujo en tu cuaderno también fue un error de cálculo? ¿Y la forma en que me miras cuando crees que no me doy cuenta?
Julián dejó la copa sobre la pequeña mesa de mármol y se inclinó hacia ella, acortando la distancia hasta que sus respiraciones se cruzaron. —Eres peligrosa, Mía Ferrer. Eres el tipo de caos que un arquitecto pasa toda su vida intentando evitar porque sabe que, una vez que entra en la estructura, no hay forma de volver atrás.
Justo cuando su mano se levantaba para rozar el rostro de Mía, igual que la noche anterior, un ruido seco dentro de la suite de Julián los hizo separarse bruscamente.
#137 en Novela contemporánea
#67 en Otros
#41 en Humor
novela romántica, comedia romance, comedia humor enredos aventuras romance
Editado: 12.03.2026